Cicatrices en voz alta La herida y la soledad
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La herida y la soledad

Entre curas y ausencias

Después de la operación, mi recuperación siguió siendo complicada. La herida de mi pecho, o, mejor dicho, lo que quedaba de él, se abrió de nuevo.

Más visitas al hospital, más consultas, y me dijeron que había que dejarla cerrar por sí sola. Tardó meses en cicatrizar y quedó enorme y feísima, que me recordaría cada día la batalla que había librado.

Los días pasaban entre consultas, curas, cuidados. Mientras intentaba recuperar cierta normalidad.

Mi pareja, en cambio, se negaba a tener relaciones conmigo.

Decía que le daba miedo tocarme, y nunca más volvió a tocarme, ni a verme desnuda, ni por supuesto a tocar donde faltaba algo.

Ya no me veía como mujer. Así, nuestra vida en común continuaba bajo el mismo techo, pero sin intimidad, sin cercanía y yo continuaba sola en mis miedos y dolores.

Perdí mi trabajo, estaba lejos de mi familia, y toda la ayuda venía de la familia de él y mis hijas.

Su madre me ayudaba en la casa, su hermana era como una amiga para mí.

Mi pareja permanecía ausente, mirando desde fuera, sin implicarse ni mostrar apoyo.

Todo recaía sobre los demás, y yo debía aprender a sostener mi vida mientras sanaba.

Pero lo que más me dolió fue darme cuenta de que sus ratos libres después del trabajo eran para ver porno en el ordenador.

Mientras yo intentaba recomponerme, mientras buscaba vivir y sonreír a pesar de la cicatriz, del vacío de aquella parte de mi cuerpo, él se aislaba y buscaba placer en otra parte.

Yo, en un acto de defensa, cuando quedaba a tomar café con su hermana, fuera de casa, le quitaba el cable al ordenador, el del wifi, para que no pudiera ver nada. Lo metía en el bolso y me iba a la calle.

Llegué a contárselo a su hermana, ella me entendía y me apoyaba, más como una amiga, que como una cuñada.

—Muy bien hecho, él no debe hacerte esto. —Ella me decía.

Era su hermana, pero tampoco lo entendía. Todo su apoyo y compresión era para mí.

Esa actitud de él para mí no era un simple detalle, era un rechazo constante, una humillación en los días más difíciles de mi vida.

Llegó el día 1 de enero, Año Nuevo. Habían pasado apenas dos meses desde mi cirugía, sin estar recuperada siquiera, ni esa cicatriz cerrada, ni mi pecho reconstruido. Estábamos agotados, física y emocionalmente.

Aquella mañana él se sentó frente al ordenador, ausente, sin mirarme, sin tocarme.

—Si esta situación va a seguir así por tu parte, coge tus cosas y vete. —Me acerqué y le dije.

Se levantó, cogió el ordenador debajo del brazo y se marchó, sin mediar palabra.

La frialdad que dolía

No podía creerlo, esa frialdad, ni habíamos hablado, ni teníamos una conversación clara sobre nuestra relación, ni sobre la dura realidad que se vivía a raíz de mi enfermedad.

Yo me quedé rota, a pesar de haberle dicho vete, no era lo que quería lograr, era una reacción, una conversación. Parecía que él sólo quería marcharse. No quería afrontar nada de lo que estaba pasando.

Él tenía su apartamento de soltero en aquella ciudad y allí se fue.

Yo me quedé sola con mis hijas, la mediana y la pequeña.

Mi vida seguía siendo un desafío constante.

No podía conducir todavía, los traslados eran en tren, y la mediana llevaba a la pequeña al colegio, antes de irse ella para sus prácticas.

Cada día, cada acción, era una batalla contra la fatiga y el dolor.

Mis hijas se convirtieron en mi motor y en mi compañía constante.

La pequeña me enseñaba a reír de nuevo entre las rutinas del cuidado, mientras la mediana asumía responsabilidades que antes no podía confiar a nadie más. La mayor venía a vernos y se preocupaba por nosotras. Juntas, poco a poco, aprendimos a sostenernos.

La recuperación física continuaba, una vez la cicatriz se cerró, empezaron a inyectar suero en el expansor, para ir llenándolo y estirar la piel, pero eso fue poco a poco, lentamente.

Con el tiempo, volvimos a hablar, intentando aclarar un poco las cosas. Hubo muchas conversaciones que apenas recuerdo, porque fueron tantísimas y muy intensas.

En una de esas conversaciones me dijo, que no le gustaba lo que tenía en la cama, que su interés iba hacía otro tipo de morbo, que una relación normal como la que yo le ofrecía, no le llenaba.

Lloraba como un niño pequeño, diciendo que no podía remediar tener esos gustos, que él era así.

