21. VAYA…
Camino
A ver el drama ahora…
Esta noche he quedado con Fran y no quiero ni pensar en su rapapolvo cuando le cuente lo sucedido. En su caso no va a ser por no haberle anotado mi teléfono a Lorenzo o no haber cerrado alguna cita, sino por irme en pijama a la calle.
No tengo muchas ganas de ponerme de punta en blanco para una cita en una hamburguesería, la verdad sea dicha, pero cuando empiezo a vestirme la pereza va desapareciendo para dar paso a la creatividad.
Ya recién duchada y en mi vestidor, con la toalla en el pelo y el albornoz casi desabrochado, relamo lo último que me queda en la cuchara de mi yogur de stracciatela , que es mi favorito.
Si mi padre me viese así, con los pies encima del taburete y medio despatarrada, me reñiría porque así no se sientan las señoritas.
Qué bueno era, y cuántos modales consiguió imprimir en mí.
He tenido la tentación de bajar las piernas, pero lo analizo y me doy cuenta de que los síntomas apuntan a que estoy la mar de a gusto sola en mi casa, gozando de un momento acogedor y tranquilo, por lo que el diagnóstico es: soy rebelde en mi intimidad y lo disfruto.
Decido que un vaquero wide leg con un jersey de punto fino en verde hoja va a ser mi outfit esta noche.
Cuando lo pongo en la cama lo veo bien, pero hay que meterle algo de punch .
Eso lo suelo arreglar con los complementos.
Un pañuelo corto en tono amarillo y unos pendientes de plato en plata, a juego con el anillo de ámbar que no me quito casi nunca.
Fran dice que me está grande porque se me ladea de vez en cuando, y yo le digo que no, que soy de dedo delgado y, si hace frío, más aún.
Con el pelo dudo, y al final me lo dejo suelto, natural, ya que tengo la suerte de que el rizo no me ha cambiado mucho (dicen que con la edad se va cayendo, aunque el mío sigue como siempre…
con la diferencia de que ahora es blanco).
* * *
Nada más aparecer por el local donde he quedado con el torbellino le digo al chico de la entrada que tengo reserva en la mesa 6 y, a la vez que me mira extrañado, enseguida recuerda algo y me dirige a la única que está libre…
y vacía. Este Fran, siempre es el mismo: llego siete minutos tarde, pero él tampoco está.
Cuando ya me he sentado, para no estar esperando de manos cruzadas, cojo el teléfono del bolso en busca de algún mensaje en el que me cuente alguna historia y se disculpe por su impuntualidad…
no hay nada. Como no sé qué hacer, saco el espejo de mano para comprobar si están bien pintados los labios: el Superstay de Maybelline rojo (tono 15) es una apuesta arriesgada, pues es un rojo que o te lo pones con precisión de relojero o parecen boceras de mermelada.
Noto por el rabillo del ojo que alguien se acerca, así que cierro torpemente el espejo y lo meto en el bolso. Cuando alzo la mirada…
―No lo retoques más, China, que lo vas a estropear.
―¿Lorenzo? ¡Lorenzo! ―¿Es de nuevo casualidad?
―Ajá, aquí estoy. ―Sonríe sin sorprenderse… y eso a mí me deja algo contrariada.
―No te esperaba… de hecho, mi cita de esta noche es Fran, como te comenté, y llega tarde ―digo sin saber bien dónde mirar, deseando que Fran aparezca de una vez por todas… o no.
―Pues parece que tu cita de hoy… será un servidor. ¿Puedo sentarme?
―Eh… sí, perdona, claro que sí. ―Y me levanto cortésmente para darle dos besos como haría con cualquiera.
Ese olor… esa sensación de cercanía… me dejan bloqueada, y me da coraje porque me hacen vulnerable.
Lo disfruto, pero me inquieta―. ¿Cómo es eso?
¿Vienes solo? Fran está a punto de llegar, estará más que encantado de que te unas a nosotros.
―Me temo que no, Fran no va a venir. A decir verdad…
más bien me alegro. ―Sonrisa de medio lado que en el juego de barquitos sería tocado―.
Valentín igualmente ha quedado conmigo en el PINK esta noche, le ha surgido no sé qué de última hora y me ha dicho que se tardará.
Primero me entero de que ustedes tienen una cita aquí y cuando llego a la casa Valentín me cuenta que nosotros también…
luego él se va a retrasar… y ahora me dices que Fran no termina de llegar…
¿Se atrevería a dar un diagnóstico, doctora?
―Me atrevería, sin miedo a equivocarme, a afirmar que puede que estemos ante un caso de encerrona en toda regla.
―Caramba, doctora, sigue usted tan audaz como la recordaba.
Los dos reímos tras comprobar lo guasones que son mi amigo y su sobrino, aunque por dentro lo primero que pienso es que Fran se va a enterar cuando lo pille.
Espera, ¿no debería estar encantada? ¿Qué me pasa?
Tengo que intentar dejarme llevar y disfrutar, lo mismo luego se lo agradezco y todo…
Voy a pedir unos vinos para entonar y vamos viendo cómo se nos da la noche.
―¿Les tomo nota de la bebida?
―Alma para mí, por favor.
―Yo prefiero un refresco de cola, gracias.
―¿No bebes alcohol, Lorenzo?
―No, no es lo mío.
Cuando ya se marcha el joven que nos atiende, se produce un silencio casi incómodo; confío en que Lorenzo lo rompa, y así lo hace.
―Estás preciosa ―susurra mientras me mira fijamente con cara de complacido.
