15. SÁLVAME DELUXE
Camino
―Buenas tardes, Camino, ¿cómo estás? ―Claudia siempre tan educada y en su sitio. Cuando digo siempre me refiero a antes de los vinos.
―Hola, Claudia. Pues mira, fenomenal ―respondo con una sonrisa forzada y tensa que intento disimular sin conseguirlo. Claudia es comedida y siempre guarda sus primeras impresiones para dar lugar a un impecable saber estar. Pero sé que nota mi falso optimismo.
En este momento se oyen tacones acercarse a la puerta; Montse llamará al timbre en tres, dos, uno…
―Hola, cariño, ¿cómo…? ¡Madre mía, amiga, ya estás desembuchando aquello que te inquieta, te perturba o te atormenta! ―suelta sin tapujo ninguno imitando a la señora que comenta los horóscopos en los programas nocturnos. Ella también nota mi zozobra, y, además, lo hace saber.
―Gracias por venir, chicas, sentaos y poneos cómodas porque tengo un asunto que no me deja dormir y me gustaría compartirlo, para ver diferentes puntos de vista ―arranco la conversación mientras les voy colgando los bolsos, y ellas toman asiento en la mesita que he preparado con detalle.
―¿Qué ocurre, flor? Cuéntanos… ―Esa es Claudia.
―Ya sabía yo que algo estabas masticando, si se te nota a la legua la cara de pajote. A ver, ¿a quién hay que sacarle los ojos? ―Esa es Montse. Mataría por mí o por cualquiera que esté dentro de su círculo, pero es bruta la pobrecita… como ella sola.
―Gracias, chicas, pero afortunadamente no hay que matar a nadie. Es solo que… tengo una sospecha a la que llevo días dándole vueltas y…
―¿Tienes datos? ―interrumpe Montse.
―No te adelantes, Mon, déjala que cuente ―modera Claudia.
―Voy a resumir para ir al grano: creo que Lorenzo está en Barcelona, que es el tío de Valentín, el pediatra nuevo argentino, y además estoy casi segura de haberlo visto en las clases de baile.
No solo eso, me parece que me lo he encontrado esta mañana paseando a una perrita que se llama Princesa, por lo que deduzco, de ser ciertas mis pesquisas, que vive muy cerca de aquí.
Las dos pestañean como muñecas; me miran, pero no dicen nada. El silencio se me empieza a antojar incómodo y por supuesto no es porque esté esperando un dardo de Montse o la compasión de Claudia por estar llevando mal la jubilación. Claro que no.
―Camino, cariño, a ver si es que lo has soñado o algo. ―Esa es Claudia.
―Sí, claro, ha venido a rescatarte de las garras de la soledad. ―Montse en su línea.
―Montse, de verdad, a veces parece que tienes el tacto en el culo ―se indigna Claudia mientras se lleva la mano a la boca por haber dicho «culo».
―No, Claudia, Camino sabe que la quiero y que le digo las cosas como las siento. No se le hace ningún favor a una amiga dándole la razón como a los tontos.
―¿Hola? ―les llamo la atención, porque se han enfrascado en una conversación entre ellas dos y yo sigo mirando a una y a otra como si mi persona estuviese de espectadora en un partido de tenis.
―Perdón ―contesta Claudia, siendo consciente de que casi me están obviando en mi propio dilema. Se agarra una mano con la otra y se las pone entre los muslos, como una niña buena cuando promete no volver a interrumpir en clase.
―Tienes razón, cariño, dale. ―Montse me autoriza a que siga hablando.
―Yo, la verdad, creo que tengo claro que es Lorenzo. La cosa viene cuando me pregunto si deseo de verdad averiguarlo. Mejor dicho, quisiera hacerlo, pero no sé si quiero que se confirmen mis sospechas o si sería preferible que todo hubiera sido un malentendido o un cúmulo de coincidencias.
―Y ¿se puede saber por qué? ¿Acaso no es un bombazo que tu amor de juventud pudiera estar cerca de ti? ―Montse no da crédito a mis dudas.
―Me da miedo encontrarme con algo que no me cuadre.
Lorenzo me gusta tal y como lo tengo retratado en mi corazón, pero quizá ese Lorenzo ya no exista y me lleve la decepción del siglo.
Todo lo que he amado de él puede que haya mutado en otra persona totalmente diferente, y eso significaría que ese lugar perfecto, esos días a los que tantas veces me vuelvo a transportar para sentirme una mujer especial…
habrían sido solo estrellas fugaces y no podría volver.
Es como si me aterrara que ese espacio que le reservo corriera el peligro de quedarse vacío.
Ese huequito está en mi corazón, y no quiero que este vuelva a estar en alquiler, como un piso desolado cuando los inquilinos se marchan.
―Yo la entiendo ―contesta Claudia mirando a Montse con ojos tristes y una voz muy bajita.
―Pues yo no. Yo opino, Camino, que estás insegura de ti y no de él.
Y no te pega en absoluto. Siempre te he admirado por los cojones que has tenido para todo.
Creo que tienes una oportunidad para volver a ilusionarte.
Tantea con cuidado y ve a por ello. ¿Dices que asiste a tus clases de baile y dudas de si es él? No entiendo nada.
―Es que es largo de contar. Nos hemos visto con máscaras… bueno, da igual; además, esta mañana me ha llamado «compañera». Él me habrá reconocido como la mujer que se piró corriendo cuando nos tocó bailar juntos. Ya no sé qué pensar. ―Me desinflo en mi parte del sofá.
―¿Hiciste eso? ―preguntan las dos al unísono, sorprendidas.
―Lo hice ―contesto solemnemente con la mano en el pecho, igual que si estuviese entonando el mea culpa .
―Ve esta tarde a baile, con la mente clara, bien peinada, segura de quién es Camino Ferrán y con perfume. Eso empodera. ―Adoro a Montse.
―Tiene razón ―sentencia Claudia mirándome a mí.
Un golpe de ilusión y de nervios me empuja a levantarme y contestar rotundamente a mis amigas.
―Voy a ir.
Las dos gritan y agitan las manos porque se viene salseo del bueno. Ya las imagino haciendo apuestas por privado y vaticinando sobre los próximos acontecimientos.
Les sirvo una copita de Baileys y charlamos sobre otros asuntos, pero yo ya estoy deseando que se vayan para irme al puf del patio a fumarme un cigarro y concentrarme antes de mi partida al centro cultural.
La charla se alarga y no me da tiempo, por lo que, en cuanto estas dos salen por la puerta, cojo las llaves del coche y me voy pitando. Sin peinar como es debido, pero del perfume no me olvido, ni hablar.