Chinara. El tren pasa tres veces 12. ¿Y si…?
30%

12. ¿Y si…?

Camino

―Buenos días, chicos ―saludo a Fran y Valentín, que desayunan en la cafetería del centro de salud.

―Buenos días, Camino, qué bueno verte de nuevo por acá ―me corresponde el argentino con una sonrisa preciosa a la vez que se levanta para darme dos besos.

―Bueno, reina, qué fantasía de chaqueta.

Para que veas que no tienes solo básicos en el armario.

―Fran no lo puede remediar. El escáner visual rápido nada más verme es algo a lo que me tengo que enfrentar cada vez que lo veo, pero no me importa en absoluto, sus comentarios siempre me parecen de lo más divertidos.

―Sí, cariño, hoy he elegido las flores. Me siento bien. Mejor dicho, quiero sentirme así. Por cierto, me has dejado más tirada que una colilla. No viniste ayer a la clase de baile y, por lo que supongo, no vendrás tampoco a la siguiente…

―Sí, es que…

―Ni es que ni es ca, Fran. Me has fallado y has abandonado antes de empezar.

―No es eso, amor, es que lo que pretendía era animarte, bailar no es lo mío; y, pensándolo bien…

, ¿qué más da? Ya estás dentro. Ya has ido a dos clases.

¿Qué tal con la gente? ¿Son de tu rollo o son octogenarios bailando Thriller ?

Uy, perdón, Belcebú me va a llevar con él del tirón, pero es que se me viene a la cabeza ese reel de Instagram en el que unos abuelos hacen baile en grupo y el iluminado que haya editado el vídeo les pone esa música .

―Ríe en una carcajada infantil y se relaja cuando ve que Valentín y yo lo miramos con expresión neutra. Carraspea y vuelve en sí―. Perdón.

―Pues sí, es gente de mi rollo. Parecen majos, pero aún no he conversado con nadie.

―Mi tío, para mi sorpresa, al final también se alistó al baile. Las clases del centro cultural… ¿cómo se llamaba? ―pregunta para confirmar que asisto al mismo que su tío.

―Centro cultural Miró ―respondo, porque así se llama el mío, aunque no tiene por qué ser el mismo.

―Así es, justo. Vea que es posible que vayan ustedes a la misma clase… ―Valentín está atando cabos, su expresión lo delata, y yo no sé qué pensar.

―Es posible ―respondo en corto y ojiplática, para enseguida dar un sorbito de mi café.

―Salgamos de dudas ―sonríe el argentino, más juguetón que de costumbre―. El viejo me ha contado que su compañera se mareó y fue el único que tuvo que hacer la clase sin pareja. ¿Tú recuerdas algo así?

Mi sorbito de café sale despedido directo a la pulcra bata de Valentín, y me atraganto con los ojos llenos de lágrimas mientras me doy golpecitos en el pecho.

―No será verdad… ¡Yo me mareé en clase! ―Lo tomo a guasa, porque encima el señor con el que bailaba era argentino. Está claro que se trataba de su tío.

―¡Rebueno! Entonces vos sos la mina que decía el viejo. ¡Menuda tarde me dio! Todo el tiempo diciendo que la chica del mareo era elegante, pero que llevaba demasiado perfume para las distancias cortas. Eres tú, Camino, no hay duda de eso. Él cree que te mareaste porque tu propio aroma te abrumó.

―¡Vaya, qué gracioso…! ¿Cómo has dicho que se llama…? ―Y doy otro sorbo al café porque el corazón me tamborilea. Estoy tan expectante por escuchar el nombre del tío de Valentín que no me sale ni tragar, así que lo mantengo en la boca, como el sumiller cuando está saboreando el vino.