37. NAVIDAD NI CONTIGO NI SIN TI
Camino
Acabo de despedirme de Fran en su casa, parece otra persona. Nuestra estancia en Úbeda lo ha dejado tan relajado que no sé si me gusta. Ya quiero que vuelva a ser él. No tardará.
Me paso por casa de mi hermana para recoger a Serrat y me invita a entrar para charlar un rato. Accedo porque sé que está preocupada por mi actitud de los últimos días.
―Camino, ¿qué tal estos días? ¿Has descansado?
―La verdad es que sí, sobre todo cuando Fran dormía. ―Las dos reímos porque sabemos cómo es el torbellino.
―Bueno, estabais en habitaciones separadas, ¿no?
―Esa era la idea, pero Fran escuchaba cosas por la noche provenientes de la habitación contigua y no podía dormir. Así que ya sabes…
―¿Tiene Fran miedo con treinta tacos?
―No es miedo exactamente. Él lo describió como grima… resulta que había una pareja que se quería demasiado, ya me entiendes.
―¡Pobre Fran! ―ríe mi hermana con alboroto al imaginarse la situación de mi amigo.
―Sí, terminamos viendo Titanic juntos en la cama. Me ha hecho mucho bien, hermana.
―Me alegro, Cami, te merecías esos días. Nos vemos mañana en tu casa, ¿verdad? Recuerda cariño: show must go on.
―Gracias, Elena. ―Me despido de ella con un abrazo y con Serrat en la mano.
Me ha querido decir que hay que seguir a pesar de las circunstancias, y que estarán conmigo para que esa cena sea lo más agradable posible. La entiendo con solo mirarla, y ella a mí.
* * *
Uno a uno han ido llegando mis invitados. Elena con Martina, Valentín y Princesa. Montse y Claudia con unas diademas de antenitas navideñas. Me falta Fran, pero no creo que tarde. Empezamos con un picoteo para ir abriendo boca mientras tanto. Fran, quiero decir; no espero a nadie más.
Suena el timbre cuando ya todos se están mezclando para comentar el pedazo de mesa salida de Pinterest que he preparado.
―Hola, reina, perdón por tardar. Pero es que… no vengo solo.
―Ah, ¿no?
Por un momento, mi cerebro tiene cinco años y espero que Fran se saque del bolsillo a Lorenzo con confetis y matasuegras. Qué ridícula. Hemos dicho que habíamos pasado página. Sin esperas.
―Te presento a Rodri, un amigo. Se une a la cena porque no tenía planes y a mí me hacía ilusión. ¿Sabes qué? Es piloto y, aunque no come carne, le he dicho que hay más cosas y…
―¡Fran! ¡Para! ―Jesús, cuando se pone nervioso no hay quien lo calle―. Bienvenido, Rodri. Pasa, esta es tu casa y los que hay dentro, tus amigos.
―Gracias, reinona. ―Fran me mira con un brillo ilusionado en los ojos, sé que me agradece enormemente que sea hospitalaria con su amigo especial. No hace falta que ninguno de los dos diga más.
Parece que Rodri se integra bien; está sentado con Serrat y Princesa encima de sus rodillas. Le deben gustar los perros. Eso es buena señal. Una persona que ama a los animales no puede ser mala persona.
―Qué calladito lo tenías… ―susurro a Fran mientras miro al guapazo de Rodri.
―Pensé decírtelo en Úbeda, aunque me parecía inapropiado restregarte mi ilusión cuando tú estabas pasando un mal momento. Hoy ya no he podido aguantarme. Sorry .
―¿Qué dices? ¿Estás colocado? Esto es una buena noticia, si tú estás feliz yo también.
Miro a mi alrededor y me derrito. Estoy rodeada de gente a la que quiero por encima de todo.
Sé positivamente que ellos también me quieren a mí y que formo parte de sus vidas, como ellos de la mía.
Pero me siento en esta cena de la misma manera que me sentí en mi fiesta de jubilación: muy agradecida de las personas que tengo conmigo, aunque sin dejar de notar la falta de la única que no está.
No voy a escribirlo ni a subrayarlo en el diario.
No quiero que ocurra de esa manera. Si no está, es porque no tiene que estar.
Quizá el Lorenzo que siempre he imaginado no existe.
Fran, que está sentado a mi lado, me observa detenidamente mientras por telepatía le llega lo que estoy pensando y, dándome un apretoncito en la arrugada mano, me dice bajito:
―No estás sola. Nos tienes a nosotros.
Qué mono es. Ahora él tiene a Serrat encima de las rodillas y los dos me miran con ojos aceitunos y en ese momento comprendo que es verdad, que a ellos los tengo sí o sí, y que son más valiosos que cualquier amor idealizado.
Sí, eso es lo que estoy empezando a pensar. Quizá he idealizado el amor, o, mejor dicho, aquel amor. Si ya me lo dijo una vez mi profesora de francés, Pilar: «Qué mal lo vas a pasar en la vida: tiendes a romantizar todo y los románticos empedernidos sufren, porque sueñan más que viven».
Se lo que estáis pensando, que de poco me ha valido el retiro de tranquilidad para esclarecer la mente, pero, tesoros, permitidme deciros que estáis equivocados.
Me ha servido y mucho. No en vano he meditado sobre Lorenzo y su influencia en mi vida.