En esos momentos me venía a la cabeza aquella conversación que tuve con él, al principio de nuestra relación. Donde le dije era mejor dejarnos, yo no era así. Liberal. Nunca lo sería. A lo que él insistió que esa vida la dejaba y quería seguir conmigo.

Nos hubiéramos evitado tantas cosas. Aun así, hubo días en que él me acompañó a algunas consultas médicas, poco a poco, pero siempre sin entrar, prefería quedarse fuera. Yo sentía un alivio temporal, un poco de apoyo, aunque siempre muy limitado.

Hubo días donde venía llorando y se agarraba a mis piernas, de rodilla, pidiendo perdón, pidiendo volver a casa. Era agobiante aquella situación, no podía más, yo ya estaba pasando bastante como para agregar más carga a mi vida.

Hubo momentos en los que sentía pena por él.

Pasaron varios meses de la operación. La vida seguía siendo un desafío constante. El alquiler no podía pagarlo, los gastos eran enormes y, en algún momento, tuve que vender el poco oro y plata que tenía, para poder alimentar a mis hijas.

Luego llegaron momentos de absoluta soledad y desamparo.

Recuerdo un día en la cocina, llorando, mientras intentaba procesar todo: la operación, la distancia de mi pareja, la carga de cuidar a mis hijas sola, la falta de trabajo y recursos, en un pueblo donde no tenía familia cercana ni apoyo conocido.

Cada noche, cuando el mundo parecía descansar, yo me permitía sentir: miedo, tristeza, cansancio... pero también gratitud y orgullo. Gratitud por mis hijas, por la familia de él que estuvo cuando yo más lo necesitaba, y por cada día que podía caminar un poco más ligera y decidida hacía mi futuro.

Recuerdo noches enteras llorando en la cama, sola, con el corazón roto y un cansancio que no era solo físico, sino también emocional.

La cicatriz en mi pecho me recordaba la batalla que había librado, y la soledad me recordaba que, a veces, el dolor no se comparte.

Cuando más apoyo necesitaba, más sola estaba.

Estaban ellas, mis hijas, pero una, era una niña, que apenas se enteraba de nada.

La otra era una adolescente que empezaba a vivir su vida.

Todo esto me enseñó a sostenerme por mí misma, con mis heridas, mis cicatrices y mis miedos, mientras aprendía que no podía esperar apoyo de quienes deberían estar a mi lado.

La ausencia de él me enseñó que a veces perder algo que parecía indispensable es, en realidad, la oportunidad de encontrarte a ti misma y reconstruir tu vida con las piezas que realmente importan.

Volver a casa

Empezaba el verano y seguíamos atrapadas en ese pueblo, aburrido, solitario.

Un día tomé una decisión firme, nos íbamos a ir de ese pueblo. Ya no tenía nada allí; ni trabajo, ni oportunidades, ni apoyo cercano. Quería volver a mi ciudad y mis hijas también. Recuerdo que una de ellas me dijo, con cierto escepticismo.

—Mamá, tú lo dices, pero eso nunca va a pasar.

—Tranquila, nos vamos a ir, —le aseguré.

Aunque fuera lo último que hiciera en mi vida.  Esa promesa se la iba a cumplir. Ellas merecían ser felices, nunca debieron vivir nada de lo que vivieron. Nunca. Se lo debía y lo cumpliría.

Comencé a buscar piso en nuestra ciudad. En ese momento hablé con él, no éramos pareja, pero estábamos ahí, cada uno en su casa, pero él tenía la esperanza de volver.

Le conté mi decisión, y me dijo que me ayudaría, pero que viviríamos juntos en la casa nueva, así que acepté su apoyo porque no me quedaba otra.

Buscamos un piso grande, luminoso, para los 4.

Mi hija mayor se alegró mucho de volver a tenernos cerca. Mientras buscábamos, el proceso de mi pecho seguía, era lento. También encontré trabajo de nuevo, en mi ciudad, a pesar de no estar recuperada del todo.

Ilusionada por el cambio, el trabajo, al fin veía un poco de luz.

Llegó la segunda operación. El cambio del expansor por la prótesis. Era otro paso más en aquel proceso, pero esta vez lo viví de otra manera. Ya sabía a lo que iba, ya sabía el miedo de entrar en un quirófano y también esa esperanza silenciosa de que todo saliera bien.

Fue una operación rápida. Salió bien y me recuperé enseguida.

Después de tanto miedo, de tantos pinchazos y de ver cómo mi cuerpo iba cambiando poco a poco, sentí que aquella parte empezaba a cerrarse.

No era una cuestión física. 'También era una forma de volver a mirarme, de reconocerme de nuevo y de entender que, aunque mi cuerpo ya no era exactamente el mismo, seguía siendo mío.

A partir de ahí, empecé a sentir un poco más de calma. Todavía quedaban cosas por vivir, pero aquella operación fue como una pequeña tregua dentro de todo lo que llevaba encima.