27. LA VELADA
Camino
El tocadiscos de mi padre todavía está como el primer día.
Me gusta imaginar cómo mi madre y él charlaban al son de canciones románticas.
Siempre quise que fuese para mí, y lo utilizo en algunas ocasiones, pero hoy puede que sea una de las más especiales.
Espero que no sea la última. Pongo el disco de boleros de Luis Miguel, que me parece de lo más apropiado, ya que lo he escuchado miles de veces pensando en él.
Será como cuando vas a ver el estreno de la adaptación literaria de tu libro favorito.
¿Qué implica eso? Que es posible que muchas cosas cambien, que difieran un poco de como las recordabas o como te las habías imaginado.
Cuento con ello; aun así, me muero por descubrirlo.
Suena el timbre a las nueve y cuatro minutos, y espero unos segundos antes de levantarme a abrir.
Me acerco con sigilo a la puerta para cotillear por la mirilla.
Trae una botella en la mano. Cojo el perfume de detrás del gato de china, me lo rocío en los sitios estratégicos que todas sabemos y también esparzo un poco por el aire.
Lo vuelvo a esconder y le guiño un ojo a la figura inerte, a modo de complicidad, como si el animal me estuviese guardando un secreto de manera cómplice.
Cuántas tonterías hace una en este tipo de situaciones.
―Buenas noches, China, bonita casa. ―Y me planta dos besos que se supone que son cordiales, pero más lentos de lo habitual y muy en la comisura. Él también huele muy bien, consigue sonrojarme.
―Lorenzo, bienvenido a mi humilde morada. Imagino que no te ha costado encontrar mi casa.
―A decir verdad, solo nos separaban dos manzanas… aunque a mí me parecían continentes enteros.
Qué adulador… e intenso.
La charla comienza tranquila, sin nada importante que deba reseñar.
La verdad es que mi apariencia es sosegada, pero en mi interior estoy pareciéndome a Fran.
Noto que el corazón me va rápido y me evado de la conversación, sufriendo porque cada segundo que pasa es un segundo menos que va a durar esta noche.
Sigo pensando en la locura de tener en casa a Lorenzo tan solo unos días después de saberlo muy muy lejos de mí, tanto geográfica como sentimentalmente.
―¿Abres o no la botella de vino?
―Perdona, Lorenzo, me había despistado. Claro que sí, voy a la cocina a por dos copitas.
―Ya te dije que no suelo beber, pero te acompañaré esta vez por cortesía.
Me encuentro en la cocina abriendo la botella cuando noto sus manos en mi cintura.
No sé cómo explicarlo: por un lado, me produce una sensación vertiginosa, y por otro me parece un atrevimiento. Me giro con la botella abierta, y con la excusa de ir a llenar las copas me zafo de él con elegancia.
Como no podía ser de otra manera, al llenar la primera copa derramo un poco de vino en el cristal de la mesa de fumador.
Ya sí que no puedo ocultar los nervios. Apresuradamente cojo una servilleta y comienzo a limpiar el desastre, excusándome con torpeza.
Me lanzo a hablar deprisa y él me frena, posando la mano sobre la mía para que me relaje, aunque el efecto que consigue es justamente el contrario.
―Hablas mucho, como siempre.
―Perdona, es que yo…
―Chinara ―dice calmado―, ¿puedo besarte?
Esa frase me suena. Así ocurrió exactamente nuestro primer beso.
Me encanta que haya emulado ese momento por dos cosas: una, por lo que significó para mí, y dos, porque a él tampoco se le ha olvidado.
Noto el corazón en los oídos, me bombean como si estuviese encima de un altavoz de feria, y de manera espontánea (supongo que ganó el lado derecho de cerebro) le contesto con la mirada clavada en la suya:
―Prueba.
No tarda ni un segundo en hacerlo. Es un beso tan cortito que cuando se separa no sé bien si ha sido real o lo he imaginado. No sé si a él le pasa lo mismo, porque vuelve a repetir y esta vez de manera más prolongada.
Ahora parecemos mudos, niños después de una trastada. Supongo que ninguno de los dos sabemos cómo romper el hielo tras este momento, así que él busca mi mirada y yo lo esquivo con la excusa de recogerme un mechón de pelo detrás de la oreja o de acomodarme los cojines del sofá en la espalda.
* * *
Diez de la mañana del lunes.
Os cuento cómo avanzó la noche.
Cuando me he despertado éramos dos en casa: Serrat y yo.
La velada fue mágica. Charlamos durante largo rato y las frases a subrayar se sucedían con frecuencia.
Hubo ejemplos como: «Contigo todo es distinto», «Tu olor me pone nervioso», «Nunca estuve tan a gusto».
Repasamos muchos momentos de los vividos en África, y él se regodeaba de que yo recordara todo con pelos y señales, llegó a comentar que me sé nuestra historia de memoria.
Y es verdad. Pero… ¿él no? Me di cuenta de que le encanta gustar, le apasiona que haya alguien bebiendo los mares por él.
También he de decir que desfilaron a lo largo de la noche un sin número de rituales de cortejo por su parte.
Sabe muy bien cómo tratar a una mujer, se las tiene todas aprendidas.
Hubo abrazos, confidencias y un íntimo final en el que la ropa sobraba y el aire nos faltaba.
La verdad es que, después, debimos caer rendidos, pues no quedamos en nada concreto.
No sé cuándo nos veremos la próxima vez…
bueno, sí, hoy es lunes y hay clase de baile.
Lo veré allí. Me complace tener asegurada la siguiente cita porque de repente no soporto la incertidumbre.
Ya he caído en la droga de su presencia y me va a costar la espera.
No me ha decepcionado en absoluto. Es verdad que me queda mucho por saber de él, aunque me gusta lo que he encontrado en la intimidad.
Es un hombre elegante en las charlas, pero algo más gamberro cuando llega el momento de quitarse la ropa.
Tiende a dedicarme miraditas sostenidas…
Si esto ocurre, siempre soy yo la que corta al instante porque me ruborizo enseguida, pero lo tallo en una piedra para no perderlo jamás.
Eso es justo lo que siento: creo que intento saborear cada detalle con la presión de que no se me olvide.
Es como si intuyera que de nuevo van a venir momentos en los que necesite material para recordar y revivir, aunque eso…
significaría que él no estaría. Supongo que es instinto de supervivencia como el de los osos, que se aprovisionan de comida durante el verano para soportar el certero invierno que vendrá (si pensabais que me había olvidado de los ejemplos comparativos es que aún, a estas alturas de la novela, no me conocéis un pimiento).
¿Que si hay un punto negativo? Si tengo que decir alguno, diría que Lorenzo es poco concreto. Me habría gustado que no se marchase sin cerrar la próxima cita; bueno, ha sido la primera vez de nuestra segunda etapa, vamos a dejarlo fluir, que no es cuestión de ir atropellando el tiempo.
También pienso que no debería haber puesto el disco de Luis Miguel.
Como las cosas vayan mal, me habrá robado a uno de mis artistas de toda la vida, porque ya, sí o sí, el sol de México estará ligado a él, quiera o no.
Ya lo estaba, pero era de manera positiva, cuando lo recordaba con buen sabor de boca.
Eso no tiene por qué pasar.
Pero he de ser consciente de que podría.