Chinara. El tren pasa tres veces 19. FRENTE A FRENTE
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19. FRENTE A FRENTE

Camino

Tardo como diez segundos en girarme para ver la cara del hablante, porque sé quién es, no me lo estoy imaginando.

En esos diez segundos me da tiempo a avergonzarme de estar en pijama (muy chulo, pero pijama) en una cafetería.

También a pensar que sabía que el momento del reencuentro llegaría más pronto que tarde, aunque nunca, en ninguna de las setecientas veintidós mil veces que he fantaseado con ello, lo he imaginado de esta manera.

Me giro con los ojos de un mono tarsero…

y lo veo. Es él, está aquí. La apariencia no es la que guardaba en mi imaginación y mis recuerdos, pero es él, el mismo, y también es idéntica la sensación de tenerlo a unos centímetros de mí.

Es un efecto que renace como si no hubiese habido años entre la última vez que estuvimos tan cerca y ahora mismo.

―Chinara, tan bella como siempre. O más, si cabe ―recita con voz lenta y susurrante. En sus ojos entornados distingo unos brillos que deseo reflejen lo que siente su estómago―. ¿Cómo has estado?

Me tiende la mano y yo, sin contestar y tragando saliva con bastante dificultad, le acerco la mía para cerrar un saludo de lo más formal.

―Lorenzo… ―Por el momento no consigo decir nada más, hasta que pestañeo un par de veces y logro reaccionar―. Eres… tú. Aquí… ¿Cómo…? ―Hablo con lengua de trapo, las orejas me arden.

―Princesa tiene antojo de dónuts y café ―contesta con ironía mirando a su buldog.

―No sabes… buf… qué fuerte, estás aquí… ―susurro tocándole los brazos como si necesitase confirmar que no se trata de un holograma parlante.

Como ve que estoy un poco bloqueada, resuelve darme un abrazo sin siquiera preguntar; es uno lento, y yo lo recibo con un suspiro hondo y los ojos cerrados.

Su olor… qué sensación. Me habría quedado en ella a vivir para siempre.

Me doy cuenta de que estoy demasiado aferrada a su torso por si se esfuma en el aire y procedo a disminuir la presión.

De repente, me invaden las ganas de escrutar su cara, aún no me lo creo.

Me separo unos centímetros de él, lo miro entornando los ojos y él me pregunta de nuevo para entablar, ahora sí, una conversación de verdad.

―¿Cómo has estado, Chinara? Qué inmensa alegría volver a verte después de tanto tiempo.

―Ya lo creo. Yo también me alegro de verte. ¿Cómo tú en España, en Barcelona y en mi Starbucks?

Ya sé todas las respuestas por mis cavilaciones anteriores y la información recopilada con ayuda de mis topos, pero necesito conocer su versión, confirmar datos, empezar de nuevo y sobre todo creérmelo de una puñetera vez.

―Ya sabes, mi sobrino Valentín vino acá por temas de laburo, yo estaba en busca de un cambio, quizá unas vacaciones sin fecha de caducidad, y Princesa necesitaba canguro. ―Se encoge de hombros sonriendo y eso me hace quedarme con idénticas dudas y las mismas certezas que antes.

―¿Ya sé? ―Espera… ¿él sabe que yo lo sabía o lo intuía?

―Vamos, Camino. Sé que sabías de mi paradero acá, aunque a decir verdad no hace mucho que llegamos. Da la casualidad que tenemos gente en común en nuestras vidas, por caprichos del destino.

―Sí, claro, pero yo no sabía… solo intuía… todo esto es muy fuerte. De cualquier modo, sigo un poco en shock . Perdona, aún estoy nerviosa.

―Que se lo pregunten a tu café, que está a punto de tirarse por la borda. El pobre está sufriendo un terremoto. ¡Estás temblando!

―Ay, Lorenzo. Lo sé. Estoy en blanco, no sé qué decir.

―Vayamos al parque, ¿te apetece un paseo? Pongámonos al día. Tenemos mucho que actualizar. ¿Te parece?

―Sí, claro. Vamos.

Los dos emprendemos el camino al parque y solo se oyen las pisadas de los nuevos amigos perrunos, que parecen entender que no es momento de molestar. Las sienes me tamborilean al compás de mi corazón e intento disminuir el ritmo de la respiración, que se asemeja al de cuando subo y bajo escaleras.

―Cuéntame, entonces, ¿estudias o trabajas? ―Lorenzo abre de nuevo la conversación bromeando y con una sonrisa socarrona.

―Últimamente me dedico a la filosofía.

―¿Eso cómo es?