―Vas a hacer que me ponga roja ―le respondo con una voz tímida.
―Cuéntame de ti, Chinara, ¿Cómo ha sido tu vida? ¿Cómo es ahora? ―Sigue mirándome con la cara apoyada en el puño. Intuyo que se pone cómodo para escuchar mi exposición.
En el bar la gente va a lo suyo, y me parece casi increíble que los demás vayan tan tranquilos cuando nuestra mesa está dentro de una pompa, en el interior de un sueño.
Está sucediendo algo que anhelaba con la misma intensidad con la que sabía que no pasaría, y aquí estamos.
Me dan ganas de decirles a todos que si no se están dando cuenta de que el que está conmigo es Lorenzo, el mío.
¿El mío? Ya estoy con las cursiladas. Solo somos dos viejos en un reencuentro, hasta el momento, cordial.
Voy a marearme de tanto sube y baja emocional.
Supongo que esto se irá regulando con los días; ahora es normal, una novedad de tal calibre es como un paracetamol de un gramo, que es capaz de conseguir que pases en veinte minutos de la tiritona a los sudores sofocantes.
De nada por el nuevo ejemplo gráfico-comparativo.
―Qué te cuento. Lorenzo… Mi vida ha transcurrido, la verdad, de manera bastante tranquila.
Me considero muy afortunada. ―Siento la repentina necesidad de explicar bien esto porque no me interesa que piense que lo he sido del todo, más bien pretendo que intuya que me ha faltado él―.
Quiero decir… en lo referente al trabajo, las amistades y, por qué no, también en cuanto a haber llegado a una estabilidad financiera.
Después de nuestra… me refiero a después de Nigeria, volví a África en varias ocasiones; la última vez me quedé seis años, pero a la vuelta me propuse parar y conseguí mi plaza en Barcelona muy pronto como médico de familia y aquí paré hasta hace unos días que me jubilé, como ya sabes.
Vivo con Serrat, a quien ya tienes el placer de conocer, y mis relaciones más cercanas son Fran y las chicas: Montse y Claudia, amigas desde ya ni me acuerdo cuándo.
Las adoro. Tengo una heredera universal, de la que también estás al tanto…
mi sobri Martina. ―Sé que sabe de su existencia porque Valentín y ella andan liados, y los chicos hablan de esas cosas.
Martina a mí no me ha contado nada, es elegante y prudente y, como solo se están conociendo, estará esperando el momento más oportuno para hablarme de ello.
―No has dicho nada de… ¿Tienes o has tenido…?
―¿Pareja? ―lo interrumpo.
―Sí, bueno, si estabas casada o lo habías estado.
―Pareja he tenido alguna, pero nunca llegué a casarme. He estado siempre muy pendiente de mi trabajo, muy volcada en las campañas que me han propuesto y, cuando no, estudiaba. Siento que no le he dado mucha oportunidad al amor después de…
―Y tanto…
―¿Perdón? ―Ese «y tanto» iba cargado de subtítulos que no he logrado descifrar. Tengo que averiguar a qué se refiere… Por desgracia, me interrumpe con un latigazo que me deja tiesa.
―Yo si me casé con… Fernanda. ―De no saber nada de él, me sorprende con el primer tiro directo al corazoncito.
―¿Fernanda, tu novia de la universidad?
―La misma.
―Me hablaste de ella en su día, tras la historia con Fernanda es cuando tú y yo… bueno… quiero decir, ¿después de aquello volvisteis a reencontraros?
―Yo no tuve el mismo destino que tú, China, no volví a salir de Argentina por motivos laborales ni durante largas temporadas.
Nunca me faltó el trabajo en mi tierra, y allí la relación con Fernanda, eh…
una cosa llevó a la otra, le debía lealtad, era una persona buena, me quería, yo también la quise y me quedé.
―El tono me parece de disculpa, a la vez que no tendría por qué serlo.
―¿Pero?
―Sí, hubo uno. Ella cayó enferma, nunca tuvimos hijos y lamentablemente dejó lo terrenal para vivir solo en mi recuerdo. Al igual que lo hiciste tú, aunque sin morirte, claro…
Ay, Lorenzo, cuántas emociones juntas. Se está explicando con la misma ternura e inocencia que lo haría un niño. Ahora no me mira, sigue con el dedo el dibujito de rayitas que hace el mantel de papel de nuestra mesa.
La información se me empieza a agolpar y pido otra ronda de lo mismo.
El chico pregunta si nos ponen ya la cena.
Miro a Lorenzo como diciéndole que no tengo apetito, y sin necesidad de mediar palabra él lo entiende e intuyo que a él tampoco le apetece.
Sin comentarios de por medio, le indica al camarero que, por favor, junto con las bebidas nos traiga la cuenta.
Cuando el joven se marcha, me acerco a él con la complicidad de una colegiala que le habla a su amiga en la mesa del cole detrás de un libro…
―¿Tú también tienes más sed que hambre?
―Yo lo que tengo son ganas de charlar tranquilo, aquí no hay más que chavalería con demasiada energía. Si te parece, nos podemos ir a algún sitio más calmado…
―Creo que aquí podemos hablar también, o si lo prefieres salimos a dar un paseo.
Nos terminamos el vino y la Coca Cola entre frases banales y chascarrillos tipo «se ha quedado buena tarde»… hasta que salimos del PINK, y no me da tiempo a dar dos pasos cuando me agarra por los brazos, me mira fijamente a los ojos y suelta la bomba de la noche.