Cicatrices en voz alta Regresar al origen
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La ceremonia íntima

La ceremonia... fue íntima. Sencilla. Pero profundamente bonita. Llena de amor.

Se notaba en todo. En cada gesto. En cada mirada. En cada palabra. No hacía falta nada más. Porque lo importante... ya estaba.

Y cuando terminó. salimos de allí como marido y mujer.

Y muy, muy felices. Con una sonrisa que no se nos quitaba. Con esa sensación por dentro de haber llegado. De haber encontrado, por fin nuestro sitio.

Lo celebramos... de una forma muy nuestra.

Fuimos a un pequeño bar de la zona. A comer. A brindar. A disfrutar. Sin grandes lujos. Pero con todo lo importante. Las risas. La emoción. La felicidad de ese día.

Después... unas copas. Alargando el momento. Sin querer que terminara.

Y más tarde... Nuestra noche de bodas. En un hotel acogedor en el norte de la isla. Un lugar especial. Un regalo de mis hijas... y de mi hermana.

Un detalle que me llegó al alma. Porque estaban ahí. De una forma u otra. Acompañándome.

Me cogió de improvisto. Aquello no entraba en mis planes. Tenía invitadas en casa y no podía dejarlas solas.

Pero ellas decidieron que mi noche de bodas debía ser especial y solos.

Y así terminó ese día. Uno de los más bonitos de mi vida. Sencillo. Intimo. Pero perfecto. A nuestra manera.

A los dos días, se fueron las invitadas y nosotros con ellas.

Nuestro viaje de novios no fue a un lugar lejano. Ni exótico. Ni desconocido. Fue... a nuestra tierra. Como no podía ser de otra manera.

Y además... Era casi Navidad. Así que pasamos esas fiestas en nuestra tierra.

Que mejor luna de miel que esa. Las calles iluminadas, La gente, Los recuerdos en cada rincón. Y yo caminaba por allí...

Y lo sentía distinto. Porque esta vez volvía de otra manera.

Todo tenía algo especial. Algo que me tocaba por dentro.

Volver así... recién casada. Después de todo. Era una sensación difícil de explicar. Cómo cerrar un ciclo. Cómo volver, pero siendo otra. Más fuerte. Más tranquila. Más feliz...

Volvía completa. Acompañada. Amada. Y en paz.

Disfrutando de cada momento. Sabiendo que mi vida estaba allí... en las islas. Pero que mi raíz... seguía aquí. Y que podía volver sin que doliera.

Dos años más en la isla

Y así... seguimos con nuestra vida allí. Dos años más.

Al principio, todo era nuevo. Todo ilusionaba.

Pero con el tiempo, empezó a pesar. Cada día un poco más.

La isla se nos hacía pequeña. Había pocos sitios donde ir. Y ya lo conocíamos todo. La rutina... empezaba a cerrarse.

Y lo que más pesaba... no era eso. Era la distancia. Estar lejos de los nuestros. De nuestras familias. De nuestros hijos. Cada vez... costaba más.

Y entonces pasó algo. Algo grave. Con mi hija mayor.

Y yo estaba lejos. Muy lejos. Y eso... me sacudió el alma.

Porque no hay nada peor para una madre que no poder estar. Que no poder ayudar... de verdad.

Yo tenía mi trabajo. Mi vida allí. Pero mi cabeza y mi corazón... estaban aquí. Con ella.                 Venía siempre que podía. Aunque fueran tres o cuatro días. Para estar. Para apoyarla, para hacer lo que estuviera en mi mano.

Pero no era suficiente. Porque la situación se alargó.

Y yo me sentía... impotente.

Y hubo un momento... que lo cambió todo.

No voy a contar lo que le pasó a mi hija. Porque es su vida y su intimidad.

Pero si diré... qué recibí una llamada. Una llamada muy dura. De esas que no esperas. De esas que te rompen por dentro.

Y en ese instante... algo dentro de mí cambió.

Yo ya no quería estar allí. No podía. Sabía que no podía solucionarlo todo. Pero necesitaba estar cerca. Con ella.

Porque hay momentos, en los que una madre solo quiere eso. Estar.

Y justo en esos días... vinieron mi hermana y mis dos hijas más pequeñas a visitarnos. Fueron unos días bonitos. De risas. Salidas. De charlas en la terraza hasta altas horas. Como siempre. Como tanto me gustaba.

Pero dentro de mí, ya algo no estaba igual.

Y el día que se fueron... las llevamos al aeropuerto. Nos despedimos.

Y algo me sacudió por dentro. Como nunca.

Cuando mi marido y yo nos montamos en el coche para volver a casa, mi cabeza hizo clic. Así. De repente. Y sin pensarlo más...

