Cicatrices en voz alta Los días de espera
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Los días de espera

Los días encerrados

Y luego estaba nuestro día a día allí. En casa de su hermana. Encerrados. Intentando ocupar el tiempo. Subíamos a hacer deporte. Nos pusimos a estudiar inglés. Buscábamos cualquier cosa para mantenernos ocupados.

Y así... Pasaban los días. Lentos. Pero a la vez... llenos. Porque, aunque el mundo estuviera parado... nosotros estábamos construyendo algo. Juntos.

A pesar del confinamiento... nosotros nos buscábamos la vida.

Un día cualquiera se convertía en algo especial.

Subíamos a la azotea a ver el atardecer.

Nos llevábamos una copita, algo de picar...

y allí estábamos. Hablando. Riendo. Disfrutando.

A veces subíamos unas mantas... y nos tumbábamos a mirar las estrellas.

Como dos adolescentes. Como si el mundo no estuviera pasando por lo que estaba pasando.

Y una de esas tardes... Pasó algo que no esperaba.

Subimos a ver el anochecer.

Y de repente... se puso de rodillas delante de mí. Me miró... y me pidió matrimonio.

Con un anillo improvisado. Porque no se podía salir a comprar nada, ni estaba abierto siquiera. Y aun así... Fue perfecto.

Me sorprendió muchísimo. No me lo esperaba. Pero no dudé. Le dije que sí.

Y él, me explicó algo que se me quedó grabado.

Que cuando convives con alguien 24 horas, sin perder salir, sin escapatoria... es cuando realmente sabes si quieres estar con esa persona o no.

Que muchas parejas, en esa situación, se rompen. Y que a nosotros... nos había pasado justo lo contrario.

Que él tenía claro que quería estar conmigo para siempre. Bajamos y se lo contamos a su hermana. Luego a mis hijas. A mi familia. Y todos... felices. Era algo que tenía que llegar. Quizás no así. Quizás no en ese momento. Pero llegó. Y fue real.

Pasaron los meses. Poco a poco todo fue cambiando.

La situación de la pandemia se iba normalizando. Ya se podía salir en horarios concretos.

Y decidimos dar otro paso.

Irnos a vivir solos. Llevábamos 3 meses allí.

Vimos varios sitios. Uno nos encantó... se veía el mar desde la terraza. Pero al final no pudo ser.

Y aunque su hermana se sorprendió de que quisiéramos irnos tan pronto... nosotros lo teníamos claro. Queríamos nuestra vida. Nuestro espacio. Nuestra intimidad.

Y encontramos otro. Una casa preciosa. Acogedora. Decorada. Con una terraza enorme. Rodeada de plantas y flores. Urbanización privada con piscina. A diez minutos a pie de una playa pequeñita, tipo calita.

Y allí... empezamos de verdad. Nuestra vida juntos. Nuestra casa. Nuestra rutina. Las cenas en la terraza con una velita... las risas... la tranquilidad.

Todo era... como un sueño. Seguíamos en contacto con nuestras familias. Videollamadas constantes.

Y en medio de todo eso... nació su nieto. Y tuvo que vivirlo a distancia. Por una pantalla. Como tantas cosas en aquel momento. Pero aun así... seguíamos construyendo lo nuestro. Sin problemas. Sin grietas. Sólo con una espinita. La de no poder ir a visitar a los nuestros.

Volver a nuestra tierra

Hasta que por fin... Abrieron los aeropuertos.

Se podía volar. Y no lo dudamos. Compramos los billetes. Y nos fuimos unos días a nuestra tierra.

Recuerdo ese momento en el avión. Las fotos. Las caras de felicidad. Después de seis meses... por fin. Volver.

Yo me quedé en casa de mi hija pequeña. En la que había sido mi casa de casada. Y fue extraño. Muy extraño. Volver a entrar en esa casa, después de tantos años. Pero fue necesario.

Y cuando ví a mi hija... y a Lulú... todo mereció la pena.

Ese abrazo. Esa emoción. Eso no se olvida.

En ese viaje también pasó algo importante. Él conoció a mis hijas mayores. A mis padres.

Yo volví a ver a su familia. Nos reunimos. Comimos juntos. Compartimos. Y todo... salió bien. Muy bien.

Fue un momento... inolvidable. Volvimos con el corazón lleno. Habíamos cargado las pilas para una larga temporada.

Y muchas veces... entre nosotros salía ese tema. Nos mirábamos y nos reíamos.

¿Te acuerdas...? Decíamos

Jurábamos que nunca más íbamos a convivir con nadie. Que nunca más nos casaríamos. Los dos divorciados. Los dos con historias detrás. Los dos con las ideas muy claras. O eso creíamos.

Y míranos ahora. Viviendo juntos. Compartiendo una vida. Haciendo planes de boda. Era curioso. Como la vida... te desmonta tus propias certezas. Como pasas de decir nunca más, a estar ilusionada como una niña.

Y esta vez... sin miedo. O al menos... con menos miedo. Porque, aunque mi historia me había enseñado a protegerme... él me estaba enseñando otra cosa. A volver a creer. A volver a sentir. A volver a construir.

Una calma nueva

Y siguió. Así. Sin giros inesperados. Sin cambios bruscos. Sin dolor.

Y eso... para mí... era nuevo. Muy nuevo. Porque toda mi vida había sido lo mismo. Empiezas bien... todo parece bonito... y de repente... todo se rompe.

Pero esta vez no. Esta vez... no pasó.

Seguíamos igual. Con nuestras cosas del día a día, como cualquier pareja. Pero bien. Tranquilos. En paz. Sin miedo constante. Sin estar esperando que algo se torciera.

Y poco a poco... sin darme cuenta... dejé de estar en alerta. Dejé de pensar, ¿Cuándo va a pasar algo?

Porque no pasaba.

Y eso... me fue curando.

Fuimos construyendo nuestra vida allí. Nuestra rutina. Nuestro hogar. Disfrutando de cosas simples:

Ir a la playa. Pasear. Cenar en casa tranquilos. Reírnos de cualquier tontería. Y cada día... era un poco más sólido. Un poco más real. Ya no era sólo ilusión. Era vida. De verdad.

Y dentro de mí... empezó a aparecer algo que hacía mucho tiempo no sentía. Seguridad. No es perfecta. Pero suficiente. Para quedarme. Para confiar. Para pensar, por primera vez en mucho tiempo, quizás... Esta vez sí.

Esa relación... me aportaba algo que yo llevaba toda la vida buscando.

Paz. Amor. Estabilidad emocional. No había dudas constantes. No había miedo continuo. No había dolor. Había calma.

Y eso... para mí... lo era todo.

Por primera vez... sentía que estaba donde tenía que estar. Que no tenía que pelear por el amor. Que no tenía que sufrir para mantenerlo. Simplemente... estaba. Y lo disfrutaba. Teníamos incluso nuestra canción.

Primaveras en el pelo.

Era nuestra historia.

Cada vez que sonaba... nos mirábamos. Y sabíamos. Que esa letra...

Esa que hablaba de un corazón herido,cargado de piedras por pasiones del pasado que salieron mal,y de cómo un hombre,a pesar de todo,solo era capaz de ver en ella a una princesa llena de dulzura…

Parecía escrita para nosotros.

Como si, después de todo lo vivido... la vida me hubiera regalado por fin... algo bonito. De verdad.