Chinara. El tren pasa tres veces 33. GALA DE FIN DE AÑO EN BAILE Y FIN DE ALGO MÁS
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33. GALA DE FIN DE AÑO EN BAILE Y FIN DE ALGO MÁS

Camino

Ya me he duchado y, con la toalla en la cabeza y el albornoz puesto, bajo a la cocina a fumarme un cigarro (fumar después de la ducha es otro de mis pequeños placeres, aunque enciendo una vela de vainilla para que no se quede mal olor). Voy a hacer el grupo de la cenita en la buhardilla.

Ya está.

He metido a todos los que tengo en mente y la acogida es estupenda.

Fran:

Yo me apunto . [dedo índice levantado]

Montse:

¡Qué buena idea! Por supuesto que me apunto. Cuenta conmigo.

Martina:

Nosotros nos apuntamos, tía. Mi madre también viene, jeje.

Valentín:

Esta vez prometo no llegar tarde.

Lorenzo:

Yo confirmo más adelante, tengo algo entre manos.

Claudia:

¿Cuándo es esa cena?

Yo:

El día 27, es decir, el sábado que viene.

Montse:

Clau, ¿no lees lo de arriba?

Claudia:

Se me había pasado.

Montse:

[cara suplicante de agotamiento]

Yo:

Perfecto, lo vamos organizando.

Fran:

Camino, cariño, cada uno llevamos algo, así no te das la paliza a cocinar.

Claudia:

Yo llevo el vino.

Montse:

A tomar por culo, eso lo iba a llevar yo.

Fran:

Yo llevo dos empanadas, así tenemos cuatro en la mesa.

Montse:

¿Te has comido un payaso, Fran?

Claudia:

No lo pillo.

Montse:

El niño, que nos está llamando empanadas, y yo no lo soy, pero tú parece que sí.

Valentín:

Jajaja, la cena promete.

Martina:

En el fondo os adoráis mucho.

Montse:

Sí, como la trucha al trucho.

Yo:

Paz y amor…

Claudia:

Y el Plus para el salón.

Montse:

Maaaaaadre mía, ese comentario es de dinosauria, Clau.

Claudia:

Escribiendo…

Montse:

A ver con que nos sale está mujer ahora…

Claudia:

Escribiendo…

[corte de mangas]

De la conversación entera solo me quedo con que Lorenzo confirmará más adelante. Dice que tiene algo entre manos. ¿Me estará preparando una sorpresa? Quizá un concierto, una cena con espectáculo…

Fran llama a la puerta.

Cuando abro, me encuentro a mi amigo con un montón de utensilios para estilizar el cabello, la bufanda kilométrica puesta, y me hace gracia cómo se le empañan las gafas al entrar al calorcito de mi casa.

―Vamos a hacer unas ondas al agua. Bueno, espera, ¿qué te vas a poner?

―He pensado en el vestido largo de punto gris clarito. Tiene un hilito plata que le da algo de glamour sin ostentar. ¿Qué te parece?

A Fran le encanta la idea, pero quiere hacerla suya también.

―Es justo lo que te iba a proponer yo.

―¡Me alegro! De acuerdo a la primera.

Una vez hecho el pelo y el vestido puesto, solo falta el maquillaje.

―Camino, los labios rojos, para romper con los tonos fríos del vestido y tu melena.

―Querido, mira lo que tengo. ―Y saco del cajoncito del tocador un rojo de Dior que hace que sus ojos tomen forma de corazón.

―Pero ¿y eso? Aunque fueses desnuda, con ese labial solo van a mirar tu boca.

―Las arruguitas de la comisura lo van a desmerecer un poco, pero qué le vamos a hacer…

―No, mi amor, el labial va a hacer que las arruguitas de la comisura no tengan la menor importancia.

―Ya recuerdo por qué te quiero tanto.

Una vez terminada su labor de estilista particular a domicilio nos despedimos en la puerta de casa y, cuando ya estoy sola, doy los últimos retoques a mi look como preparatorio de la que, espero, sea una noche de todo menos decepcionante.

Cuando bajo las escaleritas que dan a la calle para irme, me encanta cómo suenan los cristalitos de los pendientes largos al chocar entre sí.

El tacto del abrigo de pelito, el perfume que el gato de China me ha dado permiso para utilizar y el sonido de los tacones me hacen afianzar la confianza que tengo en mí y que, a veces, se duerme sin yo querer.

* * *

La clase está muy bonita, la esbelta la ha decorado con un montón de espumillones y luces.

Hay una mesa larga con mantel oscuro sobre el que reinan los canapés y los combinados de embutidos con frutos secos y uvas.

En la parte final se alinean las copitas; muchas de ellas serán tatuadas durante la noche de carmín en los bordes.

La música de ambiente es sensacional, al menos conmigo han acertado, pues han puesto villancicos de Sinatra.

