Volver a empezar
Una casa para empezar de nuevo
Al poco tiempo apareció la casa que queríamos.
La casa que alquilamos en mi ciudad era grande, luminosa y muy agradable. Cuando entré por primera vez sentí que todo volvía a colocarse en su sitio. Era una casa perfecta para nosotras, para mis hijas y para mí.
La mudanza fue genial. La hicimos con mucha ilusión, porque para mí aquel regreso significaba mucho más que cambiar de casa.
Era volver a mi tierra, volver con mi gente, volver al lugar de donde, en el fondo, sentía que nunca deberíamos habernos marchado.
Allí me sentía bien. Me sentía feliz de estar de nuevo cerca de mi familia, de volver a ver a mi hija mayor con más frecuencia, de reencontrarme con mis conocidos, con las calles de siempre, con esa sensación de pertenecer a un sitio que siempre había sido mío.
Para mí era como respirar tranquila otra vez. Cómo dejar atrás todo lo que vivimos desde que nos fuimos; mi enfermedad, los problemas con él, su marcha, la pérdida de trabajo, la precariedad vivida en aquel año y medio.
Fueron demasiadas cosas en tan poco tiempo. Fué un caos, una cosa detrás de otra.
Pero, aunque aquella casa representaba un nuevo comienzo, también traía consigo situaciones que yo no sabía muy bien cómo manejar.
La primera noche ya él, se quiso quedar a dormir. A lo que dije que no. Su reacción fue llorar y decir que lo había engañado.
En realidad, yo ya no sentía nada por él. Me sentía obligada por su ayuda, pero no era lo que yo quería, también era pena lo que sentía y esa mezcla me confundía.
Esa noche no se quedó, pero no pude sostener aquella distancia durante mucho tiempo. Acabamos conviviendo en la ciudad, retomando ciertas relaciones y cercanía.
Con mis hijas él no se llevaba mal exactamente, pero tampoco terminaba de encajar.
Más que mala relación, lo que había era una necesidad constante por su parte de imponer sus normas.
Quería tener siempre el control de la casa y de todo lo que pasaba dentro de ella.
A partir de las 8 de la tarde, hora en la que él se acostaba, era como un toque de queda.
Se paraba el mundo. No quería que el teléfono sonara por la noche.
No quería que nadie se duchara tarde. No quería ruidos de ningún tipo.
Si llegaban visitas a casa, él, les hacía el feo y se iba a dormir.
No se podía poner la tele, o ponerla casi sin voz. Cosa que irritaba a mis hijas, para verla así, la apagaban, porque no se oía casi. Decía que él madrugaba y que necesitaba descansar, y cualquier cosa le molestaba.
A veces tenía la sensación de que todo le irritaba, como si hasta el aire que respirábamos le resultara incómodo.
Él era soltero, sin hijos, nunca había convivido con una pareja.
Él no entendía que había llegado a una familia ya formada, con sus normas y sus costumbres.
Que era él, el que tenía que adaptarse y no nosotras.
Estas palabras se las dije en varias ocasiones. Que, si no le gustaba lo que era mi hogar, mis hijas y nuestras cosas, que se fuera, que nadie lo sostenía. Era decisión de él.
Aquella casa que para mí representaba tranquilidad y felicidad, poco a poco empezó a llenarse de pequeñas tensiones.
Y yo, aunque todavía me sentía débil en muchas cosas, empecé a poner algunos límites.
Uno de ellos fue mi cuerpo. Nunca tocó mi pecho operado.
Él no quería tocarlo y yo tampoco quería que me viera.
Aquella parte de mi cuerpo me hacía sentir vulnerable, insegura, como si todavía no fuera capaz de mostrarme del todo.
El ictus de su padre
En medio de aquella etapa también ocurrió algo que volvió a remover muchas cosas en nuestra familia.
El padre de mis hijas sufrió un ictus. Mi hija mediana, que ya era mayor de edad, fue quién más se implicó en ese momento.
Se quedaba de noche en el hospital con él, para cuidarlo, porque en realidad no tenía a nadie que se hiciera cargo de él.
Mi pequeña aún era demasiado joven para asumir algo así, y aun así se quedaba de día a ratos.
Y su madre y su hermana de él, apenas se ocupaban.
Iban a verlo al hospital de visita, sin responsabilidad ninguna.
Quién realmente estaba allí acompañándolo de día y de noche, era mi hija.
Yo desde que me divorcié nunca más medié palabra con él, y tampoco tenía ninguna responsabilidad con él, no me nacía siquiera. Me era totalmente indiferente lo que le pasara. La mayor, en cambio, seguía sin tener ningún tipo de relación con él.
Ella decía que no tenía padre, que nunca lo tuvo aún estando casado conmigo. No quería saber nada de él. Cuando coincidían en algún sitio, era como si fueran dos desconocidos. Ni se hablaban, ni se miraban siquiera. Mi hija evitaba cruzarse con él. A veces incluso sentía miedo.
En alguna ocasión llegó a sufrir ataques de pánico cuando lo veía cerca.
Aquella relación estaba completamente rota, y con el tiempo quedó claro que nunca volvería a existir entre ellos ningún vínculo.
