La primera toma de contacto
El primer acercamiento.
Y cuando por fin parecía que íbamos a vernos... me dijo que se le había estropeado el coche.
Él no era de mi pueblo, era de cerca. Le dije que no pasaba nada. Que ya sería otro día. Sin prisa. Pero al rato volvió a escribirme. Había conseguido el coche de un amigo. Quería venir. Y ahí... quedamos.
Recuerdo perfectamente ese momento.
Bajé de mi casa... y lo ví. De pie, fuera del coche, esperándome. Y me sorprendió. Aunque ya había visto sus fotos, no era lo mismo.
Alto. Bien vestido. Atractivo. Canoso. Con esos ojos claros. Correcto.
Nos saludamos. Dos besos. Y nos fuimos a cenar. La noche fue... fácil. De esas que no pesan. Hablamos. Nos reímos. Nos contamos cosas.
Y poco a poco me fui dando cuenta de algo. Éramos muy afines. Mucho.
Después de cenar fuimos a tomar algo... y la conversación seguía igual. Fluida. Natural.
Como si nos conociéramos de toda la vida. Era distinto, muy distinto a todo lo que había vivido antes.
Sin darnos cuenta nos llegó la madrugada.
Cerraron el sitio donde estábamos. Y nos fuimos a otro. Un lugar abierto toda la noche. Y allí seguimos. Hablando... sin parar. Estábamos tan cómodos.
Se nos pasó la noche... sin darnos cuenta. Cuando quisimos mirar el reloj... estaba amaneciendo.
—Bueno... ya es hora de recogerse —dije entonces.
Me llevó a mi casa.
Y ya con el coche aparcado debajo de mi casa, seguimos hablando.
—¿Quieres ir a desayunar churros? —me dijo de pronto
Me hizo gracia
—¿Churros?
—¿Dónde?
—En mi pueblo, —dijo él— hay un sitio donde son famosos los churros de allí.
Yo conocía el sitio. Había estado allí alguna vez.:
—Sí, pero luego me tienes que traer a mi casa de nuevo —le dije, pero mi cabeza... pensaba otra cosa.
Pensaba que aquello sería una excusa para ir a su pueblo. Que quizás quería llevarme a su casa.
Las llevaba claras conmigo. Y no hubiera conseguido nada. Eso lo tenía claro. Mi desconfianza. La de siempre.
Pero no. Fuimos. Desayunamos.
Y después... me llevó directamente a la puerta de mi casa.
Sin más. Nos dimos dos besos. Y nos despedimos.
Eran más de las diez de la mañana. Se me hizo la noche corta. Jamás había hablado tanto, tan seguido.
Me quedé con un buen sabor de boca.
Después del primer encuentro
Al llegar a casa aquella mañana, después de despedirnos, cuando él llegó a su pueblo, seguimos hablando por WhatsApp. Dándome las buenas noches o los buenos días según se mire.
No recuerdo quién escribió primero. Pero los dos sentíamos lo mismo. Habíamos estado muy a gusto. Nos había encantado conocernos. La noche había sido especial. Y eso se notaba en cada mensaje. Era como si los dos estuviéramos diciendo lo mismo, sin ponernos de acuerdo.
Pero también salió algo más.
Algo que se había quedado pendiente. Porque, aunque yo no iba con expectativas... algo había cambiado. Al conocerlo. Al estar con él. Había pasado algo. Y los dos lo sabíamos.
—Nos ha faltado algo. —dijo. Yo sabía a qué se refería.
—¿El qué? —le pregunté, aunque lo intuía.
—Un beso.
Me quedé en silencio un segundo... y le dije que sí.
Que era verdad.
Y entonces me propuso quedar la tarde siguiente.
La tarde siguiente, era ese mismo día, porque ya eran las once de la mañana. Era domingo.
Acepté y nos dimos las buenas noches. Había que dormir un poco.
Unas horas después ya era la hora de vernos.
De nuevo vino a recogerme... y estuvimos paseando por el centro de mi pueblo.
Entramos en varios sitios, tomamos café...
todo con la misma naturalidad del día anterior.
Cómodos. Agusto. Cómo si el tiempo no existiera.
Y curiosamente... no hablamos de aquel WhatsApp del beso.
Ni una sola palabra. Era como si los dos estuviéramos alargando el momento. Disfrutándolo. Sin prisas.
Hasta que pasó.
Recuerdo perfectamente ese instante. Me levanté para ir al baño... y cuando volví... Antes de sentarme... Él, que estaba sentado, me cogió por la cintura. Yo me quedé de pie frente a él.
Y nos besamos. Fue... inesperado. Porque llevaba tanto tiempo sin besar a nadie... que casi ni recordaba lo que se sentía.
Pero aquello... No fue un beso normal. Fue algo distinto. Algo difícil de explicar.
Como si encajáramos. Como si lleváramos mucho tiempo esperando ese momento sin saberlo. Como dos piezas que, de repente, encuentran su sitio.
Y lo más curioso es que él lo describió igual que yo. Con las mismas palabras. Como algo indescriptible. Algo que no se olvida.
Y sólo había sido un beso. Pero había una conexión. De esas que no se pueden fingir. Después de aquel beso... no pasó nada más. Nada. Seguimos la tarde con normalidad, reímos, estuvimos juntos, hablamos... y luego me acompañó a casa, dando un paseo. Un beso... y adiós.
Pero algo ya había cambiado.
Seguimos hablando los días siguientes.
