Chinara. El tren pasa tres veces 36. BALNEARIO EN INVIERNO CON OTRO HOMBRE
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36. BALNEARIO EN INVIERNO CON OTRO HOMBRE

Camino

El loco soy yo, y la loca va a ser Fran.

Primer tono de llamada.

Segundo tono de llamada.

―¡Reina! ¿Qué te ocurre? Acabas de mandar a freír espárragos mi reparadora siesta dominguera de pijama y palangana, espero que sea importante; bueno, o algún chisme.

―Fran, cariño, coge tu maleta y llénala de complementos de invierno para que las fotos queden divinas…

Nos vamos a pasar unos días a un palacio renacentista de Úbeda que tiene circuito termal.

Necesito relajarme. Lorenzo se ha ido a Argentina.

Voy a explotar. No me digas que no, dime que sí.

Te recojo después de comer, sobre las cuatro.

―Esto sí que ha sido hablar en metralleta.

―Pero, Camino, qué…

―Ni peros ni peras. A las cuatro.

―Es que…

―¡Chao!

En este momento decido cambiar el rumbo de mis sentimientos. Quiero risas, amistad, cuidarme, disfrutar de mí conmigo. Conseguir desterrar de mi cabeza la idea de que no puedo estar completa sin él, porque así es como me he sentido cuando Valentín me ha hablado de su viaje.

Voy unos días a relajarme, a desintoxicarme de este sentimiento enfermizo.

No quiero olvidarlo, por supuesto que no, ya que creo que siempre será parte de mi vida, y en contrapartida debo verlo desde una perspectiva más adulta, que ya es hora.

No estoy yo a estas alturas para dramas de este tipo. O, mejor dicho, no debería estarlo.

No sé qué pensará Fran, tendrá la cabeza llena de preguntas…

Menudo camino me espera hasta Úbeda. Lo voy a tener que drogar un poco porque sus inquietudes ahora mismo deben estar achicharrándole la sesera.

Pero es normal, le suelto la bomba y le cuelgo.

Eso no se hace, lo sé, aunque me divierte sobremanera.

* * *

Las cuatro de la tarde y me encuentro en la puerta de la casa de Fran, pitando como una loca.

Mientras sale me miro al espejo y me encanta lo que veo.

Hoy he decidido optar por el color. Llevo un abrigo verde oliva, los rizos recogidos en un moño algo despeinado y unas gafas de pasta roja que me chiflan.

Pendientes de plata con forma de plato y los labios rojos.

Porque sí, porque me da la gana, porque me voy de viaje con mi persona vitamina a quererme y a intentar ser fuerte.

La otra opción habría sido quedarme en el sofá y ver peli tras peli, sin quitarme los pelos de la barbilla, y yéndome a acostar con el mismo pijama con el que me levanté… por haberlo llevado durante todo el día (no digáis que no lo habéis hecho alguna vez).

Pero no.

Eso no va a ser.

No hoy.

Ahí viene el torbellino.

―Exijo una explicación. Esto en mi barrio es secuestro. Dame un beso, cariño. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos vamos a la carrera?

Justo entonces me entra una llamada al teléfono y, como está el bluetooth conectado, lo cojo mientras le hago con el dedo la señal de silencio a Fran.

―¿Dígame?

―¿Cómo que dígame?

―Montse, amor, no sabía que eras tú. Voy conduciendo y no me sale el número.

―Te llamo para contarte un cotilleo, para que estés preparada cuando ocurra.

―Desembucha.

Fran espabila sus orejas, como hacen los podencos cuando van de caza. Cotilleo es igual a música celestial para sus oídos. Se tapa la boca con las dos manos para que el subidón que siente no produzca ningún sonido que pueda interrumpir a la voz al otro lado del teléfono.

Ya nada va a sorprenderme, me diga lo que me diga Montse.

―El otro día vi a Lorenzo salir de Clemència Peris. Y ya sabes a lo que se va a Clemència Peris.

Ah, pues sí, me ha sorprendido, fíjate.

―¿Qué hacías tú por esos barrios? ¿Cómo sabes que era Lorenzo?

―¿Lo mismo es porque vivo al lado? Intuyo que era Lorenzo porque iba con Valentín…

―Calla, es verdad. No sé dónde tengo la cabeza.

―Te va a pedir matrimonio. Yo solo te lo cuento para que estés preparada y tengas tiempo de pensártelo. No la cagues, Camino… yo creo que no deberías…

―No me va a pedir nada ―corto su entusiasmo de manera tajante.