—Yo me voy a volver a nuestra tierra —le dije— Tú puedes hacer lo que quieras.

Puedes quedarte... y yo volveré de vez en cuando —y seguí— ¿Qué estamos haciendo aquí?

Lejos de todos. Perdiéndonos tantos momentos...

tantas cosas importantes con nuestras familias.

Tenemos trabajo. Tenemos estabilidad. Pero...

¿de verdad compensa? —y fui clara. Muy clara— Yo me voy en seis meses. Cuando termine mi contrato de trabajo.

Y lo dije así.

Sin dudas. Sin miedo.

Porque dentro ya lo tenía decidido.

Y en ese trayecto de vuelta a casa, él me miró... y me dijo algo que lo cambió todo.

—Yo me voy contigo ¿Qué hago yo aquí solo sin tí? Si tú te vas, me voy yo también. Dejamos todo y empezamos allí de nuevo, pero juntos.

Una vez más tenía su apoyo incondicional. Y así fue.

Porque al final... no fue solo una cosa.

Fué todo. La añoranza. La distancia. El tiempo. Pero sobre todo... mi hija. Que me necesitaba.

Planear la vuelta

Y así... empezamos a planear nuestra vuelta.

Nos quedaban seis meses por delante. Seis meses... que se me hicieron eternos. Porque cuando ya sabes lo que quieres... esperar se hace difícil. Muy difícil.

Yo contaba los días. Uno a uno. Deseando que llegara el momento. Cada mañana... camino al trabajo me decía a mí misma.

Un día menos para volver.

Y esa frase... se convirtió en mi motor. En lo que me empujaba.

Porque mi cabeza... ya no estaba allí. Mi corazón tampoco. Ya estaba de vuelta con los míos. Esperando ese momento en el que por fin... todo volviera a encajar.

Y entonces... paso algo.

Unas semanas antes de terminar mi contrato, me llamaron. Querían que me quedara indefinida en mi puesto de trabajo. Era una oportunidad. Una estabilidad. Algo que en otro momento de mi vida... hubiera sido imposible rechazar.

Y sin embargo... dije que no. Sin dudar. Porque yo ya lo tenía claro. Me iba. Y no había nada que me hiciera cambiar de idea.

Las cajas. Recoger lo que había sido nuestro hogar, durante cuatro años. Un hogar donde vivimos tanto. Donde consolidamos nuestro amor. Donde nos casamos. Donde fuimos felices. Muy felices.

Y mientras recogía... iba recordando. Momentos. Risas. Etapas. También dejamos allí amistades. Personas que habían formado parte de nuestra vida.

Tocó despedirse con pena y agradecimiento. Por haberme brindado su amistad. Por haberme escuchado en mis momentos bajos. Por compartir risas, charlas y tantas cosas.

Y mi marido... dejaba su trabajo fijo. El mismo desde que llegó a la isla.

La casa. La estabilidad. La rutina. Pero esta vez... no dolía como otras veces.

Porque no íbamos huyendo. Nos íbamos eligiendo. Eligiendo estar cerca de los nuestros. Eligiendo otra vida.

Sabíamos que a lo mejor... era un error volver.

No lo sabíamos con certeza. Pero tampoco nos engañamos.

Podía salir bien... o no podía salir. Pero aun así...

era nuestra decisión. Y asumimos nuestra responsabilidad.

Los dos. Sin dudas entre nosotros. Sin reproches.

Sólo con la seguridad de que lo estábamos haciendo porque lo sentíamos. Porque lo necesitábamos.

Decidimos volver en barco. Para traernos el coche. A Lulú. Y nuestras cosas.

Todo lo que habíamos construido allí... metido en ese coche. Como si toda una etapa de nuestra vida... cupiera dentro.

Lo teníamos todo organizado. Todo preparado. Sólo quedaba... esperar el día.

Cogíamos el Ferry por la noche.

Que ilusión... y a la vez... que pena.

Porque significaba dejar atrás aquella casa. Que tanto me gustaba. Cerrar esa puerta... para siempre.

Antes de hacerlo... me quedé unos segundos fuera. Mirando hacía dentro. En silencio. Y en ese momento, me vinieron todos los recuerdos. Tantos momentos vividos. Tantas emociones. Tantas ilusiones. Todo lo que habíamos construido allí. Todo lo que habíamos sido.

Y no pude evitar emocionarme. Porque no era solo una casa. Era una etapa. Muy importante en mi vida.

Así que... cerré. Y me fui. Con un nudo en la garganta.

Con ese miedo de volver a empezar otra vez. Sin saber que nos esperaba. Sin saber qué nos depararía el futuro. Pero al mismo tiempo... feliz. Feliz de volver. Feliz de estar cerca de los míos. Feliz de haber tenido el valor de elegir.