17. ENCERRONA
Fran
En los días siguientes al último miércoles de baile, Camino me contó todo lo ocurrido, incluida la conversación que había mantenido con las chicas en la que cada una dio su impresión.
Yo, que soy más fantástico que la música de los caballitos, empecé a cavilar un encuentro entre los dos tortolitos.
Tenía que ser algo casual, que no estuviera planeado y para lo cual ninguno de los dos hubiera tenido tiempo de prepararse.
Era la única manera de que el asunto fluyera de manera natural.
¿Que cómo me las arreglé? Pues muy sencillo.
Soy compañero de Valentín. Nos vemos a diario en el centro de salud.
Desde que Camino no trabaja allí, paso todas las mañanas a tocar la puerta del pediatra argentino a las diez y media en punto.
Para mí, primero fue «el nuevo», después «Valen» y, cuando comenzó su relación con Martina, volvió a ser Valentín.
El siguiente viernes por la mañana, tejí mi tela de araña a la hora del desayuno en la cafetería. La conversación fue más o menos así:
―Estoy pensando en Camino. La veo cabizbaja últimamente.
Aunque no la he visto desde hace días, eso da igual, el caso es que la noto así en lo poco que hemos hablado.
―Inicié la conversación con toditos los pasos bien premeditados.
Simulaba casi indiferencia, pero en mi interior estaba supernervioso.
Si me hubiera rasgado la camiseta como Superman, habría salido un traje de superhéroe rosa con la C en grande de «Celestino», que era a lo que en realidad estaba jugando.
―¿Cómo crees? ¿Estás preocupado? ¿Tan mal la ves?
―contestó el argentino antes de dar un mordisco a la magdalena con pepitas de chocolate que tenía entre manos.
A mí me pareció que lo hizo a cámara lenta, como en los anuncios de la tele.
Confieso que me dio casi rabia que el acto de morder una magdalena le quedase tan sexi, pero me alegré cuando vi que se había manchado las comisuras de chocolate. Al final es humano, como todos.
―No es mal, es gris. Me gustaría sacarla un poco de la rutina. Lo único que hace distinto a las octogenarias solitarias es ir a la clase de baile.
―Pero en la clase de baile… lo estará pasando bien, imagino. Estará conociendo gente que quizá…
―¿Qué gente? ¿Qué sabes? ―lo interrumpí, algo desafortunado.
―Oye, amigo, no sé qué gente, hablo un poco en general ―contestó Valentín con más de veinticinco subidas y bajadas de tonos altos y graves. Así se expresan ellos, con una deliciosa musicalidad.
―No, es que pensé que a lo mejor te había dicho algo tu tío… ¡ups! ―Me tapé la boca con la intención de que hubiera parecido un accidente, pero lo que pretendía era que Valentín desembuchara en caso de estar al tanto de lo que en verdad ocurría en esas clases de baile.
―Estás muy pirado, amigo ―respondió Valentín con una media sonrisa muy tranquila. Sospechosamente tranquila, o eso me pareció a mí.
Finalmente, me bloqueé. Se suponía que yo iba a jugar con Valentín, que le iba a sonsacar información, que iba a tramar un plan para que Camino y Lorenzo se encontrasen, ya que además me presuponía con cierta ventaja al estar al tanto de todo el asunto por boca, ni más ni menos, de la protagonista.
Pero decidí dejarlo estar. Me estaba pareciendo muy sospechosa la actitud de Valentín, tan sereno, mirando a la magdalena en vez de a mí, que le estaba hablando. ¿Qué sabía Valentín? ¿Quizá el que me llevaba la ventaja era él a mí?
Valentín se levantó de la silla y, estando yo aún sentado, me dijo desde arriba:
―Vayan al PINK mañana sábado.
―¿Qué? ―No entendía nada.
―Este es el plan: voy a reservar una mesa para dos en el PINK mañana sábado a las nueve de la noche.
Al viejo le contaré que tengo que ir a arreglar un asunto…
¿qué sé yo? Algo del trabajo. Y le diré que nos vemos allí.
Tú, Fransito, harás lo mismo con Camino.
Quedarás con ella en el mismo lugar, pero la verdad es que nunca aparecerás, al igual que yo.
―O sea, que tú… Lorenzo te ha…
―Nada, Fransito, ¿querés que ocurra? Seguime el juego.
―¡Vaya por Dios! ―Me desinflé en la silla.
―¿Qué onda? Decime que no es bueno…
―No es eso, es que pensaba que era yo el que iba a orquestar algo para que esos dos por fin estuvieran cara a cara, que tú no sospechabas nada, pero veo que el que menos sabe soy yo. Dime entonces, ahora que sé que estás al tanto de lo mismo que yo, ¿qué te ha dicho Lorenzo sobre Camino?
―Si te lo digo, ya sabrás más que yo. ―Y con una sonrisa juguetona, me guiñó un ojo y salió de la cafetería triunfante con la bata al hombro, al más puro estilo caballero de los cincuenta.
Cada día me sorprendía más. Mi plan no había realizado el recorrido que en principio había trazado, pero el final iba a ser el mismo.
Un nervio que evocaba en mi interior entre ilusión, felicidad y morbo chismoso me acompañó durante toda la mañana.
No podía estar más interesante la historia.
Pensaba, mientras ordenaba los expedientes, que quizá Valentín me había tomado la delantera en la elaboración del plan secreto, pero me consolaba que las virtudes (así llamo a veces a Montse y Claudia) estuvieran aún por detrás de mí.
Era una tontería, no creáis que le daba mucha importancia, aunque me reconfortaba.
Ahora sí que había melones por abrir. Por un instante, me vino la idea de colocar un telefonillo oculto en las plantas de adorno de centro de las mesitas del PINK, pero después pinché con el dedo la nube imaginaria encima de mi cabeza, para dar por nulo el pensamiento. No iba a ser tan cretino.