29. DUBITATIVOS
Camino
Lunes por la tarde.
Mi día ha sido encantador, he ido deambulando sin tocar con los pies en el suelo.
En el paseo matutino con Serrat se me ha ocurrido parar en el puesto de la gitana, una señora que vende unas flores que parecen de mazapán.
Me he decantado por un ramillete colorido de margaritas.
Al llegar, las he colocado en la mesa de la cocina encima de un mantel de vichy amarillito que me hizo mi madre.
La casa, al igual que yo, estaba retiesa, sonriente y más coqueta de lo habitual.
Ya en la tarde, me acerco al centro cultural antes de la hora; en esta ocasión no seré la última, quiero ir tomando contacto con los compañeros.
La primera en saludarme es Gema, la única con la que he mantenido una conversación en estas clases.
Con ella es muy fácil. Sin darme cuenta, estábamos hablando tranquilamente de flores y, según han ido llegando otras mujeres, ella misma se las arregla para meterlas en la conversación, hasta que en un segundo hemos formado un círculo mixto en el que cacareamos como gallinas.
Ya es la hora de entrar y falta Lorenzo.
La clase inicia con el calentamiento habitual.
Yo, a pesar de haber llegado la primera, intento quedarme rezagada en las filas de atrás para que Lorenzo me vea al entrar y así podamos estar juntos.
O cerca. Sería como cuando deshacíamos las cajas de provisiones en Nigeria…
siempre me rozaba la mano intencionadamente para disfrutar de cómo me solía ruborizar.
Nos mirábamos rápido y escondíamos sonrisas pícaras.
Nadie notaba las mariposas de nuestros estómagos. Solo nosotros.
Durante la sesión me cuesta concentrarme porque me paso la hora pendiente de la puerta.
Lorenzo no llega. La clase termina y Gema me agarra del hombro, explicándome lo rápido que se tiene que ir para preparar la cena a su marido, y yo no hago nada más que pensar en que Lorenzo no ha venido. ¿Habrá pasado algo?
Reviso el teléfono con la certeza de que tendré algún mensaje explicando su ausencia, y para mi sorpresa no hay nada.
Me molesta, voy a decir la verdad. Ayer intimamos hasta tal punto que no digo que haya que actuar como si estuviésemos casados, pero me irrita sospechar que estoy en un momento en el que necesito saber del otro más que el otro de mí.
Ya en el coche, noto vibrar el teléfono y decido no cogerlo hasta no haber aparcado. Por un lado, así dura más la ilusión, y por otro, no quiero tener un golpe por imprudente.
Ya con el coche parado, pero sin haberme quitado el cinturón, reviso el móvil, y lo que leo me alegra y decepciona a partes iguales.
Por una, el número no es el de Lorenzo (esa es la parte que me decepciona).
Por otra, es de mi sobrina Martina (esta es la que me alegra, de verdad, y mucho).
Martina:
Tía, ¿cómo estás? Ya que no preguntas, quería invitarte a un cafetito, si no te viene mal. Tenemos que charlar. Si te parece, mañana en la clínica a primera hora, he reservado un hueco para el retoque, hace más de cuatro meses que te hice la trampa secreta.
Yo:
Claro que sí, mi niña. Mañana nos vemos.
Preciosa, no te ha pasado nada malo, ¿verdad?
Martina:
Al contrario, tía, estoy más contenta que nunca.
El día se acaba y no tengo noticias de Lorenzo.
Me sujeto a mí misma cuando me invaden las ganas de coger el teléfono para llamarlo.
También pienso… ¿y si le ha ocurrido algo?
Me paso la vida luchando contra los estereotipos de género, pero la realidad es que me gustaría que fuese él quien me buscase (lo digo aquí porque sé que no se va a enterar nadie).
Me disgusta tener tantos debates conmigo misma. Eso antes no me pasaba. Y no me gusta, la verdad, pero si quiero aventura también he de vivir lo que viene con ella. No todo es rosa, eso ya lo sabemos. Bueno, sí, solo en algunos libros y en algunas canciones.
Venga, que le escribo.
Yo:
Buenas tardes, Lorenzo. No has ido hoy a las clases de baile. ¿Ha ocurrido algo?
Lorenzo:
Escribiendo…
Tarda mucho en contestar. Bueno, en realidad son unos segundos, pero me ha dado tiempo a morderme dos o tres padrastritos. Cosa que no hay que hacer.
Lorenzo:
Hola, Chinara, sí, hoy me lo salté. Decidí salir a dar un paseo largo, y después seguí con una serie que estoy viendo que, la verdad, está rebuena.
Yo:
Ya… bueno, genial.
Aunque de genial no hay nada.
Cinco minutos.
Diez minutos.
Once…
Nada, ¡que no contesta!
Cuando me voy a la cama me doy cuenta de que estoy enfadada, y eso me cabrea.
