16. ¡BOOM!
Camino
Acabo de aparcar frente al centro cultural y veo que los compañeros están haciendo corrillo, charlando y socializando. Esta gente llega diez minutos antes para darle al pico en la puerta. Y está bien. De todos modos, yo decido quedarme en el coche para observar.
De ninguna manera retraso el momento de bajar del coche porque esté nerviosa, y por supuesto que no me están dando ganas de sacarlo del aparcamiento y volverme a casa. Sé muy bien que es lo que estáis pensando, y, para demostraros que no estáis en lo cierto, decido salir y me dirijo a la clase.
No penséis que he salido del coche porque ya no queda nadie fuera y todos están dentro. Podéis dar por sentado que he tenido en cuenta el no haber visto a ningún hombre parecido al Lorenzo del paseo matutino.
―¿Estamos todos? ―escucho gritar a la esbelta justo cuando estoy agarrando la manilla de la puerta para entrar.
De repente, el corazón se me sube a la garganta, y algo (de verdad, no sé qué es) me impulsa a abrir de tirón y levantar la mano para que la profe pueda ver que acabo de entrar.
Como es natural, todos se giran para ver quién es la petarda que llega tarde, y yo bajo la mirada simulando que busco sitio para dejar mi bolsa.
Eso provoca que no me dé tiempo a escanear las caras de los asistentes en busca de una en concreto.
Me ha tocado colocarme en la última fila, y enseguida me sumo a los calentamientos que se suelen hacer, por lo visto, antes de iniciar todas las clases.
La clase parece estar surgiendo con total normalidad, intento evadirme de mis pensamientos, pero reconozco que es imposible. Soy incapaz de escuchar a la esbelta y a mi voz interior a la misma vez. Temo no atender a alguna de las directrices y hacer el ridículo.
«Camino, por favor, céntrate».
Gracias a Dios, la clase transcurre sin la necesidad de ponernos en pareja, pues hoy toca improvisar. La dinámica de hoy se está basando en juegos de reflejo y reacción al ritmo que la profe ponga. Es un poco rollo, pero debe tener su aquel.
―Parece que lleves toda la vida bailando. Tienes buen oído. A mí se me da fatal ―comenta en bajito mi compañera de al lado.
―Ah… gracias. Para ser sincera, es mi tercera clase, y te aseguro que hoy no estoy lo que se dice concentrada ―le contesto sorprendida.
―Soy Gema, encantada ―se presenta a la vez que me guiña un ojo.
―Camino Ferrán, tanto gusto.
―Creo que te conozco de algo y no caigo ahora mismo de qué. ¿Correos, quizá? ―continúa mi compañera al tiempo que da palmadas sonoras siguiendo al grupo.
―No, nunca he trabajado en correos.
―¡Vale, chicos, hemos terminado por hoy! ―La profe da por concluida la clase y nosotras seguimos con la conversación.
―Pues entonces no sé… no se me ocurre nada.
―Puede que sea del centro de salud. He trabajado allí como médico de familia los últimos años. Aunque no sea yo tu médico de cabecera, podemos haber coincidido alguna vez en las urgencias, en alguna guardia…
―Podría ser… Ahora que lo dices, quizá cuando fui con mi nieto Nicolás…
―Ella sigue hablando mientras recogemos las toallas de mano que siempre sacamos, pero nunca usamos, y yo le pierdo la atención, pues intento localizar a mi objetivo; no me es posible con el revuelo que se forma a la salida, como si de un instituto se tratase.
Los compañeros van abandonando la sala comentando la clase de hoy.
A mí me interrumpe una voz masculina a nuestra espalda que se despide de nosotras:
―¡Chao, chicas! ¡Nos vemos, Chinara!
¡BOOM!
Me giro con un seco movimiento de cuello, y le atizo un trenzazo a Gema. Quiero ver quién ha dicho eso, pero ya no hay nadie detrás, quedamos solo Gema, la esbelta recogiendo cables del equipo de música allí al fondo y yo.
―Perdona, ¿Chinara eres tú? ―pregunta Gema algo contrariada.
