La tensión que no se apagaba
El desgaste silencioso
Seguíamos viviendo allí, en la casa, pero la tensión entre nosotros se había vuelto casi constante. Había pasado año y medio, quizás más, entre idas y venidas de él a su apartamento.
A veces se marchaba cuatro, cinco, seis días, yo no sabía dónde estaba, ni le preguntaba. Buscaba cualquier excusa para enfadarse e irse. A veces pienso que lo hacía queriendo. La relación ya estaba rota, o al menos a punto de estarlo, pero seguíamos así, conviviendo bajo el mismo techo.
Un día, sin motivo aparente, dejamos de tener relaciones íntimas.
Yo lo buscaba... pero él se apartaba, decía que no, sin dar explicación alguna.
Al día siguiente, lo mismo, y al siguiente también.
Lo intenté varias veces, cuatro, cinco veces...
hasta que me cansé de ser rechazada y me dije a mi misma, se acabó.
No voy a buscarlo más. Y así transcurrieron ocho meses. Ni él me buscó, ni yo a él.
La vida continuaba, dentro de la rutina de nuestros problemas, pero sin sexualidad, sin intimidad alguna. ¿Por qué pasó eso? nunca lo supe, nunca se lo pregunté, nunca él tampoco lo refirió.
La vida diaria era un desgaste constante. Cada compra era una lucha, él no quería gastar.
Yo preparaba en las noches comidas durante horas para que se llevara al trabajo, no quería cualquier cosa, tenía que ser elaborado, de primera calidad, varias cosas, que no le faltara de nada, y cualquier motivo era motivo de queja. Así cada noche, esclava de la cocina para él.
Cualquier cosa que se estropeaba en casa era un problema monumental.
Cada ida a su apartamento y vuelta era un recordatorio de lo frágil que era nuestra relación.
Las pequeñas rutinas estaban cargadas de tensión, y mis hijas lo notaban.
Ellas veían como todo se tambaleaba, como cada gesto se convertía en una discusión, y yo sentía que no podía protegerlas de ese ambiente.
Un día, como otro cualquiera, fui a casa de mis padres de visita. Durante la conversación, me preguntaron por él, y les conté que se había ido a su apartamento, enfadado, como era su costumbre.
Entonces mi madre, aún con esa mentalidad estricta y protectora que siempre ha tenido.
—Tenéis cuarenta y tantos años los dos y estáis como niños pequeños. Ahora sí estamos, ahora no. ¿Tú crees que esto llega a alguna parte así? —me dijo.
Me quedé pensando en sus palabras y, después de todo, tenía razón.
¿Qué estaba haciendo con ese hombre? ¿Qué me aportaba?
... Nada. No había amor ni complicidad. No tenía vida íntima con él, no tenía apoyo emocional, económico tampoco y la confianza entre nosotros ya no existía.
La convivencia era un desgaste constante.
Sólo había rutina, control y frustración.
¿Entonces que tengo con él? Me pregunté.
Pocos días después de esa conversación con mi madre, estábamos en el salón de casa, con mi hija pequeña presente, y tuvimos una discusión.
Una discusión tonta que parecía el detonante para que él se marchara de nuevo... y así lo hizo.
Viéndolo irse, miré a mi hija adolescente y le dije, con toda la claridad que sentía en ese momento:
—Se acabó. Éste ya no vuelve a entrar más en casa.
En ese momento me sentí fuerte, decidida, segura de mi elección.
Por fin era yo la que ponía límites, la que tomaba el control de mi vida y de mi hogar.
Su ausencia
Pasó más de una semana sin tener noticias de él.
No se llevó nada de casa, nada más que su bolsito, que llevaba siempre.
Yo no sabía nada de él, ni dónde estaba, ni qué hacía, ni con quién, pero decidí actuar con frialdad.
—¿Puedes hacer el favor de venir a casa y recoger todas tus cosas?.
Su respuesta fue inmediata, y absurda.
—¿Cómo? Si yo solo he ido a visitar a mi madre.
Una explicación ridícula, porque su madre vivía a menos de media hora y su "visita" duraba más de una semana.
Excusas tontas y estúpidas, que ya no me sorprendían. Por WhatsApp siguió insistiendo, diciendo que no quería irse, inventando historias, y yo le dejé claro.
—Se acabó, esto ha terminado.
Al día siguiente, sabía que volvería a casa.
La puerta principal tenía cerradura, pero había otra pequeña que nunca se cerraba y cuya llave sólo tenía yo.
Ese día me fuí a trabajar, cerré la principal y eché la llave pequeña.
