Una casa compartida
Dejarse llevar
Una vez que me dejé llevar, todo fue muy rápido. Y la verdad... todo iba bien.
Ya no veía ese primer aspecto físico que en un principio no me llamó la atención.
Empecé a ver a la persona que era. A lo agradable que era, lo simpático, lo bien que me hacía sentir.
Mis hijas lo conocieron. Las tres. Y les cayó bien.
Muy bien. Enseguida congeniaron. Se llevaban con él de maravilla, lo apreciaban, y eso para mí era importante.
También conocí a su familia, él a la mía... todo encajaba.
Bueno no todo, él tenía un hijo preadolescente, que desde primera hora ya dijo que yo no le gustaba para su padre y era un poco difícil la relación entre él y yo, no por mi parte por supuesto.
Era hijo único, consentido y acostumbrado a que se hiciera todo lo que él decía.
Eso me hizo su rival. No quería compartir a su padre.
Ni que yo estuviera ahí. Pero lo sobrellevaba.
Por lo demás era una relación tranquila.
Normal. Después de todo lo que había vivido, aquello era como respirar.
Mientras tanto mi hija mayor preparaba su boda, llena de ilusión.
Por supuesto su padre no fue el padrino.
Ella decía que no tenía padre, y que cuando alguna vez lo tuvo, nunca ejerció de padre.
Era su boda. Era su decisión. Así que su padre siguió siendo una persona ajena a su vida, después de tantos años.
Yo siempre creí que a lo mejor el día de mañana, la relación con él cambiaría, que volverían a tener relación.
Pero no fue así. Lo borró por completo de su vida.
Él, hizo igual. Ni lo invitó. Ni a él, ni a la familia de su padre.
De quién tampoco sabía nada casi desde que nos divorciamos.
Y llegó el día, ese día tan esperado por todos.
Ella estaba preciosa, radiante con su vestido de novia.
Fue una boda idílica y entrañable, preparada con mucho cariño.
La celebración fue en un sitio ideal, todo preparado con esmero, cada detalle.
Allí junto a ella estábamos todos, acompañándola en ese día tan especial.
Sus hermanas, sus abuelos maternos, tíos, primos, y por supuesto yo.
Todos guapísimos y elegantes para hacer honor a aquel día.
Fue una boda preciosa y lo pasamos genial. Disfrutamos mucho, bailando y riendo. Inolvidable. Yo la miraba y pensaba en lo orgullosa que estaba de ella. En la mujer que se había convertido.
Y pensaba, no lo habré hecho tan mal como madre para haber criado a una hija así. Bueno como madre y padre a la vez, siendo tan joven siempre fue toda su crianza responsabilidad mía.
Pasó el tiempo... un año y algo. y todo seguía bien entre mi pareja y yo.
Hasta que llegó ese momento.
Él, empezó a decir que quería que viviéramos juntos. Era un paso más.
Él vivía en su casa y yo en la mía con mi hija pequeña, y la idea era alquilar algo más grande para empezar una vida en común.
Buscamos, miramos casas... y encontramos una que nos gustó. Todo iba hacía adelante. Pero cuando llegó el momento de dar el paso de verdad... me frené. Algo dentro de mí dijo que no.
Después de todo lo vivido, después de lo que me había costado reconstruirme, de encontrar mi paz...
la idea de volver a convivir me removía por dentro.
Y dije que no. Pero él no lo aceptó bien.
Se puso a llorar como un niño, de rodillas, suplicándome.
Diciéndome que me iba a hacer muy feliz, que no me arrepentiría, que, por favor, que quería vivir conmigo. Y ahí... dudé.
Entre lo que sentía, lo que él me decía, mis miedos, mi intuición y esa parte de mí que quería creer que esta vez podía ser diferente... Me dejé convencer. Y cogimos la casa.
La mudanza difícil
Mi hija pequeña, al enterarse de que nos íbamos a mudar y de que viviríamos los tres juntos, no lo llevó bien.
No quería dejar su casa, su espacio, su vida tal como la tenía.
Se enfadó conmigo. Y tomó una decisión que me rompió por dentro.
Dijo que no se venía a vivir conmigo y con mi pareja.
Que se iba a vivir a casa de su abuela paterna.
Era adulta y esa era su decisión. Cogió sus cosas... y se fue.
Aquello me partió el corazón. Porque en ese momento sentí que, por estar con un hombre, estaba perdiendo a mi hija. Y ese pensamiento me hacía daño... mucho daño. ¿Qué clase de madre era? Ella no sólo se fue, tampoco quería saber nada de mí.
Mi vida parecía repetirse. Aparecía un hombre... y todo se descolocaba. Pero también pensaba que yo tenía derecho a ser feliz, de una vez.
Mi cabeza era un torbellino de pensamientos y sensaciones tan contradictorias.
Aun así, seguimos adelante con la idea de mudarnos juntos.
Una vez que nos instalamos en la casa, todo empezó a torcerse casi desde el principio.
Yo no estaba bien. Y él lo notaba. Me decía que no me reconocía, que no era la misma.
Y era verdad. No podía estarlo. Tenía un vacío dentro por la ausencia de mi hija, por saber que no me hablaba, por sentir que nada estaba bien.
La pena y la culpa me comían por dentro.
Y a partir de ahí... todo empezó a cambiar.
Muy pronto. A los dos o tres meses de vivir juntos, la relación dio un giro.
Él, que había sido una persona cariñosa, cercana, con la que compartía todo...
cambió. Se volvió distante, agresivo en su forma de hablar y frío.
