9. DIARIO
Camino
Me llamo Camino Ferrán, y mi vida hasta hoy ha sido maravillosa, pero eso no evita que sienta que me faltan piezas para conformar el puzle al cual nos retan cuando nacemos.
La pieza clave que me falta es la del amor.
Es cierto que en mi vida hay amor: por mi sobrina Martina, por mi amigo y compañero Fran, por mi hermana. He disfrutado mucho el calor de mis padres, y las miradas de Serrat también me hacen sentir muy querida.
Pero no me refiero a ese tipo de amor.
Una vez conocí a un hombre y viví un romance muy bonito con él. Ocurrió en un viaje, realizando una campaña de vacunación en unos poblados de Nigeria. No era algo que yo fuese buscando, no hubo un cortejo previo por su parte ni por la mía. Solo surgió.
Surgió de una manera natural, en un entorno poco favorecedor (y no porque los paisajes o los atardeceres africanos no fueran un fondo ideal), ya que el motivo de nuestra presencia allí era ayudar en la medida de lo posible a personas enfermas con escasos recursos.
Estuvimos tres meses viviendo la que fue, al menos para mí, la época más bonita de mi vida.
Fue un amor sin florituras. Nunca pusimos nombre a lo que sentíamos porque no era necesario; éramos él y yo. Lorenzo y Camino.
Recuerdo muy bien el día que lo escuché hablarle a un niño al que estaba vacunando.
Esa escena se me quedó grabada en el corazón para siempre y fue para mí el principio de todo.
Qué cosas tiene el destino, me enamoré del hombre de mi vida sin haberlo visto físicamente y escuchando lo que le decía a alguien que no era yo.
Eso conlleva el peligro de hacer que idealicemos a una persona para luego llevarnos el chasco del siglo, pero no fue mi caso: la primera vez que nos tuvimos delante nuestros ojos no pestañearon durante un largo momento de reconocimiento mutuo.
Nos presentamos con las miradas y nos dijimos de todo sin siquiera hablar.
Cómo son las cosas… No sé si esto es lo normal, si suele ocurrir, pero desde que conocí a Lorenzo supe con seguridad que sería alguien importante en mi vida.
―¿Y vos sos...? ―me preguntó invitando al ritual de saludo formal y universal.
Tardé unos segundos en reaccionar. Me estaba fijando en su pelo largo, castaño claro, a juego con sus ojos miel.
En su camiseta un poco raída, las manos bonitas y grandes y el acento.
Ese deje argentino que atrapa como un buen perfume.
―Yo soy Camino, Camino Ferrán; perdona, estaba despistada ―contesté bajando la mirada, ruborizada como una quinceañera y poniéndome un rizo de mi entonces oscuro pelo detrás de la oreja.
Desde aquel momento fuimos compañeros en nuestro objetivo como médicos, y durante tres preciosos meses no nos separamos ni un segundo.
Las primeras tardes solíamos acoplarnos bajo un árbol y comentábamos el día.
Hubo una en concreto que nunca olvidaré.
Fue al principio de conocernos. Nada más sentarnos, él se tumbó en el suelo de lado para poder mirarme a los ojos, y me preguntó directamente:
―¿Quién es Camino?
―Uy, Lorenzo, así, de repente, no sabría responderte. Déjame pensar…
―Yo te diré lo que veo, o lo que me dicen esos ojos tan bonitos que tienes.
Camino es una mujer inteligente y comprometida.
Camino tiene arrebato dentro, pasión para la gente y por lo que hace…
También veo a una niña tontorrona ahí dentro.
¿No es cierto, amor, que te acompaña siempre la pequeña que un día fuiste?
Me quedé mirándolo para procesar sus palabras una a una.
Me había llamado «amor», y había dicho lo de la niña interior…
Eso es algo que siempre había pensado de mí misma y que a día de hoy sigo haciendo, pero aluciné por el hecho de que él lo hubiera podido captar.
Como tardaba en contestar, él rompió el silencio.
―Dale, Camino, te quedaste sin voz…
―Porque lo has dicho tú, parece que sabes más que yo de mí misma ―contesté con una sonrisa de oreja a oreja.
En ese momento quise besarlo, y me vino a la cabeza que él lo podría estar notando. A ver si es que mis ojos hablan de verdad… Debe ser que sí porque, sin más palabras de por medio, se acercó a mí y me retiró el pelo de la oreja para susurrarme al oído:
―Me queda mucho por descubrir de ti, pero no será hoy…
Dejemos la emoción para más tarde. ―Y dando un saltito se levantó para irse a su carpa a descansar.
Mientras se alejaba se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.
Él sabía que me había dejado con las ganas de un beso y que lo estaba mirando marchar.
También que había calado en mí. Y eso me hacía sentir muy viva.
Esa emoción de esperar, de cruzar miradas durante la jornada que significaban «aquí pasa algo y tú y yo lo sabemos», me mantenía con una ilusión que había comenzado y que a día de hoy revivo cada vez que pienso en él.
Es como un aroma que no se agota, al cual puedo recurrir siempre que me siento sola.
Ojalá pudiera volver a ver a Lorenzo. ¿Cómo será ahora?
Estoy segura de que lo reconocería al instante.
Lo que dudo es si él me identificaría a mí.
Mi melena no es la que era, mis arrugas cuando él me conoció no estaban; pero, si es verdad que sabe leer los ojos, supongo que al mirarme vería a Camino de nuevo, igual que lo hago yo en el espejo al desmaquillarme.
He decidido subrayar mi deseo, con la ilusión de que, algún día, suceda.
Por hoy lo dejo aquí, pero volveré para seguir plasmando mis vivencias y, ¿por qué no?, mis deseos y anhelos.