―¿Tú qué sabes? Lo hará, estoy segura.

―Se ha ido.

―¿Se ha ido? ―corean Montse y Fran, una desde el otro lado del teléfono y el otro desde el asiento del copiloto.

―Estoy con Fran en el coche. Os lo cuento por encima para que conozcáis la nueva situación, pero no quiero extender el tema.

Lorenzo pasó la noche conmigo en casa y cuando me he despertado no estaba.

He visto que se ha dejado la chaqueta en el salón y, por cotilla, he descubierto que tenía un papelito doblado en el bolsillo en el que venía escrito el nombre de una mujer, una dirección y una fecha, que es el día 22 de este puto mes.

―¿Has dicho puto? ―vuelven a corear los dos amigos a la vez.

―Sí, he dicho puto, puto, puto.

―¿Vas a ir a esa dirección a ver quién es esa mujer? ―pregunta Fran.

―Da la casualidad de que no, no voy a ir, porque es en Mar del Plata. Buenos Aires. Argentina.

―Ah… ―El coro de mis amigos está sincronizado al máximo.

―Entonces, Lorenzo ha ido a la joyería antes de su viaje a Argentina porque… Oh, lo siento, Camino, cariño.

―¡No sintáis nada! Mejor así. Montse, nos vamos a un balneario a Úbeda, quiero relajarme, estoy un poco confundida con todo esto. Y tú me acabas de dar la puntilla.

―Lo siento, amiga, solo quería…

―No pasa nada, gracias, Mon, no es culpa tuya. ¿Puedo pedirte un favor?

―Lo que quieras.

―Compra carne, canapés, vinos, lo que quieras. La cena del 27 en mi buhardilla se va a celebrar sí o sí, porque quiero estar con las personas que amo y celebrarme, celebraros.

―Ya me ha tocado la perra gorda.

―¿Lo harás?

―Claro que lo haré. Disfruta de tu viaje, aunque en el balneario van a sacar a hostias al sacamuelas, porque allí hay que estar en SI-LEN-CIO.

―¡Te estoy oyendo, bocachancla! ―contesta Fran con tono infantil y después saca la lengua al aparato de radio.

―Por es lo digo… ―Y estalla en carcajadas. Mi amiga Montse es especial y en el fondo quiere a Fran y él a ella. Es bruta, pero tiene un corazón que más quisieran otros tener―. Cuida mucho a mi amiga, y pasadlo bien. Mil ojos en la carretera.

Cuelga.

―Camino, mi vida, tenemos un par de asuntos que debemos repasar.

―Sí, contaba con ello, pero se hablará una vez del tema y se acabó. Nos vamos de retiro. El caso Lorenzo se ha terminado. Al menos por estos días.

―Que haya ido a la joyería no significa que vaya a pedir matrimonio a nadie en Argentina. Eso es mucho suponer y la croqueta de tu amiga ya lo da por hecho.

―¿Sabes lo que pasa?, que somos mayores para andar con juegos, y solo por lo que fuimos creo que nos debemos un respeto.

Si él está con alguien, o ha ido para traérsela a Barcelona, me lo tendría que haber contado.

¿Qué hacía conmigo? ¿Comprobaba con cuál quedarse?

¿A estas alturas? Lo mismo ha querido darse un último capricho antes de un compromiso.

Puede ser. Yo estoy tranquila, no he mentido a nadie, y si se va de mi camino es porque no tenía que estar. Y punto.

―Tiene que darte alguna explicación…

―No la quiero, Fran. Los hechos hablan por sí solos.

Lo que está claro del todo es que hay dudas.

Ya se fue una vez, y por eso no me extraña que la historia se repita.

Lo que me molesta como unas medias en agosto es que he caído en el mismo error.

En otro tiempo fue diferente, porque tenía la vida por delante y no llevaba tantos años con él en la cabeza.

No sabía lo que me había calado. Ahora sí lo sé.

―Bueno, vamos a poner música y a disfrutar del viaje, que para eso lo has organizado, ¿no?

Fran enciende la pantalla de mi coche y la música empieza a sonar.

Suena Luis Miguel, y un escalofrío me recorre la espalda.

Luis Miguel siempre me ha encantado, pero acaba de ocurrir lo que yo temía: Lorenzo me lo ha robado.

No me apetece escucharlo, porque Luis Miguel es Lorenzo, son los ratos con él y sin él.

De un plumazo pongo la FM para que sea el destino el que elija lo que va a sonar.

Sale mi canción favorita de Neil Diamond: Sweet Caroline , y Fran y yo esperamos ansiosos la parte de «oh, oh, oh» para corearla a la vez.

