26. CUENTA, CUENTA…
Camino
Es la una de la tarde y mi teléfono aún está en modo silencio; aun así, oigo mientras me estoy duchando que comienza a vibrar encima del lavabo de mármol.
Ya solo me faltaba el aclarado de la mascarilla capilar (me la pongo específica para canas porque, aunque los demás piensen que lo de dejarse el pelo blanco es por comodidad, también conlleva cuidados concretos si no quieres parecer la loca de los gatos).
Salgo en cuanto puedo y con las manos aún húmedas reviso el teléfono y es Fran, que está en la puerta.
No lo he escuchado llamar porque estaba canturreando en la ducha.
Es lo que una hace cuando se siente bien, cuando tiene un día con planes establecidos y son de su interés.
Decido no contestar y bajar a abrirle en albornoz.
Para mi gusto, ha llegado algo pronto, pero es Fran, y debe estar derretido.
―Buenos días, reina, casi me voy. No te pregunto por qué has tardado en abrir…
es evidente. ―Me mira de arriba abajo y repara en que tengo las uñas de los pies a medio pintar.
La verdad es que me hice la semipermanente en verano y desde que no me pongo calzado con los deditos al aire no he vuelto a cuidar la pedicura.
Él no lo dice, y yo sé perfectamente que se ha dado cuenta.
Este es el tipo de detalles que no se le pasan a mi observador amigo.
―Buenos días, tormento. No sé si darte las gracias por la «cita a ciegas» o regañarte por entrometido. ―Le sonrío con amabilidad para que sepa sin dudarlo que le estoy agradecida.
―De nada, cariño. A veces los empujones vienen bien. ¿Vas a comer en albornoz o tienes intención de vestirte de persona?
―Sírvete una copita, que no tardo nada.
―Eso espero porque estoy a punto de ebullición.
―Ahora bajo, no tardo.
―¡Solo dime si bien o mal! ―le escucho decir abajo, asomándose a las escaleras.
―¡Que bajo enseguida, espera un poco!
* * *
Ya en la mesa observo que el número de gildas ha descendido notablemente y a la botella de vino le faltan dos copitas.
―¿Vas a contarme ya? ―se impacienta.
―Estuvimos muy a gusto, Fran. Aunque fue una velada corta, transcurrió muy bien. No te imaginas, mis coloretes subieron dos tonos cuando lo vi aparecer. Pensé que era casualidad, pero él os había cazado, sabía a lo que iba. Jugaba con ventaja.
―¿En serio? Pues sí que es espabilado el viejo. Quiero decir, en plan… no se le escapa nada.
―¿En plan? Me haces sentirme más mayor de lo que soy. No te unas a la moda destroza idiomas. En el rato que estuvimos en el PINK, alucinamos con los términos que utilizan los adolescentes hoy en día. Tienen un argot propio.
―Me-a-bu-rrooooooo ―me corta mi impaciente interlocutor imitando a Jim Carrey.
―Pues eso, que estuvimos charlando, bebiendo algo antes de cenar y al final… no cenamos.
―¿Qué me estas contando? ¿Tan rápido fue la cosa?
―Que no, jolín, es que estábamos enfrascados en conversaciones y nos apetecía pasear y charlar tranquilos fuera de ese burger lleno de hormonas parlantes.
Salimos de allí, y enseguida él me hizo una confesión y nos paramos en seco.
―Hago una pausa a propósito para que salte, y no tarda ni tres segundos.
―Camino, por Dios, es como cuando te ponen la cera caliente y no tiran… los segundos parecen eternos. ¿Quieres seguir? Bruja, lo haces a propósito.
―El caso es que me confesó que en su día esperó que yo lo hubiera buscado o le hubiese escrito.
Dice que metió en mi cuadernillo un papel con sus señas de Argentina.
Casualmente he estado hojeando estos días dicho diario, porque te hice caso y he anotado algunas de mis cosillas para matar el tiempo, y en él no había visto papel con dirección alguna.
―¿Se perdió? ¿Alguien con malas intenciones hizo de mano negra y truncó vuestro destino eliminando dicho papel?
―Buf, tú ves muchas telenovelas colombianas.
No fue así. Verás, resulta que los dos tenemos el mismo diario, y debió ser que él metió el papel en el suyo.