Mientras tanto, mi hija mediana hizo lo que sintió que tenía que hacer. Lo cuidó en el hospital, lo acompañó y estuvo a su lado durante su recuperación. Poco a poco fue mejorando y le dieron el alta médica.
Pero la situación no tardó en torcerse otra vez. Un día, estando mi hija en la calle con su novio, su padre la llamó.
No recuerdo exactamente que quería en ese momento, pero de repente empezó a gritarle en medio de la calle, delante de aquel chico. Que miraba anonadado. Fue una escena muy desagradable.
La gente mirando, sin saber que pasaba. En un momento dado incluso le tiró dinero a la cara. No recuerdo bien el motivo, sería cualquier tontería, pero él reaccionaba así, si no se le prestaba atención inmediata cuando él quería o se le obedecía en el instante.
Fue una humillación pública. Mi hija mediana siempre ha sido muy callada, muy educada.
En eso se parece mucho a mí. Es una persona que aguanta mucho, que intenta no discutir, que prefiere callar antes que entrar en conflictos.
Pero aquel día algo se rompió dentro de ella.
Era la gota que colmaba el vaso después de tantos años.
No discutió. No gritó. No respondió. Simplemente se dio la vuelta y se fue.
Dejó el dinero tirado en el suelo y no dijo ni una sola palabra.
Cuando llegó a casa me lo contó, lo tenía muy claro.
—Se acabó, mamá —me dijo— yo nunca más voy a hablarle a mi padre.
Sentía que ya había soportado demasiadas humillaciones por parte de él. Y, yo, aunque me doliera profundamente todo lo que estaba pasando, tuve que respetar su decisión. Ya era mayor de edad y tenía derecho a decidir qué lugar quería darle a su padre en su vida.
Al final, igual que su hermana mayor, decidió cortar definitivamente la relación con él. Ya había perdido a dos de sus hijas por su actitud y manera de ser.
Se trataba de reconstruir nuestras vidas, estableciendo límites claros, protegiéndonos de la humillación y priorizando nuestra tranquilidad y bienestar.
Convivir sin ilusión
La convivencia en casa era una mezcla de resignación y tensión. Yo ya sabía que no había ilusión en esta situación por mi parte. Estaba aceptando vivir con él, porque no me quedaba otra opción, y por pena. Aun así, intenté mantener la calma y hacer que todo funcionara.
Yo me sentía vigilada, controlada, como si todo lo que hiciera tuviera que pasar por su aprobación. La rutina diaria se volvió pesada y repetitiva.
Él llegaba del trabajo y se instalaba frente al ordenador, completamente absorto en mundo, su porno, sus páginas liberales.
Yo, mientras tanto, debía de preparar la cena, su comida para llevar al trabajo al día siguiente, organizar la casa, hacer la compra y cuidar de todo lo que él necesitara.
No había proporcionalidad entre lo que él aportaba y lo que yo hacía. Aunque su sueldo era varias veces superior al mío, él aportaba lo mismo que yo. Yo mi sueldo entero, y él, la misma cantidad, que suponía una cuarta parte del suyo.
Eso generaba una tensión constante cada vez que había que gastar dinero.
Comprar cualquier cosa, desde un electrodoméstico hasta alimentos, se convertía en una negociación interminable.
Yo pagaba, calculando cada euro para no exceder lo que él consideraba razonable, y él siempre encontraba algo que criticar o cuestionar.
Cualquier gasto extra también lo pagaba yo, si necesitábamos algo que no fuera alimentos o lo normal de las compras, él decidía de ir a comprarlo con la idea de pagarlo, pero cuando llegaba la hora de pagar, decía que se le había olvidado la cartera en casa. Cosa que hacía una y otra vez.
Me descomponía, otra vez la historia de la cartera... delante de la cajera y yo qué podía hacer. Pues me tocaba pagarlo yo con el dinero de la compra de alimentos. Dinero que luego por supuesto no me devolvía, y todo era así con él.
La vida con mis hijas tampoco era fácil.
Ellas veían todo, sentían la tensión y se adaptaban a un ambiente cargado de reglas y discusiones.
Él trataba de controlarlo todo, y cada día que pasaba la casa se volvía más un campo de batalla invisible, donde cada decisión pequeña podía generar un conflicto.
La sensación de estar atrapada en esa dinámica era constante. No había espacio para relajarme, ni un momento para mí misma.
Poco a poco, la convivencia empezó a desgastarme emocionalmente. Me sentía frustrada y agotada por tener que sostener una casa que no era sólo nuestra, sino que él lo convertía en su territorio, donde yo debía cumplir sus reglas y expectativas.
La libertad de vivir en nuestra tierra, de estar cerca de mi familia, se veía opacada por esta tensión diaria que no dejaba respirar a nadie.
Y mientras todo esto ocurría, la vida seguía pasando. Mis hijas crecían, tomaban sus decisiones y se mantenían firmes en sus límites con él. Yo, por mi parte, iba aprendiendo a protegerme emocionalmente, a aceptar lo que no podía cambiar y a buscar pequeñas zonas de tranquilidad en medio del caos.