En estos días he llegado a la conclusión de que siempre ha estado en mi mente porque yo lo he retenido de alguna manera.
Nunca quise que su recuerdo se fuese. Y no va a pasar más.
No soy quién para retener a nadie. También he concluido que no quiero que nadie decida por mí ni influya en mi paz mental, ni tampoco que cambien el rumbo de mis decisiones (las cotidianas y las importantes).
Ya no quiero soñar, sino vivir. No voy a dejar de ser romántica, pero no voy a ser esclava de algo que nunca ha dejado de ser eso…
un mito. Ahora soy consciente de que lo primero que debería haber hecho cuando volví a verlo es conocerlo, empezar de cero, saber quién es él de verdad fuera de mi mundo, quién es en realidad Lorenzo.
Ese habría sido mi gran acierto, no seguir enamorada de una ilusión que parecía más literaria que otra cosa.
Lorenzo fue mi gran amor, pero no es mi vida; solo lo somos mis decisiones, las consecuencias y yo.
Y creo que acabo de decidir que el Lorenzo que un día conocí no está, al igual que supongo que la Chinara que él tanto nombra es simplemente Camino, Camino Ferrán.
No ha venido a la cena, y sé que no va a hacerlo. Pero si hoy estoy aquí es por todo lo que tengo aparte de él, y en este instante, mientras relleno la copa de vino un dedito por encima de lo que suelo llenarla siempre, decido que voy a disfrutar de ello. Minuto a minuto. Sin esperas.
Escucho el tintineo de un cuchillo sobre una copa y me doy cuenta de que Valentín está de pie, llamando la atención de todos los allí presentes, y enseguida se hace el silencio por parte de la mesa.
―En primer lugar, quisiera agradecer a Camino su invitación a la fiesta de jubilación. Sé que llegué tarde, pero de nada me alegro más en este mundo que de haber asistido.
―La idea fue mía, majo ―interrumpe jocoso Fran y mira a Rodri como perdonándole la vida a Valentín para darse algo de importancia.
―Sí, claro, perdón, no quisiera dejarte sin tus créditos.
De cualquier manera, doy gracias por haber sido invitado, pues a partir de ahí he conocido a esta gente maravillosa, sobre todo a Martina, la mujer que hoy me hace feliz.
―Ya estaban tardando las miraditas de azúcar rellenas de purpurina―.
En segundo lugar, estoy… bueno, estamos muy contentos de comunicar algo con lo que no contábamos…
―En ese momento, sin querer, imagino de nuevo que es algo relacionado con Lorenzo.
Pero ha dicho que es bueno… No entiendo nada, decido seguir escuchando―. ¡Vamos a tener un bebé!
―¿Eso cómo es? ¿Un bebé? ―acierto a decir tan sorprendida como contenta―. Elena, no me habías dicho nada, qué calladito lo teníais.
―Ellos son quienes tienen que dar la noticia, y puesto que has estado fuera y teníamos este evento pendiente, pensaron que no había mejor ocasión.
―Cuánto me alegro por vosotros, chicos. ¡Y por mí! Voy a ser… ¿qué sería yo, tía abuela?
―Sí, tía, algo así —sonríe Martina, tan contenta que deja a la vista su dentadura casi completa.
―Venid aquí que os abrace, qué buena noticia para estar terminando el año. En la cena del año que viene, porque que sepáis que os quiero a todos aquí dentro de un año ―digo mirando a todos uno a uno―, seremos los mismos y uno más.
Lo siento, no puedo evitar mientras hablo pensar en si Lorenzo sabrá esta noticia. Si el año que viene seremos dos más porque lo mismo él está también.
Borra, borra.
―¡Brindis por mi sobri-nieto! Fran, saca el champán, que no hay momento mejor para descorcharlo que este instante.
Después del brindis dedicado a la criatura que vendrá, nos apartamos de la mesa para charlar de pie con un poco de música. Es una minifiesta, pero una fiesta en todo caso.
Cada uno está a lo suyo, hablamos entre nosotros en una sobremesa alegre y distendida.
Yo estoy con las chicas, charlando de nuestras cosas y pensando a la vez en lo que las quiero y lo abandonadas que las he tenido estos meses.
Pero ellas no me lo tienen en cuenta, no me echan nada en cara.
Elena y Martina están intercambiando confidencias, formando una estampa adorable.
Cierto es que me produce amor verlas así, madre e hija.
Ostras, mi hermana va a ser abuela. A-BUE-LA.
Eso suena serio, del cuarto bloque total. Pero es una noticia maravillosa. Fran y Valentín están charlando también de sus cosas junto a Rodri, que ha quedado liberado de los perros y se relaciona alegremente con los otros humanos.
De nuevo, suena el timbre. Ya no espero a nadie.
Me apresuro a abrir la puerta con apariencia tranquila y sosegada. Me entristece pensar que he fracasado, pero sigo deseando que sea él y rápidamente me recuerdo que ese él ya no existe.
A veces me canso de avanzar marcha atrás, como dice Robe en su canción. Pestañeo fuerte y muevo la cabeza deprisa para que se vayan esos pensamientos absurdos y tiro del pomo de la puerta esperando que la vida me sorprenda una vez más… y tanto que lo hace.