A mí se me ocurrió, y le comenté que fuese a casa a comprobar si el papelito en cuestión estaba en su diario, y efectivamente así es.
Por lo tanto, él ha esperado noticias mías por correspondencia, pero él guardaba la dirección en su propia estantería.
―Vaya… ―La cara de Fran es un poema, está entusiasmado con la historia―. Quizá el destino ha querido que así sea, quizá este es vuestro momento.
―La verdad que lo veo un poco tarde, pero quiero confiar en que lo que sucede conviene, como decimos otras veces.
Después de confirmarme por WhatsApp que él tenía el papel, quedamos en que charlaríamos mejor en persona y, bueno, para resumir, esta noche ceno con él.
Aquí en casa… ―Cierro los ojos y los mantengo apretados porque es como si les estuviese confesando a mis padres que con quince años voy a estar sola en casa con mi novio; es decir, que espero que me reprenda o me suelte cualquier ocurrencia de las suyas.
―¿En tu casa? ¿Hoy? ¿Los dos… solos?
―Ajá…
―Pues, qué quieres que te diga, pero no lo veo. ―Su tono se pone en modo metralleta, va a empezar a hablar rápido y quiero escucharlo, ya que no entiendo por qué no lo ve…
―¿Por?
―Punto número uno: los argentinos son muy melosos. Aún os queda mucho que hablar antes de pasar a la intimidad… Y punto número dos: con esas uñas de los pies, no hay lugar a que te descalces delante de un señor al que pretendes impresionar.
―No me atormentes, Fran. La verdad es que estoy un poco nerviosa, confío en que las cosas surjan como tengan que surgir. No quiero generar expectativas.
―Sube a por la plancha, que te hago unas ondas. Y haz el favor de ponerte un rojo en esas uñas.
La comida en sí ya transcurre de una manera más sosegada, y a las seis de la tarde Fran se marcha porque tiene un asunto con un tal Rodri, un chico de la universidad con el que hace muy buenas parias hablando de moda y locales a los que ir de tardeo.
* * *
Tras dejar la casa preparada y acicalada como una novia, me siento en el sofá y caigo rendida sin darme cuenta.
Cuando me despierto son las ocho y falta una hora para que Lorenzo llegue.
Siempre digo que me encanta mi hogar, está totalmente a mi gusto y, como vivo sola, nunca hay trastos por el medio o camas sin hacer.
Con todo, el hecho de saber que él va a estar aquí me sube un pelín la inseguridad y comienzo a cambiar cojines.
No, mejor los dejo como estaban. Dudo si encender una vela avainillada o pulverizar colonia infantil como hacía mi madre siempre que terminaba la limpieza.
Al final, he perdido un cuarto de hora para dejarlo tal como estaba en un inicio.
Ya solo tengo cuarenta y cinco minutos para arreglarme.
También he contado varias veces que suelo ir mona hasta para estar en casa.
Siempre me ha encantado aderezarme, sobre todo para mí, pero en esta ocasión me sorprendo frente al vestidor, intentando elegir un outfit con el que pueda agradarle a él.
Resuenan en mi cabeza las palabras que Fran me dijo el día de mi fiesta de jubilación, que les pusiese más riesgo a mis atuendos; sin embargo, si una no está segura de cómo se siente, es muy difícil imprimirlo en la manera de combinar prendas.
Por un instante se me enciende una luz de alerta que me pregunta si me estoy arreglando para él en vez de ser fiel a mi estilo infalible.
La respuesta es sí, y, aunque en otro momento no hubiese validado esa idea, hoy me parece genial, así que voy con todo.
Pantalón un poco más estrecho de lo habitual, jersey amplio para compensar figura, con un escote algo desbocado, dejando a la vista el hombro izquierdo y por consiguiente la tira bordada del bralette a juego.
Por unas milésimas de segundo casi me parece que voy casi chabacana para mi estilo, pero enseguida decido romper con esa idea añadiendo un elegante pañuelo corto al cuello y bajo al salón para esperar la llegada de mi cita.
He escondido mi perfume detrás del gato de china, para que un segundo antes de abrir la puerta pueda cogerlo y así recibir a mi invitado con las partículas de Coco Madmoiselle aún pululando a mi alrededor.
Quedan cinco minutos.
Me cuesta tragar.
Estoy tan ilusionada que me da miedo.