Cicatrices en voz alta El final de otra ilusión
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El final de otra ilusión

La vuelta inesperada

Pasaron unos días. Días de asimilar lo que había pasado, de mirar mi casa casi vacía, de intentar entender algo que no tenía explicación.

Y entonces... volvió.

Se puso en contacto conmigo. Quería hablar. Accedí. Tuvimos una conversación que terminó de abrirme los ojos.

Quería seguir viéndome. Pero no como antes.

No como pareja. No de forma formal. No de cara a la gente.

Lo que él me ofrecía era otra cosa. Verme a escondidas.

Como si fuéramos... algo que no se podía nombrar.

Como una especie de relación oculta, sin compromiso, sin vida en común, sin nada real.

Que fuera su amante era lo que me proponía. Era lo que me podía ofrecer, decía.

Según me contó, su madre quería que me dejara.

Aquello me dejó helada. No entendía nada. Su madre siempre había sido amable conmigo. Yo la había tratado bien. Con respeto, incluso con cariño, igual que ella a mí. Nos llevábamos bien. No me cuadraba en absoluto que pudiera decir algo así.

Pero claro... tampoco sabía que le había contado él. Ni qué versión había dado de mí para que esa mujer, pensara o hubiera dicho aquello.

También estaba su hijo por medio, la presión, las influencias... todo ese entorno que, al final, parecía pesar más que cualquier cosa.

Y ahí fue donde entendí algo más.

Que si se dejaba manipular de esa manera... era porque no tenía personalidad. Porque un hombre que sabe lo que quiere, no actúa así. No rompe su vida por lo que digan otros. No hace daño de esa forma. Y mucho menos, vuelve después con esa propuesta.

Lo escuché. Y cuando terminó de hablar, lo tuve claro.

Le dije, que no. Que ni loca. Que eso no era lo que yo quería Que eso no era lo que yo merecía. Que conmigo... o se estaba de verdad o no se estaba.

Y ahí se acabó. Se acabó la conversación. Se acabó todo, me di media vuelta... y me fui. Sin mirar atrás.

El final definitivo

Ahí terminó todo, la relación... Todo.

Nunca más volví a tener contacto con él.

Pero sí me lo encontraba de vez en cuando, somos del mismo pueblo, yo lo ignoraba y él me miraba desafiante.

Reacción que tampoco entiendo. Tampoco merecía la pena pensar más. Él no merecía la pena. Sólo fue un error en mi vida.

Y fue entonces cuando empezó mi verdadera realidad. Una realidad cruda.

Me encontré sola. Sin trabajo. Con un alquiler que pagar. Y con mi hija de vuelta en casa, a la que tenía que sacar adelante.

Ella trabajaba algunos días, pero no fue suficiente. Y yo... tenía que reaccionar.

Pero estaba destrozada. No me creía lo que había pasado. No entendía cómo una persona que yo defendía delante de todo el mundo, que yo misma justificaba diciendo...

Sí, no es agraciado, pero es muy bueno.

¿Cómo ha podido hacerme eso?

¿Cómo daba la cara ahora? ¿Cómo explicaba lo inexplicable?

Porque la realidad era esta: Una casa medio vacía.

Sin televisión. Durmiendo en un colchón en el suelo.

Sin coche. Sin dinero. Sin nada. Se había llevado casi todo.

Sí, eran cosas suyas... pero no eran formas.

Ni de irse. Ni de dejar a alguien así. Ni de desaparecer llevándose hasta los cables de la pared.

Aquello no era sólo una ruptura. Era un derrumbe.

Empecé a buscar trabajo como pude. Donde fuera. De lo que fuera. Pero no salía nada. Y el tiempo corría. Y las necesidades no esperan.

Eso sí, tuve todo el apoyo de mis hijas, que me ayudaban en lo que podían. Estaban ahí para sostenerme.

Recuerdo que en ese tiempo volví a coincidir con algunas chicas del grupo de divorciados en el que estuve en su día.

Y una de ellas, al escuchar lo que estaba viviendo, me dijo algo que se me quedó grabado.

—Ese hombre te ha destrozado la vida. Mira cómo te ha dejado.

Y tenía razón. Era exactamente eso. Me había dejado... en el suelo. Sin nada.

Y aun así tenía que seguir.

Lo único que me salió fue un trabajo cuidando a una persona mayor, interna, en un pueblo cercano. No era lo que quería. Pero era lo que había. Y no tenía opción. No tenía coche. Él se lo llevó. Así que tenía que arreglármelas como podía. Acepté. Y me fui.

Dejé mi casa. Dejé a mi hija. Dejé a mi perrita, Lulú, con ella. Y me fui a trabajar en algo que no quería, en un momento en que lo que más necesitaba era estar cerca de los míos.               Pero la vida no siempre te da lo que necesitas. Te da lo que hay. Y tienes que tirar con ello.

Aquello fue duro. Muy duro.

La persona a la que cuidaba no era fácil.

No era la típica abuelita buena y cariñosa.

Al contrario. Me hacía la vida imposible.

Cada día era un reto. Cada día era aguantar.

Y yo... lloraba. Mucho. Lloraba por todo.

Por lo que había pasado. Por haber vuelto a confiar.

Por sentirme tan tonta. Por haber permitido que alguien entrara en mi vida para volver a romperla.

Y, sobre todo, por mi hija. Nunca dejé de sentirme culpable.

Por haberla perdido en su momento. Por haberla puesto en esa situación.

Aunque luego volviera, esa culpa se quedó dentro de mí.

Y me castigaba. Me repetía una y otra vez que nunca tendría que haberle dado entrada a alguien así en mi vida.

Pero ya era tarde. Sólo me quedaba una cosa.

Seguir adelante. Aunque fuera... desde el suelo.

El duelo de una ilusión

Me costó muchísimo. Muchísimo más de lo que me había costado superar otras relaciones.

Y eso que aquella apenas había durado dos años.

Pero no sé... había confiado en él de una forma ciega.

Pensé que esta vez sí. Que después de todo lo vivido, por fin había acertado.

Y no. Volví a caer. Y esta vez... más fuerte.

Para entonces, mi vida como interna en aquella casa ya se había reducido a eso:

A limpiar. A cuidar. A aguantar. A sobrevivir. Sólo tenía un respiro a la semana.

El sábado por la tarde llegaba a casa... y lo único que quería era estar allí. Con mi hija, con mi perrita, en mi espacio. Solo descansar.

El domingo limpiaba la casa, lavaba mi ropa de toda la semana, para volver a llevármela limpia. Porque sí, allí no me dejaban lavarla. Y por la tarde... otra vez allí. Volver a ese lugar que sentía como una cárcel.

Aquel trabajo me estaba matando física y emocionalmente.

Adelgacé muchísimo. No sólo por el trabajo, sino por todo.

Por la tristeza. Por la ansiedad. Por el peso que llevaba dentro.

Se me hacía un mundo cada día. Pasaba frío, porque me decía que no había más mantas, pasaba hambre porque ella tenía la comida racionada y contada.

No descansaba por las noches, porque tenía que levantarme varias veces en la noche para atenderla.

No me dejaba cerrar los ojos en la sobremesa, me reñía y me despertaba porque tenía que estar despierta para ella, decía. Estaba agotada.

No era para mí. Lo sabía. Lo sentía. Pero no tenía otra opción. Y eso era lo peor. Estaba atrapada en una vida que no quería... en el momento en el que más necesitaba estar bien. Y lo único que hacía era esperar.

Esperar a que llegara el fin de semana. Como si fuera lo único que me mantenía en pie. Como si ese día y medio... fueran mi única libertad.