Cicatrices en voz alta La noticia que detuvo mi mundo
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La noticia que detuvo mi mundo

El diagnostico que me partió en dos

Al escuchar esa me palabra se detuvo mi mundo. En mi cabeza sólo pensaba en mis hijas, aquello fue un duro golpe, que no sabía cómo encajar.

El miedo me bloqueó por completo. Ya el grupo de médicos se había reunido antes de hablar conmigo, ya habían decidido, no querían esperar, su decisión final era que había que operar... Mastectomía radical completa con reconstrucción.

En mi cabeza pensaba.

¿Qué están diciendo? ¿De qué hablan? Esto no puede ser real.

Otra vez la vida me golpeaba con fuerza. El miedo me invadía.

Me derivaron a otro hospital, donde me operarían y donde sí realizaban la reconstrucción.

Yo tenía 39 años y pensaban que, al ser tan joven, lo mejor era reconstruirlo. Ellos tomaron la decisión por seguridad, y yo entendí que no era momento de dudar.

Era mucha información en apenas media hora que duró la consulta.

Mi mente intentaba asimilarlo todo, pero no entendía nada.

¿Por qué a mí? ¿No había sufrido ya bastante?

Al salir del hospital, mi pareja estaba a mi lado. Pero en lugar de ofrecerme un abrazo, palabras de consuelo o cariño, su rostro reflejaba desconcierto y miedo.

—Parece que me han dado con un martillo en la cabeza con esta noticia. —dijo, centrado en su propio impacto. Como si el cáncer fuera suyo y no mío.

No hubo preguntas de cómo me sentía, ni intento de consolarme.

Llegamos a casa. La tarde pasó con un silencio pesado.

Los dos intentábamos asimilar lo que había pasado en esa consulta.

Yo desde el miedo, sin saber que pasaría, ¿podría morirme?

, ¿y mis hijas?, ¿qué pasará con ellas? Tenían un padre, que era como si no lo tuvieran, eso no contaba ¿y si su madre no estaba...

? Él, no sé lo que pasaba por su cabeza.

Llegó la noche, la hora de dormir, y aunque siempre dormíamos abrazados, esa noche no lo hizo, me dio la espalda.

Le pregunté con voz temblorosa.

—¿No me vas a abrazar ahora que más lo necesito?

Su respuesta me dejó helada.

—No, Me da miedo hasta tocarte.

Esa noche comprendí, con un dolor profundo, que la enfermedad no sólo enfrentaba mi cuerpo, sino mi capacidad de sostenerme emocionalmente. Que, al final, la fuerza tendría que venir de mí misma, porque nadie más podría darme el consuelo que necesitaba.

Frente a aquello tan grande me venía, estaba de nuevo sola, sin apoyo, sin cariño... una vez más.

Vivía en otro pueblo, con él y mis hijas. Mis padres no estaban, mi hermana no estaba, me veía enfrentando esa enfermedad con tres hijas a mi cargo, sin el apoyo y compresión de una pareja y lejos de mi familia.

Una vez más, la vida me ponía a prueba.

Dios da las batallas más duras a sus mejores luchadores, dicen. Y yo debía ser el número uno de los mejores.

Nunca había vivido algo así. Mi vida había dado un giro brutal, y a mi lado había alguien que nunca en su vida había tenido problemas graves.

Con una vida resuelta, y que parecía desubicado ante la realidad que estaba enfrentando.

No sabía cómo reaccionar, cómo sostenerme, ni cómo aceptar lo que estaba pasando.

Frente aquel miedo y esa soledad vinieron muchas consultas médicas y visitas al hospital. Estuve sola en casi todas.

Pruebas de todo tipo, antes de la operación. Yo era una mujer luchadora, y ya había superado muchas cosas en mi vida y esta no iba a ser menos.

Yo no sabía de ese mundo y andaba un poco pérdida. Pensaba que saldría de la operación sin mi pecho natural, pero si reconstruida. No se notaría tanto. No fue así.

Un día antes de la cirugía, tuve que pasar por un duro trago, de contárselo a mis padres. No sabían nada, ni de pruebas, ni del diagnóstico, ni de nada... no fue nada fácil. Se les vino todo de sopetón. Pero yo no había sido capaz de contarles antes aquello tan duro.

La operación

Llegó el día de la cirugía.

Estaba mi madre, mi hermana, mis hijas mayores, mi pareja, mi suegra, mi cuñada...

todos presentes, apoyándome en los momentos más difíciles.

