Cicatrices en voz alta La casa que nos esperaba
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La casa que nos esperaba

Subir al barco

Así que nos dirigimos al barco. Subimos todas nuestras cosas.

Con ilusión. Con nervios. Con esa mezcla de emociones que ya llevábamos días sintiendo.

Teníamos un camarote. Para poder llevar a Lulú con nosotros. Y porque eran tres días de viaje.

Y al principio... todo iba bien.

Pero el viaje... no fue tan tranquilo como esperábamos.

Lulú estaba recién operada. Había tenido una rotura de ligamento cruzado. Y no se podía esperar a llegar a Andalucía. Hubo que operar allí.

Ya venía de otra operación meses atrás y otra vez pasó por lo mismo. Así que viajaba con puntos. Con su tratamiento. Con sus curas diarias. Que yo le hacía.

Con su campaña en la cabeza. Esa que tanto le molestaba. Que tanto le agobiaba.

Y en un momento... decidimos quitársela. Pensando que no se tocaría. Porque ella es muy buena.

Y el primer día... todo perfecto. Tranquila. Sin tocarse nada.

Nosotros bajábamos al bufé a desayunar, a comer, y ella se quedaba en el camarote. No dejaban a los perros entrar. Todo bien.

Hasta que al día siguiente... pasó.

Bajamos a desayunar y cuando volvimos. Me acerqué a ella. Jugando, hablándole... y le miré la pata. Y casi me muero.

Se había quitado los puntos.

La herida... abierta. Completamente.

Fue horrible. Un susto enorme y lo peor... estábamos en medio del mar.

Sin veterinario. Sin cobertura en el móvil, para poder llamarlo y que me aconsejara.

Sin saber qué hacer. Menos mal... que llevaba todo para curarle la herida. Y como pude la limpié. La curé.

Le volví a poner su campana. Y esta vez... ya no se la quité. Error mío.

Pero en ese momento... solo podía pensar en que estuviera bien. Y así, pendiente de ella todo el tiempo.

Hasta que por fin... llegamos. Por la mañana temprano. Estaba amaneciendo.

Y cuando vimos el Puerto de Cádiz... se nos iluminaron los ojos. A los dos.

De alegría. De alivio. De emoción.

Por fin. Ya estábamos aquí.

Bajamos del barco... Impacientes.

Fuimos directos a un bar. Sin descargar el coche siquiera. Habíamos quedado con mis hijas. Para desayunar todos juntos.

Charlamos.

Y en ese momento... lo sentí.

Ya estoy en casa.

Que felicidad.

Y aún con todo... Lo primero que hice mientras desayunábamos fue llamar a un veterinario.Para  esa misma tarde. Porque Lulú lo necesitaba. Y yo no podía estar tranquila hasta verla bien.

Nuestra nueva casa nos esperaba

Y por fin... llegamos a nuestra casa. Una casa que no conocíamos en persona. Que habíamos alquilado por videollamada desde las Islas. Un mes y medio antes.

Mi hermana... fue quien recogió las llaves y nos mandó un video de la casa.

Video que vimos en ese mes y medio cada día. Durante todo ese tiempo...

La casa estuvo cerrada. Esperándonos.

Y cuando entramos... la emoción fue enorme.

Era nuestra. Nuestro nuevo comienzo. Aunque estaba vacía.

Había que pintar. Cambiar cosas. Amueblar. Hacerla nuestra. Pero eso no importaba. Porque estábamos allí. En casa.

Descargamos todo. Con ilusión. Con ganas. Y enseguida... llegaron nuestros hijos. Los suyos. Las mías. Todos. Felices. Contentos. Ayudando. Compartiendo ese momento. Esos momentos que tanto habíamos echado de menos.

Fuimos al supermercado. Preparé comida para todos, en medio de aquel caos de cajas y cosas.

Pero nada nos importaba. Y comimos todos juntos. Como una familia.

Eso... era lo que queríamos. Eso... era lo que necesitábamos.

Por la tarde fui con Lulú al veterinario.

No pudieron coserle la herida. Le pusieron tratamiento. Le hicieron la cura y empezó un proceso largo. De visitas. De cuidados. De gastos.

Pero daba igual. Lo importante... era que estuviera bien.

Y así, día a día, fuimos construyendo nuestro hogar.

Pintando. Comprando muebles. Cortinas. Detalles.

Mi marido es muy manitas. Y entre los dos... lo hicimos todo.

Yo diseñaba. Él lo creaba. Y poco a poco... la casa empezó a cambiar. Hasta convertirse en nuestro sitio. Nuestro refugio. Un lugar tranquilo. Con su terraza. Más pequeña que la de la isla, pero igual de nuestra.

En una urbanización cerrada. Con piscina. Rodeados de plantas y flores.

En realidad. Era parecida a la casa anterior.

Y por primera vez en mucho tiempo, todo estaba en calma.

Estábamos donde queríamos estar. Con los nuestros. Y con una vida... que empezaba de nuevo. Pero esta vez... desde la tranquilidad.

Estar cerca de los míos

Y al final, eso era lo que yo necesitaba. Estar cerca. saber que mi hija me llamaba y yo podía estar. Aunque no pudiera solucionarlo todo. Aunque no pudiera cambiar las cosas. Pero estar. Y eso... no tiene precio.

Volver a mi tierra... a mis calles. A mi gente. A ese aire... que sólo aquí se siente. A nuestras costumbres. A nuestras playas. A todo lo que forma parte de mí. Era felicidad. Porque tú puedes salir de Andalucía, pero Andalucía nunca sale de ti.

Lulú, después de mucho tiempo, se recuperó.

Y poco a poco la vida se fue colocando.

No era lo mismo que en la isla. Allí éramos sólo nosotros. Aquí... La vida se reparte. Familia. Responsabilidades. Tiempos. Y eso... también se nota.

A veces hay roces. A veces no es igual. Porque pasamos de estar siempre juntos... a tener que adaptarnos a otra realidad. Pero lo sabíamos. Lo habíamos elegido. Y lo aceptamos. Con todo lo que eso conlleva.

También es verdad, que a veces, echo de menos aquella vida. Echo de menos a nosotros mismos. Aquella libertad. Aquellos años. Porque fueron muy bonitos.

Nos conocimos. Nos enamoramos. Nos casamos. Fuimos felices. Muy felices.

Pero la vida... no es solo una cosa. No es solo un lugar. No es solo una etapa. Es todo. Y aquí... también somos felices.

Él con su familia. Con su nieto. Yo con los míos. Con mi gente. Con mi vida. Volvimos a empezar. Otra vez. Y salió bien.

Después de todo... la vida me llevó hasta él.

Y a veces pensamos... que ojalá nos hubiéramos conocido antes. Y habernos ahorrado tanto dolor. Pero no.

Nos conocíamos cuando tenía que ser. Ni antes. Ni después. Y así tenía que ser. Porque todo lo vivido... también nos trajo hasta aquí.

Y hoy puedo decir, que, a pesar de todo... mereció la pena.

Fin