Chinara. El tren pasa tres veces 12 BIS. SÍ…
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12 BIS. SÍ…

Camino

―Lorenzo. ―El argentino desvela el nombre lentamente con los ojos entornados, como si supiera lo que eso va a desencadenar. A lo mejor lo sabe…

El café sale despedido de mi boca poniendo de nuevo perdida la bata del apuesto pediatra argentino.

Me levanto deprisa, lo seco como puedo con una servilleta y no atino a hacer nada bien.

Con el codo he tirado el zumito de Fran y ahora los dos llevan el sello de mi desconcierto en la ropa.

Las manos me tiemblan, no acierto con las palabras, y decido coger mi bolso y marcharme.

Me marcho desquiciada de la cafetería. Necesito fumar.

Fran se queda extrañado, no entiende nada y mira a Valentín en busca de respuestas. Valentín no se las da, aunque él ha conseguido la información que necesitaba.

Ya en la calle, estoy temblando y noto los dedos inertes.

Con mucho trabajo consigo sacar un cigarro de la cajetilla.

Con él en la boca, me dispongo a encenderlo, pero el mechero no va.

¡¿Qué coño pasa, joder?! Me sorprendo diciendo tacos mentalmente, no suelo decirlos ni pensarlos.

Cuando, después de varios intentos, obtengo una pequeña llama, succiono para que prenda, y ya que tengo todo para la primera calada de emergencia, noto como la boquilla se me ha pegado al labio  y me llevo un trozo de piel al retirármela de la boca para que salga el humo.

Mal, todo mal. Mis sienes tocan tambores y el cigarro se ha terminado en dos instantes. Me relajo y trato de pensar.

Es argentino.

Esos ojos.

La sensación cuando me agarró…

Y ha dicho que se llama Lorenzo.

Emprendo el camino hacia casa, pero voy zombi por la calle. Cuando quiero darme cuenta, me he pasado doscientos metros de la mía, por lo que en medio de la acera me doy la vuelta y reconduzco mis pasos.

Tuve la sensación, cuando lo miré a los ojos.

Pero es verdad que, al verlo con el pelo grisáceo y menos poblado…

En realidad, sería lo más normal que el aspecto no sea el que yo recuerdo.

Pero es que me ha dado igual. Me importa cero eso.

¿Qué más me da a mí cómo tenga Lorenzo el pelo?

Tendría que haberle visto la cara, malditas máscaras.

En la fiesta había una foto en la que él aparece, colgada en el rinconcito sentimental que preparó mi sobrina Martina. Si Lorenzo fuese el tío de Valentín, lo habría dicho, ¿no?

Espera.

Valentín llegó más tarde que los demás invitados, recuerdo que me puso un mensaje en el que me decía que estaba llamando al timbre cuando yo hablaba conmigo misma en el puf. El momento fotos ya había pasado, y Valentín no estuvo presente en él.

Ya no sé si estoy tratando de justificar que pueda ser Lorenzo o si busco evidencias de que no lo es. Qué lío tengo en la cabeza.

Después de todo, puede haber varios argentinos que sean de nombre Lorenzo. Es posible que el tío de Valentín se llame Lorenzo, pero no tenga ni por asomo nada que ver con el hombre en el que estoy pensando yo.

¿Quiero que sea? ¿Quiero que no sea?

¿Cómo puede ser que lleve toda una vida pensando en una persona en concreto y ahora no sepa si quiero tenerla delante?

Lo tengo ultrafácil si quiero comprobarlo, porque volverá a haber clases de baile.

No tendría que hacer otra cosa que ponerme frente al argentino y presentarme ante él como Chinara.

Así me llamaba él. Si se tratase de Lorenzo (el mío), se quedaría petrificado, imagino; tardaría en responder, haría una señal con alguna parte del cuerpo, no sé…

Supongo que, si fuera él, los dos lo sabríamos.

Además, él sí me vio la cara cuando la esbelta me retiró la máscara.

En caso de que no tuviera nada que ver con él, simplemente me tendería la mano, me concedería un «Encantado, soy Lorenzo» y la clase fluiría de manera natural para todos.

Bueno, para todos menos para mí porque yo sentiría…

No sé qué sentiría. Ahora mismo no sé decir si sentiría alivio o decepción. Esto ya sí que es de traca.