―Eso creo. Así me llamaban antes, era mi apodo en un círculo íntimo ―explico deseando que se calle para salir pintado a ver la cara de la persona que me ha nombrado así.
Cuando tengo la oportunidad de abandonar la clase, lo hago con Gema de guardaespaldas charlando, y, una vez más, no consigo ver a Lorenzo. Tampoco podía salir corriendo por no ser descortés con la chica que ha intentado hacer amigos.
Un momento.
Acabo de validar que Lorenzo es LORENZO.
Lo es, porque me ha llamado Chinara; solo él y la portada de mi ahora diario lo saben.
Buf, necesito fumar.
Me subo al coche y, como no he hecho nunca en quince años, fumo dentro de él. Me relajo con la primera calada, pero enseguida mi corazón baila por bulerías aporreándome el pecho.
Misterio resuelto. No me lo puedo creer.
Ya es seguro que tengo cerca a Lorenzo. Trato de tragarme las conclusiones que voy sacando, e inevitablemente se me hacen bola.
¿Y ahora qué? Mi primer impulso es ir a ver a Alma, mi psicóloga, a la que comparé en otro capítulo con un supermercado de herramientas para la gestión emocional.
Sin embargo, decido que ya he ido muchas veces a ese súper y puedo tirar de lo que acumulo en la despensa.
Dicho de otra manera, voy a seguir alguno de los consejos que me ha dado a lo largo de nuestras sesiones y voy a intentar llevar esto de forma adulta y seria, que para eso soy una señora de sesenta y cinco años, aunque no lo parezca.
Durante el camino a casa me miro unas veinte veces en el espejo retrovisor, y me sorprendo estirando las cejas, sacando morro… ¿Qué estoy haciendo? Instintivamente tengo que encontrar la mejor cara por si… Madre mía, estoy en la inopia. No hay quien pueda conmigo.
Cuando llego a casa, Serrat me grita con los ojos que lo saque a hacer sus cosas y, aunque me da una pereza tremenda, lo hago sin procrastinar porque es una tarea ineludible.
Mientras voy caminando hacia la pequeña zona arbolada cerca de casa, se me ocurre que puede que Lorenzo esté cerca con Princesa.
Voy mirando a todos lados, ávida de localizar personas con perritos blancos, aunque no me acompaña la suerte.
Estoy tan pendiente de mi alrededor que pareciera que tengo miedo o que intentan seguirme…
puede que sea solo el ansia de escanear el perímetro.
El pobre Serrat lleva unos minutos andando a pata coja y yo no me doy cuenta porque voy a lo mío. Creo que se ha clavado una espinita del suelo. Se la quito en cuanto lo veo, pero no me mira con cara de «gracias», sino con cara de «ya te vale, maja».
No ha habido suerte, no me he cruzado con nadie y de vuelta a casa destilo todas las sensaciones que me envuelven; me sorprendo al darme cuenta de que ha desaparecido esa tensión en el cuello de cada vez que pensaba en Lorenzo. Ahora esa sensación ha sido sustituida por una sonrisa.
Ya no hay duda de que somos Chinara y Lorenzo, Lorenzo y Chinara.
Tampoco de que los dos sabemos que estamos cerca.
También me percato de que no solo no ha huido, sino que, además, me ha dicho «nos vemos».
Presiento que algo acaba de comenzar en mi cuarto bloque, y estoy deseando averiguarlo.
El miedo, la inseguridad y la pereza se han esfumado como si nunca hubieran existido.
Me siento como en cuesta abajo, y me vengo arriba de manera exponencial según van pasando los minutos.
Ya en casa, en la cama, y habiéndome lavado los dientes, siento la necesidad de bajar a la nevera a por algo dulce.
O de correr por la calle, ¿qué se yo? Intento decelerar y cojo un poquito el teléfono, recurso que, lejos de templar la mente, lo que provoca es que la luz azul que emite interfiera con la producción de melatonina, la hormona del sueño, y estimule la actividad cerebral dificultando la relajación.
