Chinara. El tren pasa tres veces 18. ¿QUÉ DIABLOS?
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18. ¿QUÉ DIABLOS?

Camino

Son las nueve de la noche de un viernes cualquiera.

Me encuentro observando mi hogar y pienso que es algo parecido a una estampa de revista de mobiliario y decoración.

A veces la miro durante minutos, orgullosa de lo bonita que es.

No es la vivienda más grande, ni la más lujosa tampoco, y creo que, si alguien desconocido entrara en ella y la escudriñase, podría saber perfectamente muchas cosas de mí.

No creáis que es por las fotos, que las hay, aunque muy pocas.

La imagen más significativa es un autorretrato que me hice con acrílico.

Soy yo, con un moño entrecano y despeinado, mis gafas de sol y un abrigo de color verde.

La instantánea que me sirvió de referencia para pintar este cuadro la tomó Montse en nuestro viaje enológico a Finca La estacada en Tarancón, concretamente en la visita a las cepas, y le salió superborrosa.

No se advierte en mi obra porque decidí calcar solo la silueta (sí, he dicho calcar.

No tengo habilidad para el dibujo, aunque me habría gustado.

En contrapartida, dispongo de recursos y tutoriales en internet para poder hacer un buen trabajo con algunos trucos).

Al final, la imagen quedó moderna y con clase.

Mi figura se ve clara, e intenté que fuera semirrealista, por lo que concluí cargarme el fondo verde que primaba en los campos conquenses y pintarlo de un plano tono amarillo bien vivo.

Es cierto que mi espacio puede parecer un poco neutro de primeras, pues todas las estancias son blancas con detalles de color.

Los libros son salpicaduras de variopintas luces en las estanterías de obra blancas, al igual que lo son los cojines, que emulan estampados de pelaje animal, y otra cosa que siempre tengo de colores llamativos son las velas que hay repartidas por doquier, al igual que mis tazas de café.

Plantas, creo que en todas las habitaciones hay al menos una, que coloca con alegría el punto verde.

Los maceteros también son de cualquier manera excepto marrón teja.

Me encanta mi casa, y me siento muy cómoda en ella.

Es ideal para mí, tiene mi horma, pero a veces pienso que no me importaría (más bien, hecho mucho de menos) que hubiese en el pasillo una foto de una hija con su birrete, otra de su padre y yo en algún viaje y una reciente de algún nietecito intrépido.

En fin, como todo es ficticio, solo existe en mis anhelos y listas de cosas pendientes, pues en su lugar hay una vaca de nácar, unos platillos de marruecos y anillos de ámbar que me quito y voy dejando por donde pillo.

Al vivir sola, una puede dedicar horas al simple arte de la observación, como está siendo mi caso en este momento, pero me distrae el sonido del teléfono y sé que es Fran, porque me puso un tono que solo suena si llama él.

No es ni más ni menos que Todos me miran de Gloria Trevi.

A veces, cuando me sonaba en la consulta, me sonrojaba porque a mí me gustan las melodías más normalitas; de hecho, siempre he tenido la que te viene en la configuración inicial.

―Casa Ferran, ¿dígame? ―contesto bromeando con un tono rancio al más puro estilo mayordomo inglés.

―Ahm… hola, buenos días. Con la señora de la casa, por favor. Soy su cita. ―Aunque Fran no sabía el tono con el que iba a responderle al descolgar, no tarda en unirse a la guasa―. Necesito que me confirme asistencia.

―Le paso. ―Simulo una pieza de música clásica como en las locuciones de las compañías de seguros y después contesto con voz educada, como si de una reinona de Hollywood se tratase―. Dígame, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

―Habla usted con su cita de mañana. Mi nombre es Fran el de siempre, y he pensado en invitarla a una merienda en el PINK.

No es una proposición, solo la informo de que quiero verla allí a las nueve de la noche, mesa seis.

La reserva está realizada para dos. Solo diga el número en la recepción y un empleado la acompañará a su sitio, donde seguramente yo la estaré esperando.

Una carcajada me invade y me obliga a dejar de hacer el mamarracho para volver a mi tono normal.

―¿Recepción? ¿En el PINK? Cómo se modernizan las hamburgueserías.

―No te haces una idea, te encantará.

―Fran, conozco el PINK. Sé que me encantará. ¿A qué debo el honor de tal invitación?

―Uno: ¿tienes mejores planes? Dos: tengo una americana nueva que se asfixia en el armario.

―Pues, con el tiempo que dan, no sé yo… quizá quedarse en casa con libro y manta estuviese entre mis primeras opciones.

―¿Desde cuándo te asustan a ti unas gotitas de nada?

―Desde que mi pelo es como una gran esponja que duplica su volumen solo con la humedad.

―Recógetelo, reina. A veces hay que dártelo todo pensado.

―Estas pirado.

―Aun así, te quiero. Te espero mañana.

Y cuelga.

Bueno, no está mal. El tener un plan previsto me hace sonreír y canturrear.

Me tumbo en el sofá con Serrat y una manta y me entrego al arte de holgazanear frente a la tele.

No tengo ganas de pensar en qué serie ver o qué buscar, por lo que hago zapping hasta llegar a uno de esos programas de decoración y reformas de viviendas presentado por dos gemelos canadienses.

Con ellos de fondo, me despido del viernes y en el mismo sitio me despierto a la mañana siguiente.

Lo primero que hago cuando abro el ojo es coger el móvil de la mesita de fumador para ver qué hora es.

La luz del ventanal del salón me ha despertado, e intuyo que muy temprano no es.

Lo confirmo al ver a Serrat mirando fijamente a la puerta de salida a la calle, como si estuviese viendo una película interesante.

Quiere salir. Y esa es la forma en la que él lo pide.

Como advierto que son las nueve y media, no pierdo tiempo en vestirme y me pongo el plumas largo que me llega casi a los tobillos.

Es algo excesivo para la temperatura que hace fuera, pero me tapa el pijama- homewear (que, aunque es más mono que muchos outfits de los que se ven por ahí, hay que guardar un mínimo de compostura y saber estar).

Deportivas, correa de Serrat, bolsita para cacas, botellita le lejía… y a la calle.

Al igual que Serrat, el estómago empieza a pedirme lo suyo, y es que, con la premura de aliviar a mi fiel compañero, ni siquiera he desayunado, por lo que decido pasar por el Starbucks que hay a unos metros de casa.

Mientras me toca esperar en la cola para pedir, pienso en la maquinaria que empuja al día para que este vaya surgiendo: la señora que ha madrugado para que los bollos estén ahora calentitos, la que lo hizo aún más para que las aceras estuviesen decentes, los que toman café riendo, aquellos que se queman la lengua por hacerlo rápido y se van corriendo a trabajar al banco para que otro pueda sacar dinero…

Suelo divagar mucho pensando en esas cosas: «¿Dónde irá esa pareja?

¿De qué hablarán esas señoras? ¿Por qué ese niño no está en el cole? ».

Tan absorta estaba en mis pensamientos sobre vidas ajenas que no me he dado cuenta de que la chica de la barra me acaba de preguntar qué quiero tomar. Con un rápido movimiento de cabeza, salgo de mi pompa y le hago el pedido como asustada.

―Café con leche, por favor. No muy cargado.

―Y si le pone azúcar, que sea moreno. No es muy amiga del azúcar blanco.

El corazón se me sale de su caja para subírseme a la garganta sin permiso ninguno al escuchar una voz masculina con acento argentino expresar lo que yo iba a decir en ese momento.