Si es que sí, imagino que sentiría miedo. Presión por agradar, por no decir nada malo que pueda estropear este encuentro en el que tantas veces he pensado a solas. Si no es él, creo que sentiría decepción, pero tranquilidad porque no tendría ningún motivo para sentirme alborotada.

No me importa, creo que aguantaría la presión.

* * *

Ya es martes por la noche. Mi día ha surgido con total normalidad (en caso de que sea normal que Fran me haya llamado treinta y nueve veces, y no es una forma de hablar, es que han sido treinta y nueve exactas).

Y no he conseguido salir del nudo de hilos que tengo en la cabeza desde esta mañana. Sigo en el punto de partida.

Fran. Tengo que contestarle a Fran.

Un tono, dos…

―El móvil al que llamas tiene restringidas las llamadas a las desertoras ―contesta con la nariz pinzada.

―Fran, no me toques el pie.

―¿A ti te parece bonito hacer bombas de humo así porque sí? Hija mía, todo el mundo se atraganta, y es verdad que da un poco de vergüencita, pero de ahí a marcharte como una pirada…pues, mujer, con la edad que tienes ya deberías saber usar el capote en según qué situaciones.

―¿Es que no lo entiendes?

―No debo ser el único, porque Valen ―ahora es Valen. La madre que lo parió― se ha quedado con una cara de pajote que era digna de retratar. Tampoco ha entendido nada.

―Por favor, si no estás haciendo nada, acepta un dónut fondant en mi casa. Necesito hablar y Serrat, el hombre, de momento no está por la labor.

―Si la etiqueta puede ser pijama, en media hora puedo estar allí.

―Claro que puede ser pijama. ¿Para qué necesitas media hora? Vente como estés, ¿qué más da?

―Pues porque no tengo puesto el pijama, aunque debería ponérmelo por si la conversación se alarga ya venirme directo a la cama.

―Bueno, da igual, tú vente.

―Uy, hija, la verdad es que estás de un rancio… Te veo en un rato, a ver si me sacas ya del dubitativo.

―Perdóóón, está bien. Ahora te veo.

No llegan a pasar ni veinte minutos cuando el timbre suena dos o tres veces repetidamente. Serrat se levanta de su cojín como si se tratase de un muelle cuando lo aplastas. Qué envidia me dan estos animales; el paso de desperezarse si es para cotillear se lo saltan a la torera.

―Me imagino que tienes una crisis existencial, así que ya traigo preparados los discursos que necesitas. He pensado que… ¡Dios, Camino! Una cosa es estar cómoda en casa y otra es olvidarse de que existen los algodones desmaquillantes… y los peines.

―Buenas tardes, lo primero. Qué halagador siempre ―lo saludo mientras me acomodo la maraña de rizos blancos―. ¿Qué traes ahí?

―Unos cafés helados. No querrás que los dónuts se nos queden en la garganta como si fuesen corchos del vino.

―¿En mi casa no hay café?

―Hay, hay. Lo que pasa es que está feo venir de vacío, cariño. Es pura cortesía ―explica mientras se sienta en mi sillón, se ajusta las gafas y cruza las piernas poniéndose las manos entrelazadas en la rodilla. Vamos, que está preparado para que desembuche.

Como no sé por dónde empezar, comienzo a soltar frases y datos uno detrás de otro, al más puro estilo de mi interlocutor. Además, no doy ningún rodeo, voy directa al grano.

―Fran, creo que Lorenzo, mi amor de juventud argentino, está en Barcelona, que es el tío de Valentín y mi compañero de baile.

Espero unos segundos a escuchar algo de su parte, pero no puede contestar porque tiene la boca llena de dónut fondant . Los ojos se le abren y se hacen casi más grandes que las gafas, y ya, cuando consigue tragar, solo salen tres palabras de su boca.

― Oh-my-god !

―Fran, piénsalo.

―¿De manera que piensas que, porque el tío de Valentín se llame Lorenzo y sea argentino, tiene posibilidades de ser el Lorenzo que nos atormenta desde que te conozco?

―Es que, Fran, yo…

―Definitivamente, estás muy aburrida. Y no lo entiendo, porque pasamos nuestros días deseando tener tiempo para nosotros, de disfrutar de los placeres fuera de la presión laboral…

y a ti, hija, la verdad, te está sentando fatal.