Me gustan los villancicos con clase, casi detesto los de pandereta y zambomba.

Los compañeros empiezan a aparecer, y yo, como he llegado de las primeras, los observo y hago crítica personal del desfile de lentejuelas y plumitas que se han agenciado las féminas, contrastando con el oscuro que predomina en los trajes de los señores.

Por un momento me distraigo escrutando el calzado de Benjamín (un compañero regordete y simpático que siempre se lía con la izquierda y la derecha) porque me parecen de lo más anticuados, pero cuando lo miro a la cara y lo veo tan contento, pienso: «¡Qué más le dará a Benjamín si los zapatos combinan o no!

Está claro que no necesita perder un segundo en pensar en eso, y es la mar de feliz…

», y mi pensamiento, que empezó en modo de desaprobación, termina en modo aplauso. ¡Bien por él!

Vais a decir que alucino en lo relativo a Lorenzo, pero noto que él ha llegado a la clase porque huelo su perfume.

Diréis que puede haber más personas que utilicen el mismo, pero os equivocáis: una fragancia no resulta igual si me lo pongo yo que si la usa mi vecina.

Con un toque en el hombro, Lorenzo me saca de los pensamientos.

―Vaya, vaya, estás sublime como siempre.

Dos besos.

―Eso es demasiado, Lorenzo, digamos que me he arreglado un poco.

―No me había fijado. Para mí, lo estás recién levantada también.

―¿Y tú cómo lo sabes? De momento no has dormido conmigo una noche entera… siempre me despierto y ya no estás.

―No he dormido muchas en la vida real; algún día ocurrió, China, pero en mis fantasías es muy a menudo.

―Eso fue en tiempos pasados, cuando mis parpados no cubrían la mitad de las pestañas y mi pelo era oscuro como el cacao puro.

―Desde que vi tu melena blanca ha sucedido varias veces en mi imaginación, y no te recuerdo menos bella que ahora mismo.

Llega un momento que no sé cómo seguirle los cumplidos. Intento cambiar de tema, aunque cada una de sus palabras me infla como un pez globo.

―¿Qué te apetece tomar? Yo ya llevo media copa de vino.

―Yo me reservo para después, prefiero comer algo primero.

La velada va pasando sin nada gracioso ni importante que reseñar.

El plato fuerte viene ahora, cuando la esbelta nos insta a elegir pareja para una pieza romántica.

Ahí sí se ve cada cuadro… Los compañeros ya han bebido alguna copita y hay quien tiene unos rosetones en la cara bien delatores.

Una pisa a la otra, aquel que se hace un lío con los pasos…

Lorenzo y yo hacemos una actuación muy pulida, y no es porque yo lo diga, es que así es.

Nos apartamos un poco de lo que es la bola de gente y disfrutamos de un ratito íntimo, en silencio, solo miradas…

los pies van solos. Va a ser verdad que el baile se siente.

Yo estoy muy a gusto y Lorenzo también parece estarlo.

Ese momento me lleva a sentir de nuevo que he de disfrutar de lo que estoy viviendo.

Y así lo hago. Es un instante que por un momento no se si es real o me he metido en un libro de estos que tanto daño nos hacen porque siempre terminan de la manera más ideal.

―Vámonos, China ―susurra entornando los ojos y mirando a los míos sin pestañear.

―¿Ya? ¿Tan mal bailo? Pensé que las clases estaban dando sus frutos.

Su voz me resulta más seria de lo habitual, e intento descargar el ambiente en tono de broma. Él sigue con su idea.

―Vámonos, es tarde. ¿Trajiste coche?

―No, vine dando un paseo. ―La verdad que lo hice a propósito para dar oportunidad a que Lorenzo me llevase a casa, aunque me arriesgaba a que no asistiera al baile. Ya lo he dicho en alguna ocasión, así se las gasta él; cuando le parece, deserta.

―Te llevo a casa. O voy contigo, lo que prefieras.

―¿Quieres que conduzca yo? Si yo he bebido alguna copita de vino… ―Sé muy bien a que se refiere con «voy contigo», pero no sé por qué siempre me da por hacer la gracia cuando algo me ruboriza, supongo que es un método de defensa que me sale solo.

―Conduzco yo, pero voy contigo. ―Esta vez me lo dice al oído, con un susurro tan sonoro que hace que se me erice la piel de la espalda. Es una sensación que, si bien no es nueva para mí, puede que llevase sin experimentarla desde mis primeras andaduras con este hombre en los noventa.

La noche termina en casa, con los dos bajo una manta y tres velas encendidas.

Mientras me hace cosquillitas por el antebrazo muy despacio, ambos miramos fijos el titilar de las llamitas, como hipnotizados.

Tranquilos, juntos, estamos bien. En el ambiente hay más silencio de lo habitual, y decido no decir nada; simplemente cerrar los ojos y disfrutar.