8. ¿BAILE EN LÍNEA?
Camino
Ya es lunes, son las nueve y media de la mañana y es mi primer lunes como señora jubilada.
Borra, borra: empiezo de nuevo.
Ya es lunes, son las nueve y media de la mañana y tengo un maravilloso día por delante con más tiempo libre de lo habitual (eso está mejor).
Es un buen día, no hace ni mucho frío ni mucho calor, lo que me permite colocarme un conjunto de pantalón corto con camisa de manga larga.
Me chiflan esos looks de los que solo se puede disfrutar una o dos veces al año. Y ese día es hoy.
Me da la sensación de haberme levantado a media mañana, pues un lunes cualquiera a estas horas ya habría atendido a unos cuantos pacientes en el centro.
Pero no pasa nada, está bien. Me pongo un café y enciendo la radio para empezar el día menos sola.
Me encanta el ruido de fondo, siento como que da ambiente.
Los padres de Lara, una amiga de la infancia, siempre la tenían puesta cuando iba por las mañanas a buscarla para ir al colegio y, a menudo, cuando hago el gesto de encenderla yo, me acuerdo de ellos.
Serrat me trae la correa en la boca y me mira haciendo el parabrisas con el rabito.
Creo que el café podrá esperar, no puedo resistirme a esos ojos aceitunos, por lo que decido salir primero a dar una vuelta con él.
Cuando ya estoy fuera, me doy cuenta de que he olvidado la botellita de lejía para el pis de Serrat, por lo que vuelvo para cogerla.
En el instante en el que entro por la puerta, escucho mi móvil vibrar.
Me acerco para cogerlo y es Fran. Un audio.
Luego lo escucho, pienso, y me lo guardo en el bolsillo, porque suelen ser monólogos interminables.
Reanudo mi paseo con Serrat y, como me quedo con la dudilla, vuelvo a sacar el teléfono y decido escuchar el audio de Fran, aunque lo pongo en x2 para que no se me haga largo.
Cuál es mi sorpresa cuando me doy cuenta de que no dura nada, muy poquito.
Simplemente me invita a desayunar en la cafetería del centro de salud para no perder las costumbres.
Acepto, por supuesto, y a las diez y media en punto me presento allí.
Cuando entro a la cafetería, lo encuentro hablando con Valentín y decido unirme a ellos.
―Lo de las clases de baile está bien, sí, pero el viejo no tiene arte para eso, él mismo lo dice.
Además, piensa que eso es para ancianos, como si él fuese adolescente aún, eso me encanta de él.
Ojalá siempre tenga esa sensación. ―Valentín le está explicando a Fran las actividades que intenta buscar para su tío―.
También está la opción de las rutas verdes o las clases de pintura.
Él quiere ir al club de lectura, aunque mi afán es que se mueva, que haga algo físico porque le hará sentirse bien, aunque no puede quejarse…
se ve bien para su edad; a veces le digo que se parece a Bon Jovi ahora que tiene el pelo blanco.
Siempre han guardado cierta similitud, también de joven. Es bastante resultón, el tío.
―Buenos días, chicos, ¿qué tal por aquí sin la veterana?
―pregunto buscando en Fran una expresión que me tranquilice, pues me temía que, al ver el sábado a Martina marcharse con Valentín, le hubiera dolido y se sintiera incómodo en el trabajo con él.
Cuando desperté el domingo, él se había ido y había colocado los cojines del sofá en orden cromático.
A estas alturas todos sabemos que algo de interés tenía puesto Fran en el argentino, y lo entiendo, porque los argentinos son irresistibles.
―Fran, te fuiste sin despedirte el domingo, qué maleducado eres ―le gruño de mentirijilla, es solo guasa.
―Uy, pues por aquí no se ha notado tu ausencia ―me dice Fran guiñándome un ojo, por si acaso no había pillado la ironía.
―Camino, qué bueno que estés aquí. Oye, una velada estupenda el sábado. Le agradecía hace un momento a Fran que contara conmigo.
―¿Qué estabais hablando de bailes y de clubes de lectura? Yo me apunto a cualquiera de los dos. ―Lo digo en serio; como me cuadre, allá que voy.
―Es el viejo; mi tío, quiero decir. Le estoy buscando una actividad para que empiece a socializar acá, para que tenga planes. Me parece que el tema de clases de baile sería una buena opción, aunque no sé si lograré convencerlo.
―A mí me parece una buena idea. Soy consciente de que mis dotes de baile son las mismas que las de una bandera, me muevo según venga el aire, pero ¿qué más da? Se supone que es para aprender.
―Camino, sería una fantasía ver cómo ondeas tu melena a son de bachata ―se cachondea Fran, que es conocedor del inexistente sentido del ritmo que me caracteriza.
―Pues, si aceptas ser mi pareja, vas a poder deleitarte. Me apunto a esas clases si tú vienes conmigo.
―Ay, cariño, sé que me retas porque piensas que te voy a decir que no… pues te va a salir el tiro por la culata: claro que voy a ir contigo. Ahora no puedes dar marcha atrás.
―¡No te creo! ―le respondo imitando el tonito snob con el que a veces bromeamos, pero es que me lo tenía que haber imaginado. Este chico es como un podenco, ya lo veo dando saltos y sin parar de moverse por la tarima.