Me explico: creo que es pronto para definir nada.
Y ciertamente lo es, pero también confío en mi instinto, y algo me dice que no hay que ir a estudiar a Salamanca para saber que, si una persona estuviese interesadísima en otra, buscaría la oportunidad de verla, ¿no?
No sé, lo de perderse la actividad por una serie…
¿No hay otros momentos para ello? Él sabía que si asistía a baile yo estaría allí, y ha preferido la televisión.
No es que se haya saltado las clases, es que me ha saltado a mí .
Ha sido escueto en sus respuestas, yo no he seguido la conversación y la conversación ha parado.
¿Significa que debo llevar yo el mando? ¿Significa que le estoy dando demasiadas vueltas innecesarias a las cosas?
¿O es que el desinterés ha llegado a Lorenzo después de la intimidad?
Eso es lo que me molesta, que no tengo claro nada.
Vamos a dejarlo ahí, y ya mañana será otro día. El tiempo responderá para bien o para mal… ya que Lorenzo no lo hace.
Por cierto, que no se me olvide que tengo que ir a ver a Martina. Sé por dónde van a ir los tiros de nuestra conversación… querrá hablar de Valentín.
* * *
Me acerco a la clínica de Martina y, cuando me abre la puerta, se hace la luz: ahí está ella con su semblante joven y su preciosa sonrisa.
Si esto fuese una película, sonaría alguna canción celestial y saldrían mariposas de detrás de ella mientras sacude la cabeza muuuy lentamente de un lado a otro ondeando la melena. Vale, ya paro.
―Hola, tía, qué guapa estás, como siempre.
―Hola, amor, tú sí que sí. Ojalá tuviese tu cutis…
―No, ojalá tuviese yo tu talla y tu pelo cuando tenga sesenta y cinco.
―Venga, pelota… si estás fantástica.
―¿Tomamos un cafetito? He reservado el tiempo de dos sesiones, solo para charlar con mi tía favorita.
―Dale, suéltalo… ―Le guiño a mi sobri un ojo con cara sonriente y le doy una palmadita cariñosa en su esculpido trasero para imprimir un ambiente de plena confianza.
―Creo que ya sabes que yo…, bueno, que Valentín y yo…
―Cariño, lo sé. Y lo sé desde el día de la fiesta.
―Vaya, no se te escapa ni una…
―A mi edad, lo que se me escapa es porque yo quiero. ―Esa frase me suena rotunda y con peso en la cabeza. Sé que volveré a darle vueltas más adelante, pero ahora es Martina la prota de la conversación; he de dedicarle atención y no me gustaría pensar en mis cosas mientras me habla.
―Pues estoy muy contenta, tía. Es tan dulce y bueno…
El día de la fiesta me llevó a casa, y al día siguiente me contactó.
Nos hemos visto casi todos los días desde entonces.
No para de escribirme y de buscar cualquier excusa para estar conmigo.
―No compares, por favor, Camino, no compares…
Va, demasiado tarde. Ya he comparado. Mierda.
―Sí, los argentinos son maravillosos. Ya te lo había dicho en alguna ocasión.
―Tú lo sabes de buena tinta. Valentín me ha contado el bombazo de Lorenzo, o sea, que su tío es tu Lorenzo, y que os visteis en un burger o algo así, algo que orquestaron él y Fran.
―Sí, así fue. Nos vimos y fue raro después de tantos años, aunque bonito. Nos hemos visto un par de veces más, nos estamos volviendo a conocer.
―Te he hecho venir porque hoy Valentín me va a presentar a su tío y a unos amigos que van a pasar unos días en Barcelona.
He pensado que, a lo mejor, sería buena idea que vinieses a la cena.
Así yo estaría más tranquila… Siempre me pongo nerviosa en estas situaciones, y puesto que la familia ya está revuelta…
―Me encantaría, Marti, aunque no creo que sea posible.
―¿Tienes otros planes?
―No, la verdad es que no. La cosa es que no he recibido invitación formal.
―Va, tía, ¿qué invitación necesitas? A Valentín lo conoces, llegasteis a ser colegas, y a Lorenzo… tanto más. ―Perdona, yo no tengo la misma sensación.
―Sí, pero, al entrar en escena Lorenzo, me gustaría que fuese él quien mostrase interés por que yo estuviese, ¿no te parece?
―Eso sería si fueseis novios… de momento… os acabáis de reencontrar. Vamos, tía, nos toca pasar.
―¿Me da tiempo a salir a fumarme un cigarro?
―No deberías, pero, venga, cinco minutos mientras lo preparo.
Salgo con el teléfono en la mano. Creo que Martina puede tener razón; o no, no lo sé.
Vaya, qué incómodo es esto de no saber cómo actuar.