La operación duró muchas horas. Se realizó correctamente, pero cuando desperté y me toqué, sentí que ese no era mi cuerpo.

Estaba completamente vacío, donde antes había un pecho.

—Tócate, es tu cuerpo. —La doctora me decía

Pero yo no podía. Sentía que algo se había roto dentro de mí.

Durante la hospitalización, tuve un episodio con el vendaje compresivo que debía llevar puesto. Me sentía atrapada, incapaz de respirar. No sé si era un ataque de ansiedad, por todo lo que no expresaba, o la opresión del vendaje, pero era insoportable.

Le pedí a mi pareja que llamara a la enfermera, llegaron los médicos a ver que me pasaba y antes de quitar los vendajes, yo pedí que mi pareja saliera de la habitación. No quería que viera mi pecho así. La enfermera se sorprendió.

—Es tu pareja, debe estar contigo y enfrentar esto también.

—No, no lo va a entender. No quiero que me vea nunca así —respondí.

Mis lágrimas caían por mis mejillas. Ese momento me mostró, con crudeza, la soledad de mi lucha y la distancia emocional que me separaba de alguien que estaba presente, pero incapaz de comprender el miedo, la vulnerabilidad y el dolor que atravesaba mi cuerpo y mi alma.

No solo era pudor. Tenía miedo. Miedo a sentirme menos mujer, miedo a que alguien que ya me hacía sentir insuficiente me mirara y confirmara lo que siempre había temido: que no me deseaba, que no me sostenía, que no me veía como mujer.

Era la soledad de una lucha que nadie podía comprender.

Aquel momento desnudo no fue sólo físico.

Nadie volvería a ver mi cuerpo así, ni mis hijas, ni familia, ni él.

Mi cuerpo se convirtió en un territorio secreto, una herida visible sólo para mí, una vulnerabilidad que tuve que sostener sola.

Y mientras mis lágrimas caían y el silencio llenaba la habitación, entendí algo fundamental, la mastectomía me quitaba un pecho, pero lo más doloroso era enfrentar mi miedo y mi dolor emocional sin nadie que me sostuviera.

Salir con una parte menos

Salí del hospital con mis vaqueros, mi chaqueta de cuero y mi drenaje que me dejaron. Sonriente, aunque dolorida. Con un pecho menos y un expansor que, aunque no podía ver ni tocar, llevaba conmigo la evidencia de la batalla recién librada.

Mi verdadera lucha empezaba ahora, fuera de las paredes blancas del hospital.

Antes de regresar a casa, fui a ver a mi padre.

Él también había recibido un diagnóstico de cáncer de próstata, y evitaba los hospitales por miedo a enfermar.

Lloró al abrazarme, y en ese instante comprendí que compartimos un dolor que sólo nosotros entendíamos.

Después, volví a mi hogar, en el otro pueblo, donde me esperaban mis hijas y la rutina de la recuperación.

Los primeros días fueron complicados, un familiar de él era matrona, venía a casa a hacerme las curas, enseñándome a moverme sin dañar la herida, ni el drenaje.

Su madre ayudaba con la casa, mis hijas mayores también echaban una mano, haciendo que mi vida siguiera. Aunque yo apenas podía con mi brazo.

Mi pareja permanecía distante, casi ausente, y aunque estaba en casa, nunca entró a las consultas, nunca me duchó, nunca me ayudó a vestirme.

Yo me miraba al espejo, a solas y pensaba…

Soy un monstruo. A mis 39 años, acostumbrada a vestirme sexy, a vestirme con ropa ajustada que se ceñía a mi cuerpo, de repente debía cambiar hasta la forma de vestirme para ocultar la falta de un pecho.

Aprendí trucos: anudaba un pañuelo largo a mi cuello que cubriera el lado operado. Metía el drenaje en el bolso, que colgaba en mi hombro y salía a la calle a tomar café, a vivir... con mi sonrisa puesta, como si nada hubiera pasado.

Nadie podía adivinar mi dolor, mi herida, ni el drenaje. Nadie podía detenerme. Ni el dolor, ni la herida, ni el drenaje. Sin embargo, el apoyo que no recibía de mi pareja lo encontré en su familia.

Dependía de ellos para trasladarme a las consultas, revisiones y para cualquier rutina cotidiana. Fueron mi apoyo, junto con mis hijas en aquellos momentos. Los necesitaba... y ahí estaban, sin que tuviera que pedirlo. Y siempre se lo agradeceré de corazón.