Cicatrices en voz alta La paz y la sorpresa
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La paz y la sorpresa

Mi vida después del caos

Mi día a día estaba lleno de cosas que me hacían sentirme viva: mi trabajo, mi hija pequeña, Lulu, mis amigas... Aun así, llegó otro momento difícil en mi vida, aunque era cuestión de tiempo, que llegara.

Otro momento del síndrome del nido vacío, y aunque me costó, lo entendía: era ley de vida.

Me costó aceptarlo, igual que me había costado con mi hija mayor, pero también me hacía ilusión verlas crecer y desarrollarse.

Estaba muy orgullosa de ellas, de que fueran tan trabajadoras, independientes, con las ideas tan claras y sobre todo que fueran tan nobles y bellísimas personas, a pesar de su juventud.

Yo y mi hija pequeña nos quedamos juntas, viviendo nuestra rutina, saliendo, entrando, conociendo gente, cuidando de Lulú y haciendo mi vida con tranquilidad.

Ya la pequeña era adolescente y empezaba a crear su propia vida aparte.

Otra vez la vida me decía, es ley de vida, pero no era fácil.

Pase de tener una casa con tres hijas, con gente, voces, risas, muchas obligaciones y tareas, a estar casi libre, la casa casi vacía, en silencio, y yo con más tiempo para mí y Lulú, que en aquel momento pues también me venía bien.

Era un poco contradictorio, sentía el síndrome del nido vacío y por otra parte pues quería vivir mi vida y ahora tenía tiempo y libertad.

Esa etapa de salir, de vivir mi adolescencia tardía, fue increíble.

Salíamos muchísimo, compartía momentos con mi amiga, conociendo gente, riendo, disfrutando de la vida...

Y quiero dejarlo claro: durante esos cinco o seis años que duró esa etapa, no hubo ningún hombre en mi vida. Sólo amistad, libertad y diversión.

Nada de parejas, nada de intimidad. No tenían cabida en mi nueva vida, no me fiaba de nadie y no quería complicarme por nadie.

Una parte importante de esa decisión también venía de cómo me sentía con mi cuerpo después de la reconstrucción de pecho.

La operación había sido necesaria, pero, aún así, uno de mis pechos ya no era como el otro.

Nunca nadie lo había visto, ni siquiera mi expareja. La experiencia del rechazo, de sentirme expuesta y vulnerable, me hizo sentir que nunca más podría desnudarme delante de un hombre.

Incluso estando reconstruida, mi mente decía: no, tú no puedes, no puedes estar con otro hombre. Esa parte de mí estaba cerrada.  Lo vivido me enseñó, que, para ser feliz, necesitaba estar sola. Cada vez que había intentado tener pareja, esa felicidad que comenzaba a sentir se veía arruinada.

Dependía completamente de mi sueldo, porque él ya no pagaba nada del alquiler, ni de la casa, todo era mío, y a veces me sentía un poco justa de dinero, pero eso no nos impedía disfrutar.

Si un fin de semana no tenía suficiente para salir, mi amiga me prestaba algo y salíamos, y cuando ella lo necesitaba, yo le hacía lo mismo.

Era un apoyo mutuo que nos fortalecía y nos hacía sentir libres.

A veces se nos unía otra amiga, con su hija.

Pasábamos días enteros en la playa, llevando la comida, riéndonos, contando nuestras cosas.

A veces quedamos para tomar café por la tarde, y nos recogíamos a altas horas de la madrugada hablando y disfrutando de la vida.

Paseábamos con Lulú, llevábamos a nuestras hijas a la playa, íbamos de compras, nos contábamos secretos, compartimos risas, preocupaciones y sueños... Todo era maravilloso.

Esa etapa me permitió conocerme, quererme, disfrutar de mi independencia y de cada momento sin necesidad de depender de nadie más que de mí misma y de las personas que elegí tener cerca.

Las hijas que eligieron paz

Hay algo que nunca entenderé en la vida... ¿Cómo un padre puede vivir como si nada, cuando sus propias hijas no le hablan?

Mis hijas mayores tomaron su decisión. Una llevaba años sin hablarle, y la otra iba por el mismo camino.

No fue de un día para otro. Fue el resultado de muchas cosas.

Y lo más duro no fue eso... Lo más duro fue ver que a él no parecía importarle.

Se cruzaba con ellas... y las ignoraba. Como si no fueran sus hijas.

Como si no doliera. Como si fuera lo normal.

Y yo no podía entenderlo. Porque si yo estuviera en su lugar...

Habría hablado, insistido, pedido perdón si hacía falta.

Habría movido cielo y tierra por volver a tenerlas en mi vida.

Pero él no. Él eligió vivir como si nada. Como si perder a dos hijas no tuviera importancia. Pero hay personas que prefieren parecer en vez de ser.

