Chinara. El tren pasa tres veces 40. SUCEDIÓ EN EL AEROPUERTO
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40. SUCEDIÓ EN EL AEROPUERTO

Camino

Joder.

Son las seis menos veinte y la carretera está colapsada.

No se describiros mi estado mental ahora mismo, pero es parecido al que se te queda tras una resaca.

Estoy aturdida, me dirijo a toda prisa hacia el aeropuerto y he tenido la tentación de darme la vuelta siete veces. No lo haré, he decidido que voy y voy.

Reconozco que luzco un poco demasiado «producida» para ser las seis de la mañana, pero voy a asistir a uno de los momentos más decisivos de mi vida y no quiero salir con malas pintas en mis recuerdos mentales, ni en los de Lorenzo tampoco.

Imagino que a estas alturas ya habréis deducido lo que va a ocurrir. No me riñáis.

He conseguido entrar por los largos pasillos de la terminal y, por muy rápidos que sean mis pasos, siento que no avanzo entre todo este bullicio.

Hay gente por todos lados, cada uno a lo suyo, todos ajenos a los motivos que mueven a los demás a estar allí, incluso a los que me han traído a mí.

Aún estoy a tiempo de irme. Solo tengo que girarme y, con la misma rapidez con la que he avanzado, deshacer el camino.

Las seis menos dos minutos; intento darme más prisa y me siento cada vez más acalorada.

No se puede ir, tiene que darme tiempo. Estoy a punto de llegar y saco la cabeza como una tortuga para intentar avistar a Lorenzo; allí está.

Alcanzo a verlo. Se estira el cuello del jersey con afán y mira nervioso de un lado a otro.

Creo que espera algo que no va a suceder… y en el fondo lo sabe.

Cuando ya estoy a su altura, le toco la espalda despacio y se gira lentamente hacia mí.

Busca mis ojos, porque sabe que en ellos hallará lo que necesita para sosegar su zozobra.

Sea para bien o para mal. Ninguno de los dos acierta a hablar, pero él ha comprendido y se lanza a darme un abrazo de los que aprietan, de los que curan, de los que calman.

Uno que intuyo nos acompañará a Luis Miguel y a mí en las largas tardes de manta y helado.

Un apretón que significa adiós y, a la vez, hasta siempre.

Un abrazo que sentencia mucho más que el anillo que llevo puesto, y a la vez uno tremendamente liberador.

Aún sin hablar, hago el ademán de sacarme el anillo y la sonrisa se le borra con tristeza. Me cierra la mano con la suya para que no me lo quite, y yo alcanzo a entender también. El anillo se queda en su sitio, igual que él estará siempre conmigo… de alguna forma.

En megafonía reclaman a los pasajeros de su vuelo y, tras besarme la mano, la deja caer y me dedica una mirada tan llena de verdad que por un momento me hace pensar si no estaré equivocada.

No consigo articular palabra, y él toma impulso para girarse y subirse al avión que lo lleva de vuelta a Argentina.

Él no vuelve la vista atrás, y yo me quedo paralizada viendo cómo se aleja de nuevo de mí.

Es el último pasajero de la fila, aún me da tiempo.

De nuevo, los hilos que no controlo mueven mis piernas, que empiezan a correr hacia él con torpeza.

Cuando lo tengo delante, le agarro la cara entre las manos y le regalo un beso cargado de matices, largo y lento, que termina con una mirada fija, cerrada, directa.

Lorenzo solo alcanza a entornar los ojos e intuyo un esbozo de sonrisa en ellos.

Ese instante calma del todo mi interior. Se va, pero se queda en mí de la forma en la que debió estar siempre.

Entra en la manga del avión. La puerta se cierra.

Ya está.

El camino de vuelta a casa para mí es tranquilo; me siento a gusto, me siento bien. Es como si pesase diez kilos menos, aunque mi corazón está más lleno que en estos meses con él.

Las dudas dan paso a un vacío, porque ya no tengo ninguna. Por mi cara descienden lágrimas de estas que surgen cuando liberas presión. Es raro porque lloro a la vez que sonrío. Ahora sé quién soy, no me quedan suspicacias de no estar donde quiero. No necesito más checks .