―Que hago vida de pensadora. ―Me sonrojo y miro al suelo, consciente de que mi bromita no tiene mucha gracia, y me apresuro a aclarar mi contestación―. Estoy recién jubilada, desde hace tan solo unos días.

―Sí, la anfitriona de la fiesta a la que Valentín acudió apenas llegamos acá… ¿y la tía de Martina?

―Sí, claro, la fiesta a la que acudió Valentín era en mi casa.

―Supe que trabajabas en la misma clínica que Valentín, porque no debe haber demasiadas Camino Ferrán en Barcelona y que además sean doctoras.

Me había despistado lo de «cabello plateado» cuando Valentín te describió, yo decidí obviar ese detalle.

Al hablarme de tu elegancia natural, ya no hubo dudas.

También Valentín me contó que iba a una fiesta, dato incompleto en mi lista, pues no mencionó que fueses tú la anfitriona.

―¿Tienes muchos datos, Lorenzo?

―Alguno. También sé que bailas de pena. Bueno, digamos que necesitas mejorar.

―¡Venga ya! ―Me río y le propino un pequeño puñetazo en el hombro, como si fuera de azúcar y corriese el riesgo de romperse.

Soy cada vez más consciente de que estoy hablando con él de verdad, que no es un sueño de siesta mañanera, y la sensación es la misma que se siente cuando uno se dispone a releer un libro que leyó hace tiempo y le dejó buen sabor de boca, con la diferencia de no saber el final.

Acabamos de llegar al césped en el que los perros pueden correr sueltos, y Lorenzo me ofrece sitio en el banco para sentarse a mi lado después.

Ya a solas, sin testigos babosos y peludos, la conversación fluye distinta, pero lo que es seguro es que no de la manera que he soñado tantas y tantas veces.

―¿Tienes algo que hacer esta tarde? ―pregunta con una ceja levantada al más puro estilo Sobera y así, sin anestesia.

De primeras me resulta un poco atropellada la pregunta, dado que aún no sé nada de su vida actual.

―Pues da la casualidad que sí, tengo una cita con Fran esta noche; hemos quedado para no perder la costumbre. Hemos pasado de vernos a todas horas en el centro de salud a tener relación prácticamente telefónica.

―Supongo que nos veremos entonces… quizá paseando con los caninos.

―Sí, coincidiremos seguro. ―No quiero que termine la conversación, para mí aún no ha empezado… pero es como si él estuviese orquestando una despedida.

―China, tenemos una conversación pendiente. Ahora tengo que llevar a Princesa al salón de belleza. Cuídate. Me alegré mucho de volver a verte.

―Sí… eh… claro.

Y se levanta.

Y se va.

Me quedo incompleta; no ha habido efusividad, ni fuegos artificiales, preguntas, respuestas… Jolín, qué extraño todo.

¿Qué diablos acaba de pasar? Necesito sentarme ya con una Coca Cola, o dos, para digerir esta locura. ¡Ya está! Ha pasado… ¿y ahora qué?

Ahora que es verdad… ¿qué?

¿Siento un llenazo de repente? ¿Siento que había idealizado este momento y no es para tanto? Me da miedo pensar de manera cerrada en una de las dos posibilidades porque creo sinceramente que las dos preguntas tienen respuesta afirmativa.

Cuando consigues algo, o te llega aquello que habías soñado miles de veces o se forma un nuevo escalón más arriba, para seguir teniendo anhelos.

Creo que nadie estamos conforme nunca con nada.

Es un ejercicio que debería practicar con Alma, aunque ahora mismo no me apetecería la intensidad de su conversación.

Me siento como una adolescente con las hormonas a flor de piel.

Estoy pletórica, pero a los pocos segundos comienzo a sentirme ridícula por teatralizar las cosas.

Luego, enseguida me doy permiso y me digo: «¡Claro que sí, joder!

¿Por qué no? Vamos con todo, a ver qué pasa… ».

No me aguanto y lo que más me apetece en este momento es hablarle a Fran. Pero, como lo voy a ver esta tarde, mejor se lo cuento en persona.

Las chicas. Les voy a hablar a las chicas. Aunque les va a costar no venir haciendo rally a casa para que les cuente todo de primera mano. Las conozco como si las hubiera parido.

Yo:

He hablado con él.

Montse:

¿En sueños?

Yo:

Mon, en serio. Hoy, en el Starbucks.

Montse:

¿Qué me estás contando?

Yo:

Pues eso. Lorenzo y yo hemos hablado.

Claudia:

Escribiendo…

Montse:

¿Dónde estás?

Yo:

En casa, asimilando.

Montse:

Voy. Llevo empanada.

Claudia:

Escribiendo…

Yo:

Claudia, vente tú también. No tengo vino.

Ya os cuento a las dos.

Claudia:

OK.