Él quiso dar un paso más.
Me propuso tener una relación sería, ser pareja.
Y ahí empezó mi lucha interna.
Yo me negaba. Me ponía mil excusas. Que no podía. Que ya era mayor para empezar una relación. Que no estaba segura de nada. Que tenía a mi hija en casa.
Siempre había un "pero". Siempre encontraba algo. Pero en el fondo... no era eso. En el fondo... quería. Pero tenía miedo. Mucho miedo.
Él, en cambio, lo tenía claro. También tenía su vida, sus responsabilidades. Iba a ser abuelo, tenía su trabajo, su mundo... pero, aun así, quería empezar algo conmigo. Bien. De verdad.
Y al final... acepté. Me dije a mi misma, vamos a relajarnos, a fluir.
Y probamos. Aún con miedo. Aún con dudas. Pero probamos. Empezamos a vernos poco a poco. Cuando podíamos.
Porque los dos teníamos nuestras vidas, nuestras rutinas... y aunque vivíamos relativamente cerca, a media hora en coche, no era fácil vernos entre semana.
Los fines de semana eran nuestros momentos. Y eran... geniales.
Desde el principio. Había algo que me sorprendía mucho. Y era lo parecidos que éramos. En la forma de pensar. En los valores. En la manera de ver la vida. A veces contábamos cosas... y era como si estuviéramos hablando de lo mismo. Yo me quedaba mirándolo... y pensaba.
No puede ser.
Y él decía lo mismo.
Era una conexión que no había sentido antes. Pero aun así... el miedo seguía dentro de mí.
Y un día, explotó.
Después de estar juntos, de vivir un momento bonito... de repente me vinieron todos los recuerdos. Todas las heridas. Todo lo vivido. Y tome una decisión.
Terminar la relación. Antes de que pasara lo de siempre. Antes de que todo se rompa. Antes de volver a sufrir.
Porque en mi cabeza era así. Siempre igual. Todo empieza bien... y luego se tuerce. Y yo no quería volver a pasar por eso. No podía.
Así que muy segura de mí hablé con él. Se lo dije.
Y no lo entendía.
—¿Por qué? —me preguntaba— ¿Por qué vas a sufrir?
Y yo sólo sabía responder una cosa.
—Porque siempre pasa. Porque ya lo he vivido. Porque sé cómo acaba.
Él me escuchaba... pero no lo aceptaba.
Me pidió que no lo dejara. Quería estar conmigo. Que me quería. Que lo intentáramos. Quería un futuro juntos, por mucho tiempo.
Hablamos mucho. Mucho. Y al final, me convenció...
Le dije que sí, lo intentaríamos.
Pero fui muy clara conmigo misma. No era por debilidad. Era porque, aunque tenía miedo... también quería intentarlo. Porque había pasado demasiado tiempo en la vida como para vivir siempre huyendo.
Y aun así... el miedo no se fue. Sólo aprendí a caminar con él.
Cuando la vida te golpea tanto, te endurece. Y cuando después aparece algo bueno, una ya no sabe cómo aceptarlo ni cómo reconocerlo.
Ganas de empezar
Y aun así, había algo dentro de mí que ni yo misma entendía.
Después de todo lo que había vivido, después de todo lo que había sufrido, tenía ganas. Ganas de empezar con alguien.
Y eso... me sorprendía. Me sorprendía muchísimo. Porque no encajaba con todo lo que yo misma me había repetido durante años.
Que no quería a nadie. Que mejor sola. Que nunca más.
Y sin embargo... ahí estaba. Ilusionándome. Poco a poco. Sin darme cuenta.
Recuerdo momentos con él, que hoy los pienso y sonrío.
Entre semana, cada uno terminaba su día, sus obligaciones, su rutina. Hablábamos por la noche.
A veces eran las once. En invierno. Y estábamos ahí... hablando por WhatsApp. Sin prisa. Sin querer colgar.
—¿Te comerías ahora un helado? —de repente me soltaba
Y yo me reía.
—Sí claro...
—Pero ¿ahora? —me decía— venga, voy para allá.
Y yo pensaba que era una broma.
Tenía que desplazarse desde otro pueblo, de noche, con frío, en pleno invierno. Pero no. Aparecía. Se plantaba en mi pueblo, en la puerta de mi casa, me recogía, y nos íbamos a ese sitio que estaba abierto 24 horas. A comernos un helado. A hablar. A reírnos.
Como dos adolescentes. Sin pensar en nada más. Sin miedo. Sólo viviendo el momento. Y esas pequeñas locuras, esas cosas tan simples, eran las que, sin darme cuenta, me estaban devolviendo algo que creía perdido. La ilusión.
Y aun así... había una voz dentro de mí que no paraba de repetirme.
Esto se va a acabar.
Como si ya lo estuviera esperando. Como si no pudiera creer del todo que algo así pudiera salir bien. Y yo misma me decía.
¿Cómo puedes volver a creer en alguien... después de todo?
Pero ahí estaba.
Viviéndolo. En contradicción conmigo misma.
Y el tiempo fue pasando. Y todo... seguía bien. Sin problemas. Sin discusiones. Con conexión en todos los sentidos.
Era una relación distinta. Madura. Con confianza. Con entendimiento. Sin prisas. Con amor. Un amor tranquilo... pero real. Y eso, para mí, era nuevo.
Hasta que un día, sin buscarlo, algo volvió a cambiarlo todo. Pero esta vez, el cambio traía algo diferente.