Una vida que se abre
La conversación en la playa
Un día, estábamos paseando por la playa. Un domingo. Hacía un buen día. Y empezamos a hablar... de la vida. Del trabajo. Del futuro. Su negocio no iba bien. Mi contrato estaba a punto de terminar. Y en medio de esa conversación... salió algo que siempre había estado dentro de mí.
—A mí siempre me ha gustado la idea de irme a vivir a las islas Canarias.
Lo dije casi sin pensar. Como algo lejano.
Para mí era como irme al Caribe. Algo bonito... pero irreal.
Pero ese día... no se quedó en una simple frase.
Seguimos hablando. De oportunidades. De empezar de cero. De cambiar de vida. Y entonces lo solté.
—¿Y por qué no nos vamos?
Así. Sin más.
Él me miró, y no lo descartó.
Al contrario. Me dijo que tenía una hermana allí desde hacía muchos años. Que podía hablar con ella. Que quizás, para empezar, podría quedarse en su casa. Buscar trabajo. Y después... empezar de nuevo. Los dos.
La idea empezó como una conversación y se convirtió en una ilusión. En algo real.
Y lo que más me sorprendió... es que él no dudó.
—Lo hacemos —me dijo.
Y lo hicimos.
Así de rápido.
Habló con su hermana. Ella dijo que sí.
Cerró su consulta. Dejó su casa. Se despidió de su gente, de sus hijos.
En quince días... lo tenía todo. Un billete de avión. Una vida cerrada. Y otra a punto de empezar.
Yo no me lo creía. Todo había sido demasiado rápido. Pero no había sido forzado. Había sido natural. Como si todo encajara.
Pero dentro de mí... había miedo. Mucho miedo.
La noche antes de que se fuera, la pasó conmigo.
Sabíamos que, en unas horas, todo iba a cambiar.
Y cuando llegó el momento, cuando se fué... sentí algo que no esperaba:
Un vacío. Una sensación de pérdida. Como si me faltara algo. Como si no fuera a volver a verlo nunca más. Y no sabía por qué me sentía así.
No sabía si había hecho bien. No sabía si ese era el principio de algo bonito... o el principio de volver a sufrir.
Pero sí sabía una cosa.
Que lo estaba pasando mal. Muy mal.
Cuando él llegó a las islas Canarias... no fue fácil.
Al principio estuvo mal. Me enviaba fotos y su cara se veía triste, perdido.
Hubo momentos donde se preguntaba
—¿Qué hago yo aquí?.
Y yo lo pensaba también.
Pensé
Se volverá...
Pero no. No volvió.
Hacer sitio a una nueva vida
Seguimos hablando todos los días. Videollamadas por las noches.
Por ahí conocí a su hermana.
Y poco a poco, él fué colocándose. Encontrando su sitio.
Hasta que, en apenas dos semanas, todo cambió.
Encontró trabajo. Un buen trabajo. Incluso con contrato indefinido. Y entonces... la vida le estaba dando una oportunidad.
Y a mí... me tocaba decidir.
Yo seguía aquí. Con mi vida aún sin cerrar.
Mi casa. Mi hija. Mi trabajo. Mi perrita.
Organizando todo. Preparándome para irme.
Porque ya no era una idea. Era una realidad.
Hablé con mis hijas. La pequeña ya tenía su vida.
Prácticamente no vivía conmigo. Hacía meses que se había ido a la casa que era nuestra cuando vivíamos con su padre.
Él tampoco vivía allí. Esa casa estaba vacía y ella se instaló ahí.
Decidimos que se quedaría con Lulú hasta que yo pudiera llevármela. Eso... fue lo más difícil.
Pero estaba decidido. Él habló con su hermana. Le explicó la situación. Y ella, sin conocerme, dijo que sí. Que podía quedarme allí hasta que encontráramos algo nuestro.
Para empezar, nos valía. Un gesto... que nunca olvidaré.
Y así... Compré el billete de avión. Un mes y medio después de que él se fuera. Yo tenía todo preparado.
En ese tiempo, además, fue mi cumpleaños. Él no estaba, pero vino el finde, y ahí... me di cuenta de algo.
De lo mucho que lo quería. Era un amor que no había sentido nunca por nadie, no así. Y de lo muchísimo que lo echaba de menos cuando se fue otra vez.
Pero ya quedaba poco. Ya era cuestión de días. O eso creía.
Porque entonces... llegó el COVID de un día para otro.
Todo cerrado. Sin poder salir.
Acababa días antes de terminar mi contrato de trabajo y estaba centrada en organizar mi viaje y mi nueva vida.
Yo pensaba, esto serán unos días...
Pero no.