Cuando volvió, porque volvió, no pudo entrar. Se encontró que no tenía acceso a la casa.
Enfadado por WhatsApp me contó que había intentado entrar y no pudo.
Yo no iba a permitirlo: esto se había terminado. Él no iba a volver a entrar sin mí consentimiento.
Después de mucho escribirnos, discutir y negociar, finalmente él hizo como si entendiera que nuestra relación había terminado y quedamos en un acuerdo extraño.
Quedamos como amigos, sin más.
Me resultaba muy difícil por su aptitud, deshacerme de él y de esta relación tóxica, era misión imposible y esa "amistad" era como para que se conformara.
Me daba pena de él, después de todo, había compartido seis años con él.
Momentos que no fueron del todo malos al principio; hubo viajes, risas, instantes de cercanía.
Me hizo sentirme un poco más fuerte, creer en mí misma.
Pero todo eso ya había pasado hacía mucho tiempo.
Aun así, le tenía algo de lástima. Esa forma de ser, esa aptitud de él no era de una persona equilibrada, parecía tener algún problema.
Así, nuestro trato como "amigos" consistía en que él apareciera algunas tardes para tomar café, dar un paseo, hablar de manera normal. Nada más.
Una vez me dijo que quería poner su apartamento a mi nombre.
—¿Para qué quiero yo tu apartamento si no estamos juntos? —le pregunté desconcertada.
Su respuesta fue un:
—Es que quiero que el día de mañana, cuando yo no esté sea para ti —su respuesta.
A lo que por supuesto me negué.
Intentaba agradarme, ganarse mi aprobación.
Yo no lo entendía ni quería, pero me pagaba el alquiler, completo. Cosa que no hacía cuando estábamos conviviendo. Aunque yo insistí que era mi responsabilidad y no debía hacerlo. Pero él, hacía lo que quería, no sabía cómo tenerme contenta. Hacía el ingreso directamente al dueño del alquiler.
Insistía en que recogiera sus cosas de casa, pero no lo hacía, no se llevó nada. Era como si dejara una puerta abierta.
En medio de todo esto, ocurrió algo inesperado.
Mi hija mediana me llamó por teléfono mientras yo estaba trabajando:
había encontrado una perrita abandonada en la basura con una patita rota. Tenía menos de un añito. Me mandó fotos y al verlas sentí un golpe en el corazón.
Yo no quería más responsabilidades; no podía ocuparme de un perro, menos de uno que seguramente necesitaría operación y tratamiento.
Algo que estaba fuera de mi presupuesto.
Pero mi hija insistió y buscó soluciones ante lo que yo le dije.
Había hablado con una protectora que podría hacerse cargo, pero necesitaban un hogar de acogida temporal para la perrita.
Ellos se hacían cargo de todos los gastos, médicos, comida, vacunas...
Me dio pena y finalmente acepté esa opción.
La perrita, era un galgo italiano, mini, de pelo corto negro muy intenso y brillante.
Con sus cuatro calcetines blancos en sus patas, la punta de su rabito blanco también al igual que su pecho con una franja de arriba abajo, y unos andares muy graciosos que parecían más de un caballo que de un perro.
Era preciosa... pero venía muy asustada, dolorida y sucia.
Nunca había tenido un perro, y de repente esa pequeña criatura entró en mi vida.
Al principio no sabía qué hacer con ella, como organizarme, como cuidarla.
Pero poco a poco se convirtió en parte de mi día a día.
Su amor no tenía condiciones, no pedía nada a cambio. Sentí cómo el cariño que antes buscaba en un hombre se transformaba en este amor puro e incondicional.
Lulú, que así le pusieron mis hijas, me enseñó que el afecto verdadero no duele, no manipula.
Y así fue pasando el tiempo. Entre el control que él seguía intentando ejercer, los malabares con los gastos, la vida diaria, y la llegada de Lulú, mi vida empezó a encontrar un nuevo equilibrio.
Ya no había expectativas con él, sólo límites claros, y la compañía de esta pequeña perrita se volvió indispensable.
Todo eso sucedió en ese periodo, mientras la casa seguía siendo mía, mi espacio, y yo comenzaba a reconstruirme poco a poco, con pasos lentos pero firmes.
Lulú, mi refugio entre las grietas
Durante este tiempo, un día él apareció en casa y se encontró con Lulú. La perrita, que estaba de acogida, aún era muy pequeña, asustada y con la patita rota, y a él no le gustaban los perros.
Yo, tranquila, lo miré y pensé, bueno, esta no es su casa, tiene que aguantarse.
Lulú se fue adaptando poco a poco, y yo también.