Y se me ocurre una pregunta: ¿a qué juega? ¿Por qué no ha parado a hablar conmigo?
Pero me da igual. Juguemos.
Pienso en hablarle a Fran para ponerlo al día.
Si no lo hago, lo entenderá como una vil traición y puede que hasta me borre de favoritos en su lista de contactos.
Cuando abro WhatsApp, descubro que tengo dos conversaciones con mensajes sin leer: la de las chicas y, por supuesto, la de Fran.
Todos me han escrito sedientos de noticias frescas.
Sabían que hoy tenía clase de baile, y están esperando su entrega del culebrón.
Abro primero el chat de las chicas.
Montse:
¿Alguien por ahí que tenga algo que contar?
Claudia:
Cariño, ¿cómo ha ido la clase? ¿Es o no es? ¿Has hablado con él?
Me apresuro a contestar; aunque ninguna de las dos está en línea, es seguro que no tardarán en dar respuesta. Cuando uno está pendiente de algo, no se le pasa.
Yo:
Sí es.
Montse:
¿Sí es? Coño, Camino, parece que las palabras te cuestan pasta. ¿Puedes extenderte un poquito más?
Yo:
No hemos hablado. He llegado tarde y me ha tocado ponerme en la última fila.
He conocido a una chica que se llama Gema, es muy maja.
Me he liado a hablar con ella y por detrás de mí he escuchado la voz angelical de un argentino que ha dicho «Nos vemos, Chinara».
Cuando he querido girarme para verlo, ya había salido de la clase.
Por lo tanto, sé que es él. Solo él me llamaba Chinara.
Claudia:
Escribiendo…
Montse:
¿Y?
Yo:
Y ¿qué?
Montse:
No sé, algo más. ¿Qué piensas? ¿Qué pasa ahora?
Yo:
Creo que quiere jugar. ¿Por qué se ha ido? Sabe que asisto a las clases, que soy yo, que lo más probable es que nos volvamos a ver el siguiente lunes, e incluso antes si coincidimos con los perros. Me encantaría entender qué sensaciones tiene, qué piensa. Qué le pasa por la cabeza.
Claudia:
Escribiendo…
Montse:
Pues yo iría al grano. Queda con él. Directamente.
Claudia:
Escribiendo…
Montse:
Y esta, ¿qué me cuentas? Clau, ¿estás escribiendo la Biblia o es que te ha entrado la tórtola y te has dormido con el dedo pegado al móvil?
Claudia:
Yo te voy a dar mi punto de vista sincero sobre este asunto.
Ahora que sabes que es él, tienes que enterarte de muchas cosas antes de hacer tonterías.
Yo, lo primero, intentaría informarme de si está en Barcelona de manera casual, porque ha venido con su sobrino, o si es algo premeditado y va para más tiempo.
Trataría de averiguar si su estancia en nuestra ciudad es permanente o está de vacaciones.
Quizá esté casado… Tira de contactos (Fran) y entérate bien de todos esos asuntos. Te ayudarán a ir con buen pie.
Montse:
Menuda tontería. ¿Qué sabe Fran?
Claudia:
Fran-Valentín-Lorenzo.
Montse:
Aaaaam, cierto.
Los tres cuartos de hora que has tardado en escribir han valido la pena, pero sigo pensando que puede utilizar a Fran para conseguir su número y quedar con él. No hace falta que averigüe nada antes de verse a la cara. Creo que eso es lo primero.
Yo:
Sois como el ángel y el demonio que le salen a la gente encima de los hombros en las pelis. Cada una propone una cosa diferente.
Claudia:
Yo el ángel.
Montse:
Una [berenjena] .
Yo:
Bueno, señoras, gracias por este ratito. Ahora estoy más confundida que antes. Sois un amor.
Montse:
Dale al coco, Camino, y actúa como te dicte tu corazón.
Claudia:
Estoy orgullosa de ti, Mon.
Montse:
[bailarina de flamenco] [bailarina de flamenco] [bailarina de flamenco]
Claudia:
Buenas noches.
Yo:
Buenas noches.
Montse:
Buenas noches.