Chinara. El tren pasa tres veces 25. EN MI CASA
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25. EN MI CASA

Camino

Imagino que me quedé dormida esperando porque ya es de día. Nada más volver de las tierras de Morfeo trato de localizar mi teléfono y lo hallo entre las sábanas. Lo desbloqueo con cierto nerviosismo y la certeza de que voy a encontrar algo que me alegre de buena mañana.

Nada.

No ha contestado.

¿No ha contestado?

No lo entiendo.

Lo mismo él también se quedó dormido y aún no se ha despertado. Eso tiene toda la lógica del mundo.

Quizá está pensando qué proponerme y no ha dado con la idea aún, o igual está a punto de hacerlo y soy una impaciente.

Dejémoslo estar… ya escribirá.

La espera de ese mensaje me hace sentir viva, contenta y con muchas ganas de chisme con Fran o las chicas.

Me apetece arreglarme para el paseo de Serrat (de todas maneras, ya sabéis que a mi ir de mala guisa no me ha entusiasmado nunca) y me pongo música en la radio mientras voy completando las rutinas mañaneras.

No elijo cualquier cantante, escojo a Luis Miguel: ya que nos ponemos romanticonas y a fantasear, que sea a lo grande.

Es domingo, y aunque para mí todos los días podrían serlo ahora que soy jubilada, lo sigo sintiendo como un día para mí, para mis cosas.

No es día de ordenar, de planchar o de revisar el calendario para ver si no se me olvida el dentista o el médico de turno.

Domingo, un día estupendo para tomar café con mi torbellino de confianza.

Pobrecito, me va a poner velas negras. No le di ningún detalle ayer y debe estar esperando.

Es muy orgulloso (pero solo la cáscara, cuando le abres un poco es dulce, igual que una buena mandarina) y sé que no me va a llamar, para luego reprochármelo. Así se las gasta.

La mañana, a pesar de ser finales de otoño y cerca ya del invierno, me acaricia la cara recién bañada en protector de pantalla total contra las manchas. Los rayos de sol que me llegan se agradecen. Hace frío, el normal de noviembre en Barcelona, pero el paseo se me antoja agradable.

Mientras camino tranquila con mi compañero peludo de vida, decido llamar a Fran; voy a invitarlo a comer en casa. Aunque… ¿y si Lorenzo me propone lo mismo? Tendré que anular la comida con Fran… No, pobrecillo… Si Lorenzo lo sugiere, yo le digo que mejor cenar y así todos contentos.

―Hola.

―¿«Hola»? ¿Solo «hola», así?

―Hola, doña misterios.

―Vamos, Franchi, qué tal: «Buenos días, Camino, ¿qué tal tu mañana de domingo?».

―Buenos días, Camino. Mejor: ¿qué tal tu cita del sábado noche?

―No puedes remediarlo. ―Rompo en carcajada porque es genuino, como él no hay dos.

―Pues había pensado en proponerte una comidita en casa, en plan tranquilos. Pedimos chino, y si quieres te cuento un poco por encima. ¿Qué te parece?

―A ver, reina, para que me cuentes por encima no voy a salir de mi batamanta… Lo entiendes, ¿verdad?

―Tú vente sobre la una, que tengo unas gildas y un Alma deseando que lo abran.

―¡Mírala!, de vinos desde por la mañana… Bueno, haré un esfuerzo, acepto tu invitación.

Cuelga.

Me encanta. Es una persona vitamina para mí.

Lo digo en serio. Tiene mucha vitalidad, es optimista y su nariz hace cosas extrañas cuando quiere expresar enfado o simular ser duro, pues nada de eso va con él.

A veces pienso que es un blanco fácil para los que quieran dañarle, porque tiene un fondo muy noble. Realmente es un chico increíble.

Ya de vuelta a casa, Serrat se tumba con la tripa en el suelo y las piernas abiertas como los traseros de pollo en la carnicería. Siempre pienso: «¡Qué frío! Toda su tripita y sus partes íntimas bien pegadas al suelo». Pero los animales no tienen un pelo de tontos, él sabrá por qué lo hace.

Vuelvo a revisar el móvil y, ¡sorpresa!, el chat de Lorenzo en verde:

Lorenzo:

¡Buenos días, Chinara! ¿Cenamos esta noche?

Yo:

Buenos días, Lorenzo. Déjame que pregunte a las chicas porque creo que hoy teníamos programado un cine juntas, pero estas amigas mías son algo informales… y me da que el plan está cancelado.

Te digo enseguida.

Lorenzo:

¿No me estarás dando largas?

Me encanta ser yo la que está arriba en la conversación.

Él espera, yo decido. Es mentira lo de la cita con las chicas, pero no voy a mostrar de golpe la ilusión que me invade cuando veo su mensaje ni a dárselo todo hecho.

Quiero provocar un poco… aunque no demasiado, no vaya a ser que se moleste o que no le guste…

Qué fina es la línea entre divertirse y meter la pata.

Yo:

¡Claro que no! Solo quería asegurarme. ¿Qué propones?

Lorenzo:

Pues me apetece una velada tranquila, sin adolescentes diciendo palabras que a mí ya se me escapan. Solos nosotros, China.

De repente, irrumpe en mí un sentimiento algo macarra y me atrevo a proponer lo que en realidad deseo, siendo consciente del tinte sugerente de la propuesta y de lo que, quién sabe, lo mismo podría acarrear…

Yo:

¿Qué te parece si os espero en casa a las nueve?

Lorenzo:

¿Dijiste «os»?

Yo:

Claro. Princesa está invitada también, Serrat la echa de menos.

Serrat la echa de menos es la manera encriptada de decirle que yo lo echo de menos a él.

Lorenzo:

Allí estaremos.

Yo:

Os esperamos entonces.

‹ubicación de casa›

Es raro. Lo echo de menos, pero tengo la sensación de estar conociéndolo de nuevo. ¿Se puede añorar algo que no conoces del todo?