Hasta ahora he sido muy segura de mí misma, y eso me encanta, pero a su vez, con el tema Lorenzo en concreto, no lo soy para nada.
Titubeo, sobrepienso… y no me gusta. Siempre que le doy varias vueltas a algo termino haciendo lo que menos conviene, veréis:
Yo:
Buenos días, Lorenzo. ¿Cómo estás?
¿Tienes planes para esta noche?
Lorenzo:
Buenos días, China, estoy bien, aunque seguro no más que tú.
Me pongo roja, y el nivel de duda o enfado va decreciendo con el antídoto de sus halagos.
Lorenzo:
Da la casualidad de que sí, tengo un compromiso esta noche. Viene Martina a cenar a casa, Valentín quiere que la conozca. Aunque me atrevería a dar mi opinión desde ahora mismo: española y sobrina tuya… no puede haber falla alguna.
Yo:
Estupendo, es una chica muy buena, y no es porque sea mi sobrina.
Le estoy poniendo en bandeja que me invite a esa cena.
Enseguida da resultado.
Lorenzo:
¿Te apetece unirte? Estará bien, conocerás también a unos amigos de Caracas que vinieron a pasar unos días acá.
Yo:
Bueno, me parece un buen plan. Hablo con Martina y vamos juntas.
Lorenzo:
Creo que si vienes es mejor que no entres mucho en conversaciones de política, son gente que creo que no van a encajar mucho con tus ideales, y no es momento para choques de opinión.
Otra cosa, no fumes, China, Carmela se echará las manos a la cabeza. No queda bien, y menos a nuestra edad… ya sabes.
Yo:
Nos vemos allí entonces.
¿Perdona? ¿Alguien me explica lo que acaba de pasar?
Volvemos a los dubitativos.
Releo nerviosa la frase en la que me invita a la cena y le doy menos importancia de la que realmente tiene a las condiciones, ¿me las acaba de poner? ¿Son directrices para que no la fastidie delante de sus amigos disfrazados de consejos para mi bienestar?
Vuelvo a entrar en la clínica.
―Cariño, empezamos cuando quieras.
Cuando Martina termina de pincharme un vial de juventud, le cuento que Lorenzo me ha invitado a la cena y le pido que me diga la ubicación exacta. En realidad, sé que está cerca de casa.
―¿En serio? ¿Tengo una cita doble con mi tía favorita? ―Martina reacciona dando saltitos y palmadas. Realmente le emociona la idea.
―Lo de tía favorita ha quedado genial, aunque soy tu única tía.
―No. Gonzalo, el hermano de papá, también es mi tío.
―Pero es un tío. Los tíos no son lo mismo.
―Tú ganas. ―Me sonríe y me abraza para despedirme.
Qué abrazo tan sincero. Me siento especial con Martina porque ella es todo corazón.
Sé que me quiere y da la casualidad de que con ella nunca hay dubitativos.
Igual que Serrat, son incondicionales. Quizá es así como había imaginado el amor en pareja y por eso espero más.
No lo sé. Me gustaría pensar que esto es solo el principio y que la cosa va a ir tomando forma.
Cuando llega la hora de prepararme para la cena, la dopamina me invade y pongo toda la atención en mí y en ir bien vistosa.
De primeras elijo un vaquero blanco con jersey color caramelo, a juego con mis botas de ante.
No, quizá demasiado informal. Como segunda opción pienso en mi combinación de confianza: vaqueros con camiseta básica y americana de tweed .
Suelo ponérmelo con deportivas y siempre me da pena quitármelo, porque me encanta.
Lo desestimo también por si es quizá casual de más y termino eligiendo lo mismo, con la diferencia de meterle chaqueta de traje negro y botines más elegantes.
Pendientes de perla… ¿cuánto hace que no me los pongo?
Me da la sensación de que me echan años encima, aunque los veo como un clásico que no falla.
Me está resultando difícil vestirme, cuando siempre ha sido mi ritual favorito. Todo sea por la ocasión.
Decido ir caminando para respirar aire fresco porque «Valentín el caballeroso» va a ir a recoger a Martina en coche.
Nada más salir de casa, con el perfume recién puesto, me enciendo un cigarro.
No hay cosa que me guste más que sentirlo al fumar.
Son gustos tontos, pero muy míos. Llevo un perfumador en el bolsillo, para ponérmelo antes de entrar.
No vaya a ser que el olor a tabaco empañe la opinión que puedan tener sobre mí los invitados de Lorenzo esta noche (es un poco recochineo, aunque lo pienso en serio.
Se puede pensar con tonos distintos, incluso gritando.
¿No os pasa? Mi hermana solía decirme que oye su voz cuando lee; aunque yo no lo he experimentado, me imagino a lo que se refiere).
Estoy como a diez pasos de la casa de Valentín y siento nervios en la garganta. Quiero dar la talla.