Chinara. El tren pasa tres veces 38. EL ANILLO DE LA DISCORDIA
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38. EL ANILLO DE LA DISCORDIA

Camino

Al abrir la puerta no sé qué decir. La sangre se me hiela y rompo en mil cachitos todas las promesas que me había hecho a mí misma de no enrojecer cuando lo volviese a ver, de no acelerar mi respiración y de mantenerme imperturbable al olor de este hombre.

Son solo sensaciones intimas mías, no quiero ni debo mostrarlas.

Decido aparentar normalidad, pero no lo consigo.

Esos ojos en los que se refleja mi melena blanca son los responsables de que en estos meses haya estado más viva que nunca.

Sin necesidad de mediar palabra, asumo que estoy en jaque, que el pulso me tiembla, y él deja claro delante de mí que no lleva ningún escudo, que también mi mirada le está atacando al corazoncito.

Con las manos agarradas en la espalda, y mirándome fijamente, pide permiso para pasar.

Me aparto para que entre a mi casa, pero…

¿debo volver a dejar que entre también en mi vida? Qué absurdo, nunca se fue del todo.

Cuando los dos entramos en la buhardilla, todos paran en seco sus conversaciones y me examinan con cara de interrogación parlante. Bueno, Fran y Rodri se miran entre sí con una expresión de «no puede ser» y «me caigo muerto».

―¡Pero, tío! ¡Qué bueno que llegaste! Yo pensé que…

―Ya ven, los planes cambian.

―Y no avisaste…

―Fue decisión de última hora, no fue premeditado.

―Como la decisión de marcharte. ―Mierda, acabo de hacer un reproche de señora casada herida. No, no, por favor, esa actitud no, Camino, por Dios.

―Lo siento, China, sé que te debo una explicación.

―De hecho, no hay por qué darla. A nuestra edad ya nos hemos ganado el beneplácito de la divina providencia para hacer lo que nos dé la gana.

―Camino, por favor, déjame hablar.

Todos, incluidos los perros, dejan de hablar y de hacer lo que están haciendo porque nadie quiere perderse una coma de lo que pueda ocurrir a partir de este momento.

―Camino, estos meses he estado del revés. Sabía que me alegraría mucho volver a verte y así lo deseaba cuando me vine con Valentín a Barcelona, pero no ha sido como lo imaginaba…

El poco colágeno que me queda en la cara se esfuma dejando caer mi sonrisa hasta límites insospechados. Mis labios rojos forman una media luna hacia abajo y mis ojos están a punto de romper a llorar. ¿No soy lo que se imaginaba?

―Pensé que reviviría cosas del pasado, que podría ser fabuloso.

Después de lo de Fernanda había perdido toda esperanza en el amor.

La vida es injusta y no quería poner tu mundo del revés.

Quise que nuestra relación fuese más superficial, por si había caída que doliese menos, y al final no ha podido ser.

Mira, China, yo te quiero, no he parado de pensar en ti ni un solo segundo.

Me estaba involucrando demasiado y he sentido que tú también.

Sé lo que esperabas de mí y de nuestro futuro, pero tengo tanto miedo de no estar a la altura que he dudado de si hacía mejor marchándome o quedándome a tu lado.

Además, algunos asuntos requieren de mi presencia allá, y tú… tú eres importante para mí.

―No sé qué decir, Lorenzo…

―No digas nada todavía, déjame terminar. ―Y enseguida se saca del bolsillo una caja con el emblema de Clemència Peris y me la tiende para que lo coja.

―¡Te lo dije! ―grita Montse algo desafortunada. Se tapa la boca corriendo y pide disculpas a los presentes con los ojos muy abiertos. Se ha colado y lo sabe.

Miro a todos lados, necesito alguna mirada cómplice de alguien que me dé permiso para tomar esa cajita y abrirla.

Creo que no quiero hacerlo y, la vez, me muero de ganas.

De repente, me imagino su cepillo de dientes en mi vaso y en esta ocasión, lo digo de verdad de la buena, no es lo que más me apetece. Avanzo un paso.

La sonrisa se me tensa y alguna fuerza no corpórea mueve los hilos para que coja la caja. No he sido yo. No sé qué habrá pasado, el caso es que la tengo en la mano. O la abro ya o a Fran le va a dar un ataque al corazón y se va a quedar con el cerebro frito.