La protectora se hizo cargo de su tratamiento; había que operarla de la pata y, además, descubrimos que estaba embarazada con menos de un año de vida. Así que en una sola operación le sacaron los cachorros y a esterilizaron, junto con la operación de su patita. Le pusieron clavos y una placa.
Recuerdo cómo la recogimos del hospital: triste, decaída pero llena de confianza. Poco a poco fue cogiéndonos cariño. Me seguía al baño, se pegaba a mí en el sofá, se acurrucaba y me acompañaba en todo momento.
Necesitaba amor y cuidados, así que no sé quién se los dio a quién, si yo a ella o ella a mí. Más bien fue mutuamente.
Su amor era puro, incondicional. Fue un cambio enorme en mi vida: el cariño de un perro que no pedía nada a cambio, un amor muy diferente al que había tenido con los hombres.
Él venía por las tardes a casa, de visita, visita interminable, nunca era el momento de irse, me costaba horrores hacer que se fuera, llegaba la noche y él seguía allí.
Me inventaba mil excusas para que se fuera, pero todo era imposible, me agobiaba muchísimo esa situación. Me pedía que lo dejara quedarse a pasar la noche en el sofá, cosa que yo no aceptaba.
Mientras tanto, mi vida también empezaba a abrirse de otra manera. Mi hija pequeña me comentó que la mamá de su mejor amiga se había divorciado; la conocía del colegio.
Un día quedamos con las niñas y fuimos a la playa. Pasamos un día maravilloso, volvimos sobre las 10 de la noche a casa, era verano, y habíamos disfrutado del sol y del mar.
Pero al llegar, me encontré con él en la puerta, con la cara desencajada.
Mi sorpresa fue enorme, y enseguida empezó a gritarme.
Decía que había estado llamándome toda la tarde, que qué pasaba con mi móvil.
Le expliqué con calma que se había quedado sin batería.
No lo entendía, quería controlarlo todo.
Entré en el portal y, de repente, me empujó contra la pared intentando besarme y diciendo que me quería, que yo también lo quería. Cosa que yo le negaba y quería hacerle entender, pero no había manera.
Tuve que pedirle a mi hija pequeña que subiera sola para casa para que no siguiera presenciando esa situación.
Aquello fue incómodo, asfixiante, incomprensible.
Yo pensaba.
Esto no puede seguir así.
Tuve que amenazarlo con llamar a la policía para que se fuera y me dejara tranquila.
Por entonces también me había apuntado a un grupo de personas divorciadas de toda la provincia de Cádiz. Hacían quedadas, ir a discotecas, tomar café, senderismo o simplemente socializar.
Fue ahí donde conocí a una chica de mi pueblo, y nos hicimos inseparables, como hermanas.
Salíamos todos los fines de semana, conocíamos gente, vivíamos momentos de alegría que nunca había tenido antes, y me sentía feliz, viva y libre.
Mientras disfrutaba de mi nueva vida, él seguía apareciendo inesperadamente en la puerta de mi casa.
Todos los días al llegar a casa del trabajo me lo encontraba allí, dando la lata, insistiendo en verme. Yo temía esa hora donde me lo encontraba.
Desde el episodio de la playa no lo dejé subir más a casa.
—¿Qué haces aquí? —le preguntaba
—He venido a verte —contestaba
Le daba dos besos y me inventaba cualquier excusa para que se fuera y yo subiera a mi casa.
Se convirtió en un acoso constante, me daba miedo aquella aptitud.
Incluso mi hija pequeña, un día muy temprano, lo vió, al salir ella de casa hacía el instituto. Él estaba sentado en un bar que había junto a mi casa, controlándolo todo. Veía a mi hija salir y a mí para el trabajo.
Aquello era ya enfermizo. porque era por la mañana temprano, pero es que sobre las dos o tres de la tarde volvía a mi puerta. Y todo eso sin vivir él en mi pueblo, así que iba y venía todo el día con tal de controlar.
Yo ya no podía más, y le dije que iba a denunciarlo por acoso, aquello no podía ser.
Él insistía que no hacía nada, solo venía a verme.
Intenté razonar con él.
—Tienes que ir a un psicólogo, tu comportamiento no es normal. No querías nada conmigo mientras vivíamos juntos y ahora esto, no entiendo que pasa por tu cabeza.
Él aceptó ir a un psicólogo. Sólo para contentarme.
Me pidió que fuera con él, le explicara yo que le pasaba, porque ni él mismo lo sabía. Sentí una mezcla de incredulidad y responsabilidad... yo no quería cargar con más de lo que ya llevaba, pero era necesario. Acepté.