30. ODIO A LA REDONDA
Camino
La verdad que la cena no está yendo mal. Lorenzo monopoliza casi todas las conversaciones. Él y el marido de Carmela (los amigos de Caracas) se pasan el rato hablando de temas aburridos como economía, inversiones y, sí, en varias ocasiones, política.
Tenía razón en que yo no coincidiría para nada con esta pareja de conservadores. Puedo decir sin confundirme que rozan la ranciedad. A Lorenzo se le ve muy cómodo en ese ambiente y, la verdad, a mí me da bastante pereza.
―Hablas poco, Camino… ―me suelta Carmela, imagino que para abrir tema de conversación, ya que estamos pegadas. Yo habría deseado que me hablase de arte, de libros, de moda…
―Bueno, me gusta escuchar. ―Y un pimiento. Estoy más cohibida y desubicada que un fraile en una verbena.
―¿De qué os conocéis? ―pregunta la redonda señora mirando a Lorenzo. Como a toda casposa de sociedad, le chifla el cotilleo. Intento contestar de manera correcta, pero sin detalles. No le voy a dar el gustazo. No me entusiasma esta mujer.
―Fuimos compañeros hace años. De trabajo, me refiero. ―Tampoco voy a darle muchas zanahorias a esta burra.
―Ya… ―contesta sin poner demasiada atención a mi respuesta, y se dispone a hacer gala de lo importantes y cercanos que son ella y su marido en la vida de nuestro «amigo en común»―.
Mi marido y Lorenzo se hicieron íntimos al retomar su relación con Fernanda.
Ella era mi mejor amiga. La razón por la cual Lorenzo estuvo en Nigeria no fue por casualidad.
Fernanda y él tuvieron algunas diferencias y no conseguían afianzar lo suyo, y eso que fueron novios ya en la universidad.
Lorenzo decidió aceptar la oportunidad de marcharse por un tiempo lejos de Fernanda y del país entero.
―Vale, cuando me conoció a mí, ellos pasaban por un mal momento―.
Ella era mi amiga, sí, pero la verdad es que no fue muy respetuosa con él, ya me entiendes.
Cosas de la edad, imagino. Nunca asumió su partida.
Lorenzo llevaba casi tres meses fuera y ella le mandó una carta en la que le explicaba que estaba embarazada y le pedía una última oportunidad para retomar la relación que tantas veces habían iniciado y no había llegado a funcionar del todo.
―¿Perdón? ¿Lorenzo tuvo hijos? Él me había dicho que no.
Puede ser que por eso se marchara sin dejar nada en claro de nosotros.
Quizá ese fue el motivo por el cual no hizo fuerza para venirse conmigo, o por eso no me pidió irme con él.
Tenía una vida allí, una responsabilidad con la que cumplir…
No quiero interrumpir a la hurraca porque presiento que se vienen más bombas.
―Pobrecita, era todo mentira. Cuando una está desesperada, hace lo que sea por retener al hombre que quiere.
A la vuelta de Lorenzo, fingimos un aborto, y digo «fingimos» porque yo andaba metida en el ajo.
Nos fuimos a un hotelito durante tres días, en los cuales se suponía que estábamos en la clínica donde ella debía recuperarse.
Ellos siguieron juntos, aunque no muy revueltos, claro, porque Lorenzo andaba siempre trabajando e ideando maneras de estar fuera.
Dios tendrá sus motivos, pero se la llevó demasiado pronto.
Su enfermedad no le dio tregua. Los cuatro fuimos inseparables.
Mi marido y Lorenzo abrieron un restaurante, después otro, y luego otro más.
Ahora tienen doce. Funcionan tan bien que casi ruedan solos.
Imagino que Lorenzo te lo habrá contado.
―No, la verdad es que no. Pensaba que había venido para descansar después de jubilarse.
―No le refieras nada de lo que te cuento, pero de jubilarse ni hablar. A estos dos les gustan demasiado los negocios, y no seré yo quien se lo impida. ―Guiño, guiño; a ella le importan más los rendimientos de las empresas y la posición que eso les da que la compañía de su marido.
Es que esta señora responde totalmente al patrón: le da igual que su marido esté más o menos tiempo con ella, siempre que el dinero crezca en las cuentas.
Tendrá sus mundos internos, aunque el aparentar es su primer mandamiento, o esa sensación me está dando a mí.
Me ha desvelado datos que no sabía entre susurros cotillas.
