Chinara. El tren pasa tres veces 14. SALSEO DEL BUENO
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14. SALSEO DEL BUENO

Camino

Son las siete de la mañana y ya estoy despierta. Voy a prepararme un café y me voy a sentar tranquilamente a hacer un orden mental del día. Tampoco voy a poner muchas normas, porque luego no las cumplo y eso me frustra.

Seguro que, si Fran me estuviese viendo por un agujerito, me diría que no hay quien me entienda. Con lo que le gusta a él dormir, no concibe levantarse a las siete de la mañana si no hay una necesidad imperiosa.

«Buenos días, Camino», me digo a mí misma cuando me siento en el tocador y me acomodo el pelo.

Hoy hace buen día: ni frío ni calor, y mi objetivo es sentirme con confianza para enfrentar con seguridad en mí misma los acontecimientos que estén por venir.

Hay que ver: estoy pensando en la clase de baile, pero el baile en sí no aparece en mis pensamientos.

No pasa nada, es lo que hay y está bien.

Duchita, chándal mono, rizos recogidos en trenza para tener la cara despejada, gafas de sol estilo Pantoja y paseo con Serrat. Acompaño el café con un plátano, para conseguir extra de energía.

El paseo con Serrat me está sentando fenomenal.

Serrat siempre se comporta bien cuando nos cruzamos con otros perros, pero llega un momento en el que lo noto incómodo.

Más que eso, es que empieza a tirar de la correa extensible y se me va más lejos de lo que suele hacerlo.

Observo que está viendo a un perrito o perrita blanca, de su misma raza, y no deja de hacer fuerza con el cuello con el objetivo de que me acerque.

La verdad… no me apetece mucho socializar con nadie a primera hora de la mañana.

El otro perrito contesta a las provocaciones de Serrat con entusiasmo, y ahora también tira de su dueño para conseguir reunirse. Al final decido ceder, porque realmente no pasa nada; se olerán sus partes íntimas, harán un reconocimiento rápido y todo volverá a la calma.

Conforme me acerco al señor que lleva al futuro amigo de Serrat, lo escucho hablar con su mascota, lo que me enciende los warnings de manera instantánea:

―¡Princesa, boluda! ¡Vas a hacer que me caiga!

«Princesa, boluda».

En cosa de tres segundos hago un repaso mental, el cual, si hubiera hecho en voz alta, sonaría así:

«Princesa-boluda-argentino-Valentín-cafetería-su tío-mis sospechas: es él».

Miro de reojo según me aproximo a ellos e intento no alzar demasiado la cara, no quiero ninguna revelación así porque sí.

De esta guisa. Me escondo tras las grandes gafas y permito que Serrat huela las intimidades de Princesa.

Princesa hace lo propio con Serrat, y decide darse la vuelta y marchar muy pizpireta, dejando a mi pobre perrito con ganas de algo más.

Pobrecillo, ni siquiera un hasta luego. Me giro rápido y emprendo el camino para alejarme.

―Hasta luego, compañera, Princesa quiere proseguir el paseo ―indica el hombre a unos metros de mí, con su acento envolvente y musical.

―Sí, hasta luego. ¡Vamos, Serrat!

O sea, vamos a ver, qué acaba de pasar. ¿Es el señor de baile?

Me ha dicho «compañera». ¿Sabrá que soy la que se mareó y montó el numerito bochornoso?

Sé que es el hombre que estaba en clase, y que es el tío de Valentín.

También sé que se llama Lorenzo, y sé… que mis mejillas se han puesto color bermellón y el cuerpo se me ha activado de arriba abajo.

Aun así, me surge una duda. La de siempre.

¿Es el Lorenzo que yo quiero que sea? Cada vez tengo la sensación más potente de que es él, aunque necesito volver a mirarlo a los ojos.

Solo pido eso. ¿Por qué no lo he mirado de frente?

Creo que me bastaría para salir de dudas, sin necesidad de que él dijera ni una palabra.

Solo que… él vio mi cara sin máscara y no dijo nada, ni tampoco ahora.

Me ha llamado compañera sin más. No lo voy a comentar con las chicas porque me van a poner de grana y oro.

Sobre todo, Montse, que es la escéptica del grupo.

Claudia es la soñadora y yo represento la parte razonable.

Cabe tener en cuenta que también soy impulsiva, y suelo albergar la necesidad de batutear mis asuntos. Quizá comente algo. Bueno, seguro que lo casco todo.

El misterioso compañero argentino ha emprendido su marcha en sentido contrario al mío.

Yo siento el impulso de volverme para ver si puedo robar algún dato más, no sé, por ejemplo, su manera de andar.

Creo que la reconocería… Sin embargo, decido no darme la vuelta, no vaya a ser que él se la dé también y me pille.

Mejor vuelvo a casa y, lejos de haberme relajado como pretendía, me llevo un poquito más de zozobra en los bolsillos.

El día transcurre con normalidad hasta la hora del café, momento en el que mi casa se revoluciona con la llegada de las chicas.