Y lo más incomprensible de todo... fue que decidió tatuarse sus caras en el cuerpo.

Las tres. Como una forma de demostrar algo hacía fuera.

Como si eso pudiera sustituir lo que no hacía como padre.

Yo me preguntaba. ¿Para qué? ¿Para que la gente dijera que buen padre eres?

¿Para mantener una imagen? Porque luego, la realidad era otra muy distinta.

Iba por ahí contando que sus hijas no le hablaban, que eran malas, que no sabían valorar a su padre... poniéndose en el papel de víctima. Lo típico de un narcisista. Alejar con su comportamiento a las personas buenas que tiene cerca, y portarse bien con los que no eran su familia.

Esa es la táctica de ese tipo de personas.

Cuando dos hijas toman la misma decisión de alejarse...

no es casualidad. A veces, la verdad no está en lo que se dice...

sino en lo que se hace. A veces, el problema no está en los hijos.

Está en quién nunca supo ser padre. Ser padre no se demuestra... se ejerce.

Mientras tanto, con la pequeña sí mantenía relación.

Era adolescente y se iba algunos días a dormir con él.

Pero ni siquiera con ella supo ser padre.

Porque también le hacía daño. La trataba mal, la humillaba, le decía cosas que no se le dicen a una hija.

Y muchas veces volvía a casa llorando, rota.

Yo la veía y me dolía en el alma. Y no podía quedarme callada.

Le escribía, le decía las cosas claras, le pedía que dejara de hacerle daño. Pero era inútil.

Me bloqueaba, cambiaba de número, desaparecía... y volvía a lo mismo.

Nunca se preocupó de lo importante. De su alimentación, de sus estudios, de lo que realmente necesitaba. Pero eso sí... lo superficial no faltaba. Un móvil, un ordenador... cosas materiales que no llenaban el vacío que dejaba como padre.

Esa era su forma de actuar. Y yo, una vez más, tenía que recoger los pedazos. Acompañar, consolar, sostener. Ahí fué cuando entendí algo muy claro: no todos los padres saben serlo.

La vida vuelve a sorprenderme

Después de más de seis años viviendo en paz, sin querer saber nada de hombres, sin buscar a nadie... la vida, una vez más, me sorprendió.

Porque sí, conocí a alguien. Y lo curioso es que, en un principio, no me gustó.

No era una persona especialmente agraciada físicamente.

No fue ese tipo de encuentro en el qué dices "me encanta" o "me ha llamado la atención".

No. Todo lo contrario. Pero tenía algo. Era simpático.

Agradable. De esas personas que saben estar, que te hacen sentir cómoda sin esfuerzo.

Y sobre todo... me hacía reír. Y eso sin darme cuenta, empezó a abrir una pequeña puerta que yo creía completamente cerrada.

Porque después de todo lo que había vivido, después de tantos años sola por decisión propia, yo no estaba preparada, ni quería sentir nada por nadie.

Pero me sentía bien a su lado. Y eso era peligroso.

Porque cuando llevas tanto tiempo en paz, cualquier cosa que te haga sentir... ya no pasa desapercibida.

No era ilusión. No era enamoramiento. Ni siquiera era intención. Era simplemente... bienestar. Y sin darme cuenta, empecé a permitir algo que llevaba años negándome: volver a sentir.

Al principio todo fue sin intención. Sin planes. Sin expectativas. Simplemente hablábamos, coincidíamos, compartía los momentos... y poco a poco, sin darme cuenta, me fui acostumbrando a su presencia. A sus mensajes. A su forma de hacerme reír. A cómo me hacía sentir cuando estaba con él.

Me dio igual los comentarios de los demás, sobre su aspecto.

No hubo un momento concreto en el que dijera "estoy empezando algo".

No hubo una conversación, ni una decisión.

Simplemente... fue fluyendo. Y sin darnos cuenta, éramos pareja.

Así, sin más. Sin buscarlo. Sin pensarlo demasiado.

Sin romper del todo mis miedos, pero aprendiendo a convivir con ellos.

Y eso era lo que más me sorprendía. Porque después de todo lo que había vivido, después de haberme prometido a mí misma que no volvería a pasar por lo mismo...

ahí estaba otra vez. Sintiendo. De otra manera.

Más tranquila. Más consciente. Pero sintiendo.

Y aunque una parte de mí seguía con miedo... otra empezaba abrirse.

En aquel momento no lo pensé, pero hoy sí, a lo mejor aquello que sucedió pudo ser por la falta de cariño de una pareja, tantos años sola, me predispuso a aquella relación.

Aunque no quisiera, hay cosas que en algunos momentos se necesitan. Un abrazo, un apoyo, una conversación y también cariño.