Y como yo escuchaba atenta, y ella estaba recibiendo atención, apuesto a que, si hubiera cuadrado, me revela hasta el secreto más íntimo de su amiga.
¿Cómo puede contar esas intimidades? ¿Fernanda engañó a Lorenzo de esa manera?
Nunca se lo diría, porque sería hacerle daño con algo que ya no tiene solución.
―He observado que no comes pan, supongo que por eso estás tan delgada ―cambia de tema total. Ahora va conmigo.
―Bueno, es más cuestión de constitución, y aparte me cuido, claro.
―Sí, eso decís todas las flacas, pero estoy segura de que pasáis necesidad de algún capricho.
No sé qué contestar a eso. Qué entrometida es mi oronda interlocutora.
Martina me mira todo el tiempo, pillando exactamente lo que estoy pensando.
Es la primera vez que nos ve a Lorenzo y a mí juntos, y sé seguro que está haciendo un esquema mental para que no se le olvide todo lo que quiere decirme.
Esta cena va a requerir varios cafés. Uno con Martina, otro con Fran…
y creo que voy a tener que recurrir también a Alma.
Ya he funcionado sola unos días, necesito hacerle actualización.
―Como te iba diciendo, Fernanda y yo éramos inseparables.
Lorenzo la trataba muy bien y, aunque no pasaban mucho tiempo juntos, lo cierto es que no le faltaba de nada.
―Tonta no es, e intuye que entre nosotros puede que haya algo más que una simple amistad, y sus palabras atufan a intento de dejar claro que yo no soy ella. Tampoco lo pretendo.
―¿Sus trabajos les ocupaban mucho tiempo?
―Al principio sí, todos los negocios empiezan así, hasta que, si de buenas llega, funcionan solos.
Lo malo es que, al comenzar Lorenzo a ser menos esclavo de los restaurantes, Fernanda cayó enferma.
Era el momento de disfrutar cuando el Señor se la llevó y no pudo ser.
Que Dios la tenga en su gloria. Ahí es cuando Lorenzo empezó a darle a la bebida.
La situación lo absorbió de tal modo que a veces ni él mismo se reconocía.
No me interesa nada esta persona, y, en contrapartida, me sirve para recabar datos de Lorenzo que debo destilar después. Me jode conocer a Lorenzo a través de su gruesa bocaza.
―Camino es la mujer más profesional que he conocido ―escucho a Lorenzo hablar de mí a su amigo, a la vez que me mira y levanta la copa para ¿saludar?, ¿brindar?
―Bueno, no será para tanto. ―Me ruborizo y hago gala de mi modestia.
―Sí, claro que sí. Siempre cumpliste con todo lo que se esperaba de ti, y con más.
He trabajado con pocas personas así. Ahora está jubilada ―sigue hablando y mirando a su amigo―, tiene un buen chalet en propiedad y un piso alquilado.
Está bien colocada. ―¿Es importante si estoy bien colocada?
¿Eres Lorenzo o te ha poseído el espíritu de Gilito?
―Espera a que vengan tus hijos y empiecen a repartir propiedades… Los nuestros lo hacen con nosotros delante. Los hijos son buitres ―comenta resignada Carmela mientras deja la cucharilla del helado en el platito y se dispone a comerse lo que le ha quedado a su marido.
―No, Carmela, no tengo hijos.
―Bueno, si Dios no te bendijo con ellos sus razones tendría.
No puedo con ella, de verdad. ¿Cómo se atreve? En su mundo y su círculo de víboras, el que ella haya sido madre y yo no la posiciona por encima de mí. Ya va siendo hora de que le dé un poquito de su propia medicina.
―La verdad es que nunca lo sabré, porque nunca lo intenté.
―¿Tu marido estaba de acuerdo? ―La astucia de todo cotilla es una fantasía, con una pregunta quiere sacar varias respuestas.
Le habría encantado que relatase con lástima que no me casé porque nadie me quiso.
Ella me verá como una solterona, y yo le explico que soy una mujer independiente con mundo y elecciones propias.
A la vez que lo pienso para contestarle, intento interiorizarlo para creérmelo yo.
―Carmela, nunca me casé. Siempre he sido una mujer independiente, que se ha dado a su trabajo y a vivir. La verdad es que no ha estado nada mal.
Quería salir a fumarme un cigarro, quitarme la trenza y soltar los rizos. De haberlo hecho, las gafas de Carmela habrían craquelado.
