22. YO PENSABA… YO CREÍA…
Camino
―Yo quise, Chinara…
―¿Qué?
―Esperé alguna carta tuya. ¿Una visita sorpresa, quizás? Estaba convencido de que me buscarías… y nunca sucedió.
No puede ser que esté diciendo lo que me está pareciendo entender. La respiración se me acelera y, aunque mi boca no es capaz de pronunciar palabra, mis ojos son dos interrogantes que él sabe leer.
―China, dejé mi dirección en tu librillo, en la mitad; recuerdo que era un trozo de papel arrancado de una bolsa de fruta.
Cogiste el cuaderno del Obi con tanta ilusión que pareciera que lo fueras a estrenar en el mismo momento.
No quise condicionarte, y pensé que ya en tu destino, si era de tu interés, me escribirías, pero nunca pasó.
―Lorenzo, nunca vi tal cosa. ¿Cómo puedes decirme…
? No estrené ese cuaderno hasta que me jubilé.
Me ha dado por escribir una especie de diario en el que plasmo…
mis intimidades, digámoslo así. No recuerdo haber visto ningún papel.
De todos modos, también pudiste intentarlo tú o…
buscarme. Un momento, ¿llegaste a usar el tuyo?
―Nunca. Siempre lo he tenido cerca, pues eso y la foto de las niñas, la que tú también tienes, son lo único que sentía que me unía a ti en la distancia. Aunque no lo creas, la Chinara de la foto sabe todo de mí. Le he hablado casi cada día de mi vida.
―¿No lo has abierto nunca?
―Te digo que no. Jamás lo vi como un cuaderno para escribir. Para mí ha sido un símbolo íntimo que te representaba en la distancia. Nada de lo que pudiera haber plasmado en él habría estado a la altura.
―Lorenzo, de haber visto el papel con tu dirección, te habría escrito sin dudarlo.
Hubo un tiempo en que lo deseé con toda mi alma.
La verdad, yo esperaba que el destino nos volviese a juntar…
aunque no tan tarde. Soy de las que siempre piensan que lo que sucede conviene, a pesar de que últimamente estaba siendo menos fan de esa idea…
Siento que en mi vida faltan o faltaban cosas…
―Para mí, esto es una declaración de intenciones en toda regla, y justo ahora se me ocurre algo que rompe la conversación más interesante que he mantenido desde que volví de aquel viaje a Nigeria en el que los dos coincidimos―. Lorenzo, ¡los cuadernos!
―¿Qué tiene? ¿Qué onda con los cuadernos?
―Lorenzo, ten, este es mi número de teléfono. ―Le cojo la mano y se lo anoto en el dorso―. Vayamos cada uno a nuestra casa. Abriré el mío hoja por hoja, y tú haz lo mismo.
―Y eso… ¿para?
―Cuando termines de hojearlo me escribes, creo que vas a saber qué decirme. Lo espero. Chao. ―Y con un cariñoso beso en la mejilla, lo dejo medio plantado y me dirijo a mi coche.
No me parece mal dejar las cosas un poco colgadas…
eso crea ganas de más. Aparte, que necesito un cigarro, la manta y luego un helado para hacer el repaso a cámara lenta, con repetición y vista de halcón de todo lo que hemos hablado hoy en la cena, para ordenar el caos que hay en mi cabeza, y no me refiero a la maraña de rizos plata.
Al llegar a casa, antes del ritual que me he propuesto, tiro las llaves del coche en un platillo de Marruecos, que provocan un gong más molesto de lo normal, pues las he lanzado también con más energía de lo habitual.
Recorro el pasillo como si se tratase de apagar un fuego con el ansia de escrutar mi diario.
Cuando lo tengo en la mano, no me espero a estar en el sofá y me siento en el suelo como si luego no me fuese a costar levantarme.
Lo reviso hoja por hoja. De delante hacia atrás y viceversa. No encuentro papel alguno.
Por una parte, un hilo de desilusión me rompe el alma porque deseaba encontrar ese papel, ya que, aunque hubiese sido demasiado tarde, significaría que existió esa intención, que él también pensó en mí, que los dos habríamos querido lo mismo.
En cambio, queda la posibilidad de que se cumpla mi premisa, pero, para comprobarlo, solo debo esperar a que Lorenzo haya realizado la revisión en su cuaderno y me suene el teléfono.
Ahora sí, me dejo caer en el sofá aún vestida, con el abrigo puesto y el móvil abrazado en el pecho, esperando que Lorenzo me saque de dudas; o, mejor dicho, confirme mi sospecha.
Quince minutos pasan y el teléfono aún no ha sonado.
Media hora, y sigue sin sonar.
Ya a los cuarenta minutos decido revisarlo y veo un mensaje de un número desconocido de más de media hora atrás. Soy de lo que no hay, tengo el móvil en modo silencio y hace un buen rato que me ha llegado.
Qué despropósito, de verdad lo digo. Si estuviese Fran presenciando esta escena, sus ojos estarían en blanco y su mano derritiéndose estáticamente en su frente para no morir del soponcio ajeno.
Procedo a leer el mensaje que confirma mi sospecha.
Esto es increíble.
Entre los dos sumamos muchísimos conocimientos clínicos y algunos científicos, pero, en lo relativo a despiste, rompemos el cristal y el mercurio llega al techo.