35. SABINA TIENE RAZÓN
Camino
Mediodía del domingo y Serrat no se separa de mi lado. Qué tendrán estos animalitos que parecen entender todo. El perro nota el aura de tristeza y decepción que siento y, sin siquiera hablar, me hace saber que está conmigo. Por algo decía antes que es incondicional.
También dije que Martina es incondicional, y se me ocurre que ella puede saber algo de la escapada de Lorenzo. Decido llamarla para ver si obtengo alguna respuesta a las dudas que me invaden, pero no me coge el teléfono.
Me da coraje admitirlo: me siento abandonada.
He ido tapando mis sospechas agarrándome solo a besos y palabras que endulzan el corazoncito de cualquiera, aunque he de reconocer que ha habido silencios y ausencias desde el principio.
¿Cómo he podido ser tan ingenua? Hubo pistas desde un primer momento, sin embargo, se han disimulado con la ilusión, porque también la tenía.
Por un lado, en el fondo lo sabía, y, por otro, en ocasiones pienso que las miradas, las caricias y el latido que he escuchado de su corazón cuando estamos cerca no pueden ser mentira.
Eso se siente. Qué contrariedad. No me gusta en absoluto nadar en dudas.
El día se me está haciendo eterno y solo llevo medio. Me abandono al hastío en el sofá y Serrat me da toquecitos en el hocico para que pose la mano sobre él. No me deja ni a sol ni a sombra.
Sabina tenía razón. «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…».
Ahora pienso que quizá nunca debió venir a Barcelona. Que lo mismo no se debería haber producido el reencuentro. Me gustaba más cuando era una ilusión en mi cabeza. Ahí mandaba yo, y sucedía lo que ponía en mi guion mental. Pero eso es una droga. Un poco te alegra el rato y un mucho te deja mal.
«Mentiras que ganan juicios…».
¿Me he creído una mentira? Quizá no haya sido una mentira, puede que yo me haya tomado este reencuentro como algo definitivo y Lorenzo no estuviese en ese punto. «¿Cómo pudo sucederme a mí?».
Resuena en mi rayada mental sabinera una frase que odio que me represente tanto en este momento: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».
Desde que he conocido a Lorenzo, en el principio de los tiempos, puedo haberlo idealizado todo; sí, quizá.
Lo mismo he estirado demasiado nuestros recuerdos pensando en él y lo que me hubiera gustado que fuese nuestra historia de amor que hasta me lo he creído.
Estoy llorando.
¿Estoy llorando?
Mira, se acabó. No me da la gana. Soy Camino Ferrán, la persona llena de vida, la del pelo largo a los sesenta y cinco, la que ama la literatura de amoríos adolescentes, la que tiene amigas y amigos increíbles, la que se ha pasado el juego decorando su casa (todo hay que decirlo) y, por qué no, queriéndose mucho siempre.
Me marcho de Barcelona.
Sí, así, de golpe.
«Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca, estos ojos no lloran más por ti».