Recomponerme
La oportunidad de salir
Y así pasaron los meses. Más de los que yo hubiera querido. Días largos. Semanas enteras. Meses eternos. Una vida que no era la mía.
Pero un día... apareció la oportunidad.
Un trabajo en mi ciudad. Un trabajo normal. De entrar por la mañana y volver a casa, y no me lo pensé. Dejé aquel trabajo.
Y fue como volver a nacer. Como quitarme un peso de encima que me estaba ahogando. Sentí felicidad. Una felicidad tan simple... que hasta me emocionaba.
Poder llamar a una amiga y decirle, ¿Nos tomamos un café?
Y poder ir.
Sin prisas.
Sin horarios impuestos.
Sin esa sensación de estar atrapada.
Volver a mi casa por las noches, sentarme en el sofá, ver la televisión, con mi perrita a mi lado, con mi hija.
Hablar con ella. Estar.
Aquello... era vida. Y no me había dado cuenta de lo valioso que era, hasta que lo perdí. Empecé a valorar lo sencillo. Mi casa.
Mi tranquilidad. Mi rutina. Con mi trabajo, poco a poco, fui saliendo adelante. Pagando el alquiler. Tirando con mi hija. Sobreviviendo. Pero esta vez... en paz.
Y ahí sí. Ahí lo tuve claro de verdad.
No quería nada con ningún hombre. Nada.
Ya no era como antes, que salía, que conocía gente, que me abría. No. Ahora no.
Salía alguna vez con alguna amiga, a tomar un café, a dar un paseo, a hablar. Pero ya está. Nada más.
No quería conocer a nadie. No quería empezar nada. No quería volver a pasar por lo mismo. No podía. Porque cada vez que aparecía alguien en mi vida... todo se rompía. Una y otra vez. Tres relaciones. Tres veces pensando.
Esta sí.
Y no. A la tercera... tampoco fue la vencida.
Recomponerme poco a poco
Después de todo lo que había pasado, poco a poco fui recomponiéndome.
No fue de un día para otro. Fue un proceso largo.
Aunque la imagen que daba y que di siempre en mi vida, era de estar bien, siempre con la sonrisa en la boca, como si nada me afectara, mujer fuerte, nada más lejos de la realidad.
Pero ese fue siempre mi papel, de mujer fuerte, que nada le afecta, no me dejaba ver rota, llorando, triste o destrozada. Nadie sabía cómo estaba por dentro.
Me enseñaron desde pequeña a no mostrar sentimientos o debilidades, a aparentar, a ser fuerte y ese era mi rol. Por muy abatida que estuviera no lo mostraba, y mucho menos lo contaba. Sonrisa y hacía adelante.
Así que en realidad nadie sabía cómo estaba mi corazón. Qué pasaba en mi vida. Qué pasaba en mi cabeza. Así casi después de un año... volví a mí.
Y esta vez, de verdad. Estaba bien. Tranquila. En paz. Feliz con lo que tenía. Mi vida era sencilla, pero completa:
Mi trabajo, mi casa, mi hija, mi perrita... no necesitaba más.
No buscaba más. No necesitaba a nadie que completara mi felicidad. Ya estaba completa.
Y entonces, un día cualquiera... paso algo:
Era octubre. El día de la sonrisa. Y como hacía muchas veces, publiqué una foto en una red social.
Una foto mía sonriendo, acompañada de una frase sencilla. Algo normal. Algo sin importancia. O eso pensaba yo.
Porque a raíz de esa publicación... recibí un mensaje. Un hombre. Por privado.
—Qué sonrisa más bonita tienes. Perdona que te lo diga, no suelo hablarle a nadie, pero tenía que hacerlo.
Me quedé sorprendida. Porque no sabía quién era. Mi perfil era privado, sólo tenía gente conocida. O eso creía. Y pensé.
¿Y este hombre quién es?
Aun así, le contesté.
—Gracias, por el cumplido —sin más.
Pero la curiosidad me pudo. Me metí en su perfil. Y entonces lo vi. Era un hombre muy alto, atractivo, de ojos claros, bien plantado. Y eso me descolocó aún más.
¿Quién es este hombre?
Seguí mirando... y me di cuenta de algo. Su perfil no era personal. Era un perfil de empresa. Un perfil profesional, relacionado con su trabajo. Todo lo que había en ese perfil, era referente a lo que hacía profesionalmente.
Ahí entendí porque lo tenía agregado.
Seguramente llevaba tiempo ahí. Mucho tiempo. Pero yo... ni siquiera había reparado en su existencia. Nunca. Ni sabía desde cuando estaba. Ni en qué momento lo agregó o me agregó. Simplemente estaba ahí.
Y ese día... decidió escribirme. Cuando nunca lo había hecho.
Conversaciones sin intención
Seguí hablando con él. Pero de forma muy puntual. De vez en cuando, por el chat de esa red social. Conversaciones cortas. Educadas. Sin intención. Un "hola", un "¿cómo estás? ", y poco más. Algo informal. Sin importancia. O al menos, eso pensaba yo.
Poco a poco, sin darme cuenta, esas conversaciones fueron cambiando.
Empezamos a hablar un poco más. A contarnos cosas. De nuestras vidas. De lo que habíamos vivido. De lo que éramos.
Pero yo lo tenía claro. No quería una relación. Ni con él... ni con nadie.
Eso no entraba en mis planes. Ya no.
Él, por lo que iba viendo, era un hombre distinto. Correcto. Serio. Educado. Divorciado, con hijos ya mayores... incluso con un nieto en camino. Nada que ver con lo anterior. Y eso... se notaba. No había prisas. No había presión. No había dobles intenciones. Sólo conversación.
Y en cada conversación... empezamos a descubrir algo. Afinidad. En pequeñas cosas. En formas de pensar. En experiencias vividas. Como si, sin buscarlo, fuéramos encontrando puntos en común. Y eso me llamó la atención. Pero, aun así, yo seguía con mi muro.
Y un día... dio un paso más. Me pidió el número de teléfono. Para hablar mejor por WhatsApp. Y accedí. Se lo dí.
Seguimos hablando, con la misma naturalidad de siempre. Sin presión, sin prisas, sin nada extraño.
Y yo lo tenía claro en mi cabeza. No me lo estaba tomando como algo más. Era, un amigo. Nada más.
Hasta que un día me propuso conocernos. Quedar. Tomar algo y hablar en persona, en vez de por WhatsApp. Y yo, como siempre, fui muy clara.
—Si vienes con la idea de que va a pasar algo más... no vengas. Porque no lo va a haber —no dejaba lugar a dudas. Y él lo aceptó.
—No, no... solo es para conocernos.
Y así lo dejamos.
Quedamos para un día... pero al final no pudo ser. Yo tenía planes con una amiga para ese día.