Nos miramos, sonreímos y siento con seguridad que mi amigo intentará por todos los medios que esté bien.

Necesito contagiarme de su alegría y de sus ganas de vivir.

* * *

Cuando llegamos al pequeño hotelito, Fran estudia el entorno como si luego se lo fuesen a preguntar en un examen.

La verdad es que el mero hecho de entrar por la puerta ya inspira sosiego, calma y un agradable olor a cloro de fondo.

Las paredes son todas de un marroncito tierra y la ornamentación, aunque muy comedida, resulta exquisita.

El verde de las plantas rompe con la homogeneidad entre alfombras y entarimado y el hilo musical es tan leve que, si te enfrascas en una conversación, se vuelve imperceptible.

Qué sosiego.

Qué a gusto.

Qué paz.

La chica del mostrador nos indica que tenemos en la mesita de la derecha un pack de bienvenida, que consta de un albornoz para cada uno, unas chanclas y un gorro de un solo uso, las tarjetas para abrir nuestras habitaciones y un vinito blanco por si gustamos.

Yo, por supuesto, le doy por cortesía la oportunidad a la copa; ya que nos la han servido, no iba a hacerles el feo.

Pero Fran se pelea con la bufanda y las gafas empañadas, pues, antes de quitarse los enseres que lleva encima, se enrolla en una acalorada llamada telefónica con a saber quién.

Cuando Fran se vuelve a reunir conmigo, tiene la carita sonrojada y una actitud totalmente diferente a la que traía durante el viaje. No voy a preguntarle con quién hablaba porque, aunque somos fieles amigos y nos contamos todo, prefiero que sea él quien decida si quiere hacerlo.

―¿Todo bien, Fran?

―Bueno, cariño, todo bien. Y si no está bien, ya lo estará.

En ese momento pienso que no quiere airear lo que sea que se trae entre manos. No le doy ni dos horas para que desembuche. Así es él.

La primera tarde disfrutamos del circuito, que nos hace perder por completo la dignidad: hemos de pasearnos por un largo pasillo en bata, con el gorro transparente y las chanclas de caucho que amenazan constantemente con romperse. Vamos, un cuadro, pero uno de lo más divertido, a decir verdad.

Después del circuito, Fran y yo quedamos para cenar en el gastrobar.

Cuando nos sentamos en las coquetas mesas, noto como una pareja de chicas están charlando sobre mi rizada melena blanca, y Fran me hace un ademán con el que me ordena que no le dé importancia.

¡Si yo estoy encantada de que a las jóvenes les guste mi melena!

Quiere hablar. Creo que evita que nada me distraiga porque va a desembuchar lo que le viene rondando desde que estábamos en la recepción. Y lo hace. ¡Vaya que si lo hace! Además, sin ritual preparatorio.

―He hablado con Valentín cuando estábamos en la recepción.

Lo siento si soy un capullo entrometido, por favor, no me riñas.

Lorenzo ha ido a Argentina porque tiene negocios muy importantes y debe hacer frente a un pago con el que no contaba.

En principio no iba a ser necesario, tiene que ver con unos prestamistas o qué sé yo.

Al parecer, su socio se ha metido en algún rollo y ahora anda en apuros.

No entiendo qué ha ido a solucionar allí Lorenzo, pero empiezo a pensar que no es agua muy clara.

Di algo. ¿No querías saber el porqué de la ausencia de tu tórtolo?

―¿Qué me estás contando, Fran?

―Camino, Lorenzo tiene una vida y a veces parece que se te olvida. El problema es que no la conoces.

―Esos pesados de la redonda y su marido, postureando y alardeando de los negocios y su buena posición, y andan tirando de prestamistas…

¿En esas está Lorenzo? Nunca hubiese imaginado que esos fueran los derroteros que tomaría su historia, te lo digo en serio.

Su visión del mundo era distinta… o al menos así lo percibí yo un día.

―Camino, cuando sentiste en los noventa que era él, lo supiste sin siquiera verle la cara. Esa sensación no la tienes ahora. No te aferres, que no estás a punto de caer por un precipicio ni nada por el estilo.

―Fran, no quiero aferrarme, pero es duro soltar amarras.

Sé que la intención de mi leal amigo no es otra que poner en evidencia lo que yo vengo sospechando días atrás, pero es difícil quitarse las gafas de color rosa. He deseado con todo mi corazón que esto fuese lo que yo esperaba, y he ido a por todas… olvidándome de mí.