―Valentín, saca el panfleto de publicidad, hay que mirar que días es ―le ordena Fran con ilusión.
―Vean que lo tenía en la cartera…pero no soy capaz de localizarlo. Estoy seguro de que lo guardé.
―Quizá tengas en casa a un arrepentido que finalmente ha decidido probar… ―le sugiero a Valentín con un movimiento sutil de cejas.
―Será ―responde Valentín sin darle mucha importancia y con un acento que derrite el hielo.
―Camino, reina, algunos tenemos que retomar el laburo. ―Lo de Fran y que se le peguen los acentos y palabras de otros es de traca.
―Camino, fue un gusto volver a verte ―se despide Valentín con elegancia.
―Trabajad mucho, chicos, el mundo necesita sanitarios como vosotros.
Yo me voy a dar una vuelta al centro comercial ―me recochineo delante de ellos con una sonrisa socarrona, y Fran me despide lanzándome un tozo de pan en respuesta a mi chulería.
No sabe que casi me gustaría cambiar su plan por el mío.
Esa misma tarde, me acerco al centro cultural en el que he visto en Facebook que se imparten las clases de baile «desde cero» , con la intención de solicitar información.
La chica del mostrador me informa de que esta mañana se ha cubierto la última plaza.
Una joven muy esbelta que lo escucha al pasar a nuestro lado se dirige a la de recepción:
―¿Ella está interesada en las clases? ―¿Por qué no me lo pregunta a mí? ¿Hola? Estoy aquí delante.
―Sí, estoy interesada, pero me comentaba tu compañera que el cupo para el turno de tarde está cubierto.
―Somos impares y necesitamos chica para completar, así que si te interesa puedes empezar hoy mismo.
―¿Cómo que hoy mismo? ¿A qué hora…? Yo estaba solicitando información…
―Por esa puerta de allí. ―Me coge de los hombros, me da la vuelta y me dirige a una sala para que empiece… ¡ahora mismo!
―No vengo preparada, no sabía que…
―¡Cero excusas, empezamos en dos minutos!
Tengo que pasar a clase. Qué aventura, no contaba yo con asistir a baile de esta guisa, pero vamos con ello. Lo malo es Fran, él iba a ser mi pareja. Se lo explicaré luego.
Antes de que me dé tiempo a ser consciente, me encuentro alistada en filas con personas que no conozco de nada, todas colocadas en líneas de seis frente a la profesora. Como he llegado la última, me toca en la fila de atrás del todo, y casi lo prefiero. La discreción siempre permite la observación.
―Hoy haremos unos minutos de calentamiento y repasaremos los pasos de bachata aprendidos ayer. De momento todo desde el sitio, no nos ponemos en pareja. ¡Comenzamos! Estiramos los brazos arriba, a la derecha cogiendo una mano con la otra… ―instruye la esbelta.
Yo voy siguiendo los pasos que ella propone. Me está pareciendo una clase de lo más elemental. Aunque solo sea por los estiramientos, me va a venir genial.
La profe nos sigue a todos con la mirada y se para en un caballero de la primera fila para animarlo por su escaso esfuerzo en los estiramientos.
―¡Vamos, hombre! Hay que elevar los hombros. ¡Lo intentamos de nuevo!
La sesión transcurre con total normalidad: estiramientos, unos pasos sencillos de bachata…
Me ha dado un poco de vergüenza porque llevaba puestas dos pulseras de caña de metal y, claro, he estado amenizando los pasos con su repiqueteo.
Pero no es culpa mía, no iba preparada para las clases, me han plantado allí y yo he obedecido.
No importa. ¿Quién me lo iba a decir a mí esta mañana?
Esto de levantarte y dejar al día que me vaya sorprendiendo es una sensación a la que me podría acostumbrar.
La clase termina y, como estaba situada en la última fila, me voy la primera. No he tenido oportunidad de socializar antes con mis compañeros, por lo que no me paro en los corrillos a hablar o a comentar la jugada. Tardo poco en salir del centro cultural.
Deben de ser cerca de las nueve cuando regreso del paseo con Serrat.
Ducha, crema, manta, vela, sillón y libro.
Me dispongo a empezar, esta vez sí, el libro de Dicker, pero me doy cuenta de que no lo tengo en la mesita de fumador. Lo dejé en la mesilla de mi dormitorio el sábado, cuando supuestamente lo iba a leer y al final se quedó sin abrir para pensar en Lorenzo.
Voy a subir a buscarlo.
Mejor no.
Vuelve a ganar Lorenzo.
Me siento sin nada en las manos cuando reparo en la estantería. El diario en blanco que estuve ojeando el otro día se ha quedado más fuera que los demás libros y eso me da un pelín de TOC, por lo que me levanto a alinearlo. Sin embargo, no lo coloco. Lo cojo y me voy a mi sillón con él.
Esta noche no voy a leer ni pasaré el rato pensando en Lorenzo o en las cosas que podrían haber sido en mi vida y no fueron. Creo que voy a escribir. Sin guion, sin patrón. Voy a dejar salir lo que hay dentro de mí.