Cicatrices en voz alta La boda elegida
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La boda elegida

La decisión de casarnos

Decidimos casarnos allí. En la isla.

De forma íntima. Solo nosotros... y lo esencial. Para sellar lo nuestro. Y dejar lo grande... para más adelante.

Elegimos un pueblo precioso, en lo alto de la isla. Era especial, como de cuento. La fecha sería en diciembre, cómo si todo acompañara.

Nos gustaba el ambiente de ese mes y de las fiestas. Aunque fuera diciembre, allí por supuesto no hacía frío. Era como estar en primavera en Andalucía.

Y quisimos que las personas que estuvieran allí... también fueran especiales.

Le pedimos a su hermana... las que nos abrió las puertas cuando llegamos... que fuera nuestro testigo. No podía ser otra. Ese honor se lo merecía ella. Aceptó encantada.

Y yo... se lo pedí a mi hija pequeña. Que en ese momento estaba allí con nosotros. Vivió con nosotros un tiempo en la isla. Y eso... lo hizo aún más bonito.

No hubo grandes preparativos. No hizo falta. Porque la ilusión... lo llenaba todo.

Nuestra historia había sido como un cuento de hadas. Y seguía siéndolo.

Pero aún había más. Mi hermana y mi hija mediana, decidieron venir a la boda. Y eso me hizo inmensamente feliz. Faltaba la mayor, ese vacío estaba ahí. Pero por motivos laborales no podía venir.

Llegaron unos días antes. Y vivimos algo que nunca olvidaré. Porque no lo esperaba. Mi despedida de soltera. Las cuatro. Mis hijas. Mi hermana. Y yo.

Risas. Complicidad. Momentos de los que se quedan para siempre... todo era especial.

El día esperado

Y llegó el día.

El día que tanto habíamos esperado.

Con nervios. Muchos nervios. Por parte de los dos.

Como manda la tradición... no nos vimos antes de la boda.

Él se vistió en un dormitorio. Y yo en otro. Para no romper ese momento. Para que todo fuera aún más especial.

Mi hermana fue quien me peinó y maquilló.

Y lo hicimos en un sitio muy nuestro. La terraza. Ese lugar donde habíamos compartido tantas cosas.

Comidas. Charlas. Risas.

Quiso maquillarme allí... por la luz. Porque era perfecta.

Y mientras estaba sentada... dejándome hacer... Pasó algo que nunca olvidaré.

La habitación donde él se estaba vistiendo, tenía una ventana que daba a la terraza, donde yo estaba.

Y de pronto. Empezó a sonar nuestra canción.

Primaveras en el pelo.

Una letra queparecia hablar de mi, de una mujer difícil de alcanzar, pero que en realidad sólo necesitaba a alguien capaz de sostener sus miedos, respetar sus heridas y caminar despacio a su lado.

Hablaba de esa necesidad de tiempo, de cuidado, de proteger un corazón que ya había sido demasiado golpeado. Y,en el fondo,yo me reconocía en ella. Dura por fuera,pero llena de heridas por dentro.

La puso él. Para mí. Para nosotros. Para que la escuchara... mientras me preparaban.

Y en ese momento... todo se paró. Fue precioso. Muy emotivo. Hasta mi hermana se emocionó... al ver ese detalle.

Porque no era solo una canción. Era nuestra historia. Era todo lo que habíamos vivido... resumido en unos minutos.

Y entonces... llegó el momento.

Había que salir. Ir al juzgado.

Él salió primero. Lo recogió su sobrina.

Y yo me quede en la terraza. Esperando. Para no cruzarnos. Para no romper la magia. Y cuando él se fue... salí yo. Con mis hijas. Con mi hermana.

Con el corazón latiendo fuerte. Con nervios. Con ilusión. Y con una sensación dentro que no puedo explicar... pero solo sabía una cosa. Que aquel momento... era de verdad.

Y que por fin... me estaba pasando a mí.

Una vida elegida

Y en medio de todo aquello... de los nervios, de la emoción, del momento... había algo que los dos teníamos muy claro.

Queríamos una vida juntos. Pero no cualquier vida. Una vida madura. Tranquila. Consciente. Distinta a todo lo que habíamos vivido antes. Sin errores del pasado. Sin repetir historias. Sin dolor innecesario.

Una vida desde la calma. Desde el respeto. Desde el amor de verdad.

Y lo más bonito... es que no tenía que explicarlo. Porque él sentía lo mismo. Pensaba igual que yo. Íbamos en la misma dirección. Sin forzar nada. Sin dudas. Solo seguros. Y eso... era lo que realmente hacía especial ese momento.

No era solo una boda. Era una decisión. La de elegirnos. Pero esta vez... Bien.

Y llegó antes que yo al juzgado. Como tiene que ser. No lo hice esperar mucho. Pero lo suficiente... para que estuviera allí, esperándome, impaciente. Con ganas de verme.

Y cuando llegué... lo ví. Allí. Mirándome. Esperando ese momento.

Yo iba vestida de novia. Pero no era el típico vestido largo. Era algo más acorde a lo que éramos nosotros. Elegante. Sencillo. Discreto. Pero muy yo.

Llevaba mi diadema de flores, y mi ramo... hecho por mí. Con flores frescas.

Porque quería que todo tuviera sentido. Que todo fuera nuestro. Y cuando nuestras miradas se cruzaron... sonreímos. Sin decir nada. No hacía falta.

En esa mirada... estaba todo. La historia. El camino. El dolor superado. Y el amor que nos había traído hasta allí. Éramos felices. De verdad. Y en ese momento... los dos sabíamos... que estábamos a punto de convertirnos en marido y mujer. A los 50 años después de todo lo vivido.