Chinara. El tren pasa tres veces 34. NO DEBÍ
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34. NO DEBÍ

Lorenzo

No debí venir. Esto es un error.

Anoche fui a la gala con la intención de ser claro con ella, de hablarle más de mí y también de… despedirme.

Cada comentario suyo relativo a nuestro tiempo pasado me lleva a sentir que está enamorada del joven de pelo largo que tanto la quiso, pero ¿cuánto queda de eso en mí? No tengo derecho a hacerle daño y, sobre todo, no quiero.

Hace unos minutos, cuando la tenía dormida en mi hombro, me sentí un verdadero impostor, ya que estaba con una mujer fantástica, viviendo unos momentos maravillosos y quizá alimentando un corazón para luego romperlo.

No quiero que ocurra; tampoco ser el responsable de que su colorido interior se vuelva gris.

No tengo derecho, y puede que haya traspasado el portal del mundo real al acariciarla, pues me sigue pareciendo una fantasía que realmente no me pertenece.

Ella no se interesa por mi pasado reciente, me hace pocas preguntas de mi vida anterior y eso es un claro síntoma de que su mente sigue en el ayer.

La conozco muy bien. Por lo que he sabido, es una mujer justa.

No mide el mundo en cifras y gráficos. El verde de los billetes no la deslumbra y su moral no se desviaría nunca por premios materiales…

y yo sí. Yo he sido un lobo. Desde que volví de África, mi persona cambió radicalmente.

Mis objetivos, mis planes… ¡Había planes!

Antes de África no los tenía, fui allí escapando de una vida que no me ilusionaba y, tras la noticia del embarazo de Fernanda, todo eso se esfumó.

El peso de una responsabilidad que no había elegido, y mi madera de cumplidor, hicieron que mi corazón se quedase a miles, miles y miles de kilómetros de mi cerebro.

Se me presentó la ocasión de abrir el restaurante y no fui consciente de que el trabajo duro de aquel que emprende fue mi terapia, aunque ahora sé que fue una bastante peligrosa.

No siempre he jugado limpio, y mis compañías le habrían horrorizado a Camino.

Fernanda, en cambio, me seguía el juego; ella me quería sí o sí, no tenía condiciones, no reparaba en que yo estuviese más tiempo en casa o fuera.

Le daba lo mismo recibir más o menos cariño de mi parte, no me reprochaba nada.

No era mala mujer, pero eso para mí nunca fue suficiente.

Eso es el sueño de cualquier idiota que no ha sentido alguna vez lo que es que el corazón se llene de miles de nervios eléctricos tan solo con el contacto involuntario y casual de la otra persona.

Esos tres meses iban a ser como el punto de partida de algo bonito, de algo sencillo y verdadero. Pero no pudo ser. Todo aquello se quedó en espejismo.

Anoche no debí marcharme de su casa así, sin contarle mis planes…

contarle que me voy porque hay señores con corbata en Argentina que necesitan mi pluma sobre el papel, que no soy capaz de pasar ni un minuto sin mirar el teléfono y que nada más levantarme por las mañanas, sin haber desayudo, a veces despido a dos o tres padres de familia y termino por obsesionarme con una copa del demonio.

¿Por mi bien? ¡Claro que no! Por el de la vida que me inventé intentando olvidar la que Camino y yo construimos en unos pocos días para pararla en seco en solo segundos.

No sé hacia dónde me dirijo, no sé qué traerá la visita a mi tierra, pero hay dos opciones: seguir o parar, y Camino solo cabe en una de ellas.