―Tía, estamos hablando de viajes, y le estaba comentando a Valentín cuando te fuiste sola a Nueva York y cenaste al lado de Madonna. ―Gracias, Martina.
―¿Te fuiste sola a Nueva York? ―Carmela no da crédito.
―Sí, gané en un concurso un pase para un desfile en la fashion week, con todos los gastos pagados. Mis amigas se unieron al plan y pasamos una semana de locura. ―Ahora soy yo la que intenta darle envidia a ella. Qué lucha más tontorrona, la verdad. No he debido entrar en esta guerra.
―¿Tus amigas tampoco tienen maridos?
―Aunque los tengan, son más independientes y modernas…
―«… que tú», quería decir, pero finalmente lo omito.
A buen entendedor…―. Estas cosas en mi círculo no están mal.
Además, son independientes económicamente de ellos.
―Si la cosa va de soltar pullitas, yo no me callo―. Bueno, creo que es hora de marcharme.
―Espera, Camino, te acerco a casa. ―Lorenzo deja la conversación a medias para ofrecerse a llevarme. A Carmela los ojos se le abren sobremanera por la chicha que acaba de confirmar.
―Aprovecha, está soltero y es un buen partido. Más vale tarde que nunca. ―La última frase la entona como en negrita, y guiñándome un ojo me mete en el bolsillo una tarjeta de visita que no me voy a molestar en leer.
No respondo porque soy una mujer que sabe estar, pero se merecería una respuesta de las que suelta Fran; ese sí que es elocuente y da en el clavo siempre.
Me habría gustado estar más con Lorenzo, o que él hubiese interactuado más conmigo, en mis conversaciones.
He alcanzado a escuchar las suyas y, la verdad, no me atraían para nada.
Empiezo a pensar que me invitó para que tuviese entretenida a la hurraca.
Para que os hagáis una idea, ella de apariencia es como la mujer que le da el traje a Jack Dawson en el Titanic, con la personalidad de la madre de Rose.
Ya en la calle, Lorenzo me indica cuál es su coche: un Volvo XC90.
No entiendo mucho de coches, solo que lo pone en la parte de atrás.
Lo que sí sé ver es que es un coche opulento, y que debe valer una pasta.
Cuando iniciamos el camino hacia mi casa, llega un momento en que noto que me está mirando fijamente.
―¡Lorenzo, la carretera!
―Estás preciosa, Chinara.
―Vaya, parece que es la primera vez que me ves en toda la noche.
―¿Por qué lo dices?
―Porque no hemos cruzado más de diez palabras. Me ha tocado escuchar a tu amiga decir alguna que otra tontería. No sé ni cómo me he contenido.
Sigo con una lista de reproches de las cosas que me han incomodado en la cena, y en general, mientras él parece estar pensando en otra cosa. Como todo hombre, desconecta cuando quiere sin que se note, aunque yo sí lo noto. El coche para. Ya estamos en la puerta de mi casa.
Lorenzo me coge la cara y me planta un beso de película. Así, sin más. Es su manera de cerrar el cajón de mierda. Se queda mirándome fijamente desde muy cerca y, cuando voy a arrancar a hablar, me vuelve a dar otro beso, esta vez más apasionado.
―¿Me invitas a pasar? Quiero estar contigo.
En mi mente se suceden un montón de cuestiones que me habría gustado hablar o dejar claras antes de decirle que sí.
Aparecen de nuevo los dubitativos de si debería hacerme de rogar un poco más o, por ejemplo, saber si en realidad congenia con el tipo de gente que había en la mesa.
En caso afirmativo, significaría que no tenemos nada que ver.
Después de un intenso aunque corto silencio, contesto lo que me indica mi cuerpo sin tener en cuenta las advertencias del cerebro.
Algo me dice que haga provisiones de recuerdos nuevos, como si estuviese cantado que los voy a volver a necesitar.
―Claro. Pasa.
No sé cómo lo hace, y es que ese olor tan suyo creo que me hechiza y todo lo que vengo masticando en la cabeza se esfuma para dar paso a otra noche maravillosa.
Consigue que me olvide del mal rollito de la cena y de los motivos que tuvo Lorenzo en silencio para marcharse de Nigeria, eliminando por completo la posibilidad de continuar lo que allí vivimos.
Es una noche de las que sé que no voy a olvidar. Una noche que me gustaría dejar de sentir como una suerte o premio y más como parte de mi vida real y diaria. Siempre que estoy con él, siento que debo aprovechar por si… por si nada. Cosas mía.