Ya no había muestras, ni gestos de cariño hacía mí.
No había complicidad. No había conversaciones. Era como si, de repente, estuviera siempre enfadado conmigo. Yo no entendía nada. No había pasado nada para ese cambio radical de él.
Le preguntaba, intentaba hablar, saber que estaba pasando...
pero él decía que no pasaba nada. Pero si pasaba.
Y mucho. También estaba su hijo de por medio.
Yo sabía que no me aceptaba. Y eso también influía.
Se notaba. Había una tensión constante, una incomodidad que no se podía ignorar. Todo se volvió difícil.
Otra vez me veía envuelta en aquella sensación de soledad, fracaso, y esta vez sin entender nada.
Ese cambio tan brusco conmigo. Era como si me odiara.
Su mirada lo delataba. Sus planes en sus días libres eran con su hijo.
Yo ya no contaba para nada, ni me consultaba, ni me preguntaba.
Yo ya no tenía cabida en sus planes ni en su vida.
Mientras tanto, poco a poco, volví a retomar la relación con mi hija pequeña. Y un día me dijo que quería volver a casa conmigo. Que lo había pensado. Y para mí... eso fue una alegría enorme.
Le preparé su habitación. La que en un principio iba a ser la suya y por todo lo ocurrido nunca lo fue, ni siquiera la arreglé y la dejamos de trastero. La pinté, la arreglé, la dejé bonita para ella. Quería que se sintiera bien, que volviera a tener su espacio.
Y cuando volvió... yo estaba feliz. Por una parte. Porque por otra parte, mi vida en pareja se estaba rompiendo delante de mis ojos.
Cuando mi hija vio la verdad
Cuando mi hija volvió a casa, no tardó en darse cuenta de que algo pasaba. Ella ya le conocía de antes, de cuando no vivíamos juntos. Sabía cómo era. Un hombre amable, cercano, cariñoso... con ella y con todo el mundo.
Pero lo que encontró en casa... no tenía nada que ver. Ella veía lo mal que me hablaba y como me trataba. Él ya no era esa persona. Había cambiado. Y no hacía falta decir nada. Se notaba en el ambiente, en las miradas, en el silencio. Todo estaba raro. Todo estaba mal.
Y entonces llegó el momento que lo rompió todo.
Un día, mirando sus redes sociales, vi algo que me llamó la atención.
Su perfil, donde antes tenía una foto conmigo, la había cambiado.
Ahora estaba él solo. Había borrado todas las fotos conmigo.
Yo ya no aparecía por ninguna parte. Y además... ponía que estaba soltero, sin pareja.
Se me encendió algo por dentro.
Esperé que llegara a casa. Y le pregunté.
—¿Esto qué es? ¿Qué quiere decir lo que he visto en tus redes?
Y fue como si estuviera esperando esa pregunta. Como si llevara tiempo queriendo decirlo... pero sin atreverse.
—Yo, ya no te quiero. Y no voy a seguir contigo. —Y lo soltó. Así sin más.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Tuvimos una discusión, claro.
—¿Y esto por qué no me lo has dicho antes?
Todo este cambio, esta forma de tratarme...
¿era por esto? ¿Por qué no me hablaste claro?
—No lo entendía. No podía entenderlo— ¿Dónde está todo lo que me decías?
¿Dónde está ese amor tan grande que sentías?
¿Dónde están tus lágrimas, tus palabras, cuando me suplicabas que viviéramos juntos, que me ibas a hacer muy feliz?
—Me salió todo. El dolor. La rabia. La impotencia— ¿Para qué hiciste qué mi hija se fuera de casa?
¿Para qué rompiste mi vida otra vez? ¿Para qué nos hiciste ese daño...
para luego decirme, a los pocos meses, que no me quieres?
Él se quedó callado y no dijo más.
No tenía sentido. Nada tenía sentido. No sé si su hijo tuvo algo que ver o fue su madre. No sé qué pasaba por su cabeza. Pero lo que sí sé es que en cuestión de horas... todo se vino abajo.
Él recogió sus cosas más necesarias... y se fue a casa de su madre esa misma tarde.
Así. De un día para otro. Yo no me lo podía creer. Otra vez no. Otra vez mi vida rota. Otra vez empezar de cero. Sentía que lo mío era estar sola. Que cada vez que apostaba por alguien... acababa destrozada.
Me sentía estúpida. Engañada. Cansada. Destrozada.
Al día siguiente volvió a recoger cosas con su hijo. Muebles, cosas de la casa... Yo no quise estar allí. Me fui con mi hija, no quería ver aquello.
Y cuando volví por la noche... No daba crédito. Se había llevado casi todo. La cama, el televisor, hasta los cables de la pared.
Me había dejado el colchón en el suelo. Se llevó incluso el armario de la habitación de mi hija, porque era suyo.
Esas cosas eran suyas, pero no las necesitaba de momento, se había ido a casa de su madre.
No sé si esas cosas que se llevó las tiró o no las vendió. No sé. Pero no eran formas, Todo lo hizo con rabia, por hacer daño.
Aquello era... incomprensible. Yo miraba la casa... y no la reconocía. Miraba mi vida y tampoco.
Había apostado por esa relación. Pensé que, después de tanto, quizás esta vez sí. Quizá era la definitiva. Se había acabado de la noche a la mañana. Sin sentido. Sin explicación. Nadie entendía nada. Y las primeras en no entenderlo... fueron mis hijas.
Como un hombre tan bueno me había hecho eso.