Yo te lo digo con todo el cariño del mundo, Camino, pero debes pararte a pensar, construir un nuevo modo de vida.

Te dije que escribieras, que hicieras algo que te haga ilusión y te mantenga con la mente activa.

―Fran, escúchame. Tú sabes que soy una mujer a la que no le asusta la soledad, que soy feliz haciendo planes conmigo misma. ¡No vuelvas a decir que me aburro! Me haces sentir una vieja chocha.

―No, Camino, yo…

―Mira, Fran, creo que Lorenzo, el mío, es mi compañero de baile.

Sentí algo muy raro al tenerlo cerca. Vi sus manos.

Me puse muy blanda cuando me tocó y no lo sé explicar con palabras que no parezcan una auténtica americanada, pero lo experimenté, Fran.

En ese momento me dio la misma sensación que a ti, pensé que eran tonterías de adolescente.

Además, no sabía ni su nombre. Dudé de él, de mí, de mis cavilaciones y emociones…

por eso salí corriendo de allí, no supe reaccionar.

En la cafetería, cuando Valentín me ha dicho que su tío se llama Lorenzo, que va a clases de baile y que una mujer se le mareó prácticamente en los brazos, además de que era médico, ahí ya he atado otro cabo.

El hecho de que su nombre sea Lorenzo es un punto a mi favor.

Sentí cosas antes de saber que se llamaba así.

La conversación de esta mañana con Valentín solo ha acercado mis sospechas a la realidad. Di algo.

―Bueno, no pasa nada. Esto es sencillo. Lo tenemos requetefácil. Mañana vas a clases de baile, ¿no? Habla con él, comienza una conversación adulta-madura y sal de dudas.

―A ver, ¿tú estás drogado por el azúcar? No puedo hacer eso, Fran.

―¿Por?

―Porque ¿y si dice que sí? Además, no me hace falta hablar con él, solo con verle la cara lo sabré.

―Pues ya lo tendríamos, ¿no?

―No, Fran, no lo tendríamos. No tengo ni idea de cómo va a reaccionar mi cuerpo en ese momento. No sé si quiero confirmar que es él o no.

―Definitivamente, no entiendo a las mujeres. No soy capaz de seguirte. ¿Quieres o no quieres reencontrarte con el amor de tu vida?

―Ese es el problema, Fran. Ha sido el amor de mi vida sin estar en ella.

Atesoro un recuerdo maravilloso de él, de nosotros.

Imagínate que por un casual el Lorenzo del baile es el Lorenzo que yo conocí una vez…

pero ya no es igual. No me reconoce, o nunca ha pensado en mí, o se olvidó de todo al separarnos…

El universo que tengo construido en torno a esa persona se desintegraría y ya no existiría.

No podría viajar a él cuando me diera la gana como hago ahora.

―Vamos, que te has hecho caca en los pantalones.

―Fran, no lo puedo creer. ¿Me estoy abriendo en canal contigo y vas y me dices que me he cagado?

―Mira, Camino, te voy a hablar muy en serio y no quiero que te acostumbres, no es mi estilo, ya lo sabes.

Llevo admirándote desde que te conozco y no es por tus gafas de carey ni por tu pelo a lo Shakira en canoso.

En ti siempre he visto una mujer decidida, autosuficiente tanto económica como emocionalmente, moderna…

y de izquierdas, pero con pasta. ¿Qué más se puede pedir?

Creo que si hay alguien que se puede tomar esto como una aventura de vida… esa eres tú.

―Fran, gracias por tus halagos, pero, de verdad, este asunto me vuelve totalmente insegura y pequeñita. Lo que soy para el resto del mundo no sé si podría mostrarlo sabiendo que lo tengo delante.

―La oportunidad existe, cariño. ¿No querías retos y emociones? Pues aquí tienes un bacalao importante. Dale una vuelta, de verdad, no es necesario que sea mañana.

―Buf. Tengo que…

―¿Vas a ir mañana? ―me interrumpe con ojos golosones. Cómo lo conozco. Le puede el ansia de chisme.

―No lo sé. Voy a descansar y a conversar con la almohada.

―¿Ahora me sustituye un saco de plumas? ―bromea mientras me da un abrazo de despedida.

―Qué va… es por tener una segunda opinión. ―Le sonrío y le revuelvo el pelo. Sé que lo estoy tratando con un niño, pero para mí lo es y siempre lo será.