Chinara. El tren pasa tres veces 13. ADOLESCENTE DE SESENTA Y CINCO
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13. ADOLESCENTE DE SESENTA Y CINCO

Camino

Fran acaba de marcharse y, la verdad, no me ha sacado de mi atolladero.

En mi mente siguen resonando las mismas preguntas que antes. ¿Quiero saber si Lorenzo es «Lorenzo»?

Me salgo al patio con café y cigarro en mano, escoltada por las rápidas pisaditas de Serrat repiqueteando en el parqué, y me acomodo en el puf que se está convirtiendo en mi lugar de pensar.

La respuesta es rápida. Si nadie me escuchase, sentenciaría un sí, por supuesto que quiero saberlo.

Ahora se formula de manera automática otra pregunta en mi cabeza: ¿qué pasaría si es que sí?

Diría que me fascinaría que fuese él, me encantaría tener delante a Lorenzo Rabal, la persona en la que he pensado durante toda mi vida y a la que, según Alma, mi psicóloga, he idealizado en el tiempo.

Claro que me gustaría saber que es él, y que hablásemos largo y tendido sobre estos años en los que no hemos sabido nada el uno del otro.

Pero… he de aceptar que las respuestas que él dé a todas mis preguntas pueden no agradarme del todo.

Puede que él sí que se haya casado. Es muy posible que él sí que haya tenido algún romance.

Cabe la opción de que a él le surjan sentimientos superficiales y recuerdos, pero sin más florituras.

No debo olvidarme de que es un hombre, y ellos no romantizan tanto el amor, vamos a ser claros.

Con la última calada, una explosión de seguridad… bueno, no, de valor, me golpea el pecho y me levanto decidida del puf como si me fuese a ir ahora mismo a buscarlo.

No lo hago, evidentemente, pero sí que dejo la decisión tomada, y me prometo no volver atrás: mañana asistiré a las clases de baile y encomendaré al destino que obre con su magia.

Con el corazón a dos mil, intento bajar revoluciones haciendo mi rutina de limpieza y potingueo en la cara. La rutina la termino, pero relajarme… no lo consigo del todo.

Ya en la cama no soy capaz de conciliar el sueño, porque empiezo a ver la película que me monto en la cabeza de lo idílico que será todo. Un golpe de realidad me cabrea, porque siempre aparece cuando mejor lo estoy pasando en mis pensamientos o sueños.

Decido escribir algo en el cuaderno, libro, diario… como queramos llamarlo. Después de todo, el otro día dejé por escrito mi deseo de volver a verlo y en mi interior siento que puede que se haya cumplido. Vamos a jugar. Voy a plasmar mi siguiente ilusión, y esperemos.