Sorpresa.

―¿Qué coño? ―Se me escapa esa vulgar expresión porque la caja contiene una sortija como de… ¿compromiso? Miro a Lorenzo en busca de alguna explicación… Si es un jueguecito, no me parece de buen gusto, la verdad.

―Antes de marcharme a Argentina, pasé por esta joyería con la idea de comprar un anillo que pudiera sellar esta relación. Sí, comprometerme o comprometerte a ti, quizá. Y lo compré. A decir verdad no sé si es acertado, si tengo derecho.

―Lorenzo, te marchaste a Argentina, no supe nada. ¿No debía saberlo, quizás?

―No, fui a Argentina para reconducir una vida que los dos podemos comenzar allá…

―No lo pillo ―contesto con una sonrisa de medio lado porque, aunque no estoy pillando lo que quiere decir, no me está gustando nada.

―Fui a Argentina para reunirme con mi abogada y cerrar algunos problemas con el grupo de restaurantes.

El marido de tu amiga quiso aprovechar mi ausencia para hacer un par de jugarretas en los negocios que compartimos y tuve que ir a poner orden, ponerme en mi lugar y evitar que ese perro se quede con lo que no es suyo.

He trabajado mucho y no voy a permitir que nadie me arrebate aquello que me pertenece.

―Ya… y… ―inicio una pregunta que queda incompleta, refiriéndome a qué pasa con nosotros, pero decido dejarlo terminar por si la respuesta está por llegar, aunque cada vez dudo con más intensidad que sea favorable para mí.

―Quiero que cojas esto también. ―Me tiende un sobre con un folio. Lo despliego y en él hay escrita una fecha y una hora.

―Lorenzo, yo… ¿qué significa esto?

―Camino, me marcho definitivamente. He construido una vida durante todos esto años y he de continuar. Estas son la fecha y la hora del día que tomo el avión. Quiero que vengas conmigo, China, empecemos de cero allá.

―¿Nuestro futuro está planificado? ¿Lo has decidido tú, Lorenzo? ―Y trago con dificultad la nuez de la desilusión, lo que provoca que las lágrimas me suban desde los talones hasta el borde de los ojos; aun así, consigo contenerlas.

―No, nuestro futuro está sin escribir. Ahora nosotros somos los responsables de vivirlo como queramos. Vamos a conocernos, China, tranquilos, sin obligaciones, sin prisas, con intensidad o no, ya se verá. ¿Qué dices?

―¡ESO, ¿QUE DICES?! ―grita Fran, que está tan emocionado que no cabe en su propio pellejo.

Decido no decir nada, y Lorenzo comienza a entender.

―Tan solo faltan tres días, China. Te estaré esperando. Piénsalo. Si no apareces, entenderé que debo marcharme sin ti. Pero en verdad te pido que medites la decisión.

Los ojos de Lorenzo destilan miedo, sabe que existe la posibilidad de que no acceda a esa nueva vida que promete, de la cual no conozco nada de nada. El abrazo que prosigue a esos momentos de tensión culmina con una mirada en la que por primera vez no me sonrojo.

A Fran se le cae una lagrima mientras Rodri le da un clínex sin dejar de mirarnos. Postre, ese es nuestro futuro juntos porque es lo que toca en este momento, el postre. Lo demás… que venga como tenga que venir.

Unos meses atrás, la proposición de Lorenzo habría sido para mí lo más parecido a una fantasía hecha realidad, pero he de admitir que no lo es ahora.

No debo precipitarme, poner toda mi vida en su bolsillo no creo que sea lo más inteligente.

No dudo que él me quiera, y eso, por una parte, me hace feliz, aunque…

ha tomado la decisión de marcharse. No ha sido consensuado.

Esto implica el orden de prioridad entre él, sus negocios y yo, que aparezco después.

Se marcha. Lo hará de verdad, y ahora soy yo la que tiene que decidir seguirlo o no.

Daos cuenta del matiz: seguirlo.

Creo que a estas alturas no estoy para seguir a nadie, ni siquiera a Lorenzo. Mi idea ha sido siempre más caminar a su lado, que no es lo mismo.

Debo tomar una decisión más pronto que tarde.

¿Puede reconducirse nuestra historia? ¿Será cierto que el tren pasa solo una vez y el mío ya se fue en su día?