La noche antes del viaje. Mi vuelo... cancelado. Me derrumbé. Hablé con él. Estaba igual de triste. Sin entender nada. Volví a comprar otro billete, para días después. Y volvió a pasar lo mismo. Cancelado. Desesperación.
Hasta que nos dijeron que había una compañía que si estaba volando. Un solo vuelo al día.
Tenía que irme. Tenía que estar con él, vivir todos esos planes que teníamos de vida. No me daría por vencida, ahora que la vida me puso a esa persona en mi camino.
Y lo intenté. Compré ese billete.
Y llegó el día. Sin saber si iba a salir o no. Con miedo. Pero con una decisión tomada.
Me despedí de mis hijas. De mi hermana. Dejé a Lulú con mi hija. Y me lancé.
La noche anterior no llegó ningún mensaje de la compañía aérea. Así que si volaría.
Fue una noche de nervios.
El vuelo salía temprano y antes debía desplazarme bastante.
Me tuve que fabricar una mascarilla, con una bolsa de tela que tenía. Era obligatorio llevarla en la calle y en los transportes públicos. Y en las farmacias estaban agotadas.
Llegó aquella madrugada, dispuesta a vivir.
Fue una odisea aquel día. Llamé un taxi sin saber si vendría. Tenía que llegar a la estación de tren, que estaba relativamente cerca de mi casa, podría haber ido andando. Pero no se podía salir a la calle.
El taxi llegó, subí y me dejó en la estación de trenes, donde cogí el tren hacia Sevilla. El tren iba vacío.
Muerta de miedo, de encontrarme con la policía. Pero no, estaba todo tranquilo. No sé si fue suerte. El ejército andaba por las calles y la policía.
El tren llegó a su destino, bajé y allí mismo tomé un bus que me llevaría al aeropuerto. Pérdida, sola. Pero decidida.
Llegué al aeropuerto... con el corazón en la boca. Cuando ví a la guardia civil... pensé que me mandaban de vuelta. Pero no. Facturé mi maleta. Me dirigí al control y lo pasé Y en ese momento... supe que me iba. De verdad.
El vuelo hacía lo desconocido
Llamé a mis hijas.
—Ya estoy dentro.
Ni ellas se lo creían. Ni yo.
Me subí al avión. Con miedo. Con nervios. Con una mezcla de pena e ilusión. Pena porque dejaba una vida atrás. Ilusión por la nueva vida que iba a comenzar.
Hablando con él en todo momento. Mandando mi ubicación. Los dos sin creérnoslo. Porque nosotros mismos habíamos dicho algo. Muy claro.
Nunca vamos a vivir juntos.
Y sin embargo... ahí estaba yo. Yendo a vivir con él. A empezar de cero.
Cogí ese avión... y llegué.
Sin conocer nada. Sin saber ni por donde ir. Sin que él pudiera ir a recogerme. Porque no se podía. Todo lo hice sola.
Llegué al norte de la isla y debía desplazarme hasta el sur. Preguntando por allí me informaron que debía coger dos buses. Uno me llevaría al centro de la isla y otro me llevaría al sur.
Pero ya estaba allí... No me lo creía.
Así que después de dos buses. Llegué al sur. Allí tuve que coger un taxi para que me llevara a la casa donde iba.
No estaba lejos. Pero no se podía andar por la calle. Así que el taxi me dejó en la puerta de casa de su hermana.
Y cuando bajé... lo vi. En la puerta. Esperándome. Nervioso.
Después de tanta tensión, sin saber si yo llegaría. Y en ese momento... todo mereció la pena.
La tensión. El miedo. El viaje. Todo. Porque por fín... nos abrazamos. Nos besamos. Y supe, que lo había conseguido. Todo era felicidad.
Conocí a su hermana. Una persona genial, cariñosa y que me brindo su casa, como si yo fuera su hermana, casi.
La convivencia allí... empezó en pleno confinamiento. Sin poder salir. Sin poder hacer vida normal. Pero estábamos juntos. Y eso... lo cambiaba todo. Estábamos bien. Felices. Enamorados.
Incluso su hermana nos lo decía muchas veces.
Es que desprendéis amor.
Y era verdad. Se notaba. En las miradas. En la forma de hablarnos. En lo tranquilos que estábamos el uno con el otro.
Era una sensación nueva para mí. Bonita. Pero no todo era perfecto. Porque dentro de esa felicidad... también había algo más. La añoranza.
Echaba de menos a mis hijas. A mi perrita. Mi casa. Mi vida. Todo. Era una mezcla constante. De estar bien... y de sentir un vacío.
Las llamadas eran diarias. Teléfono. Videollamadas. Para verlas. Para saber cómo estaban. Para sentirlas cerca... aunque no lo estuvieran.
A veces me venían pensamientos de culpa. De mala madre. Por irme. Por elegirme. Por intentar ser feliz. Por querer construir algo.