Chinara. El tren pasa tres veces 7. ¿CON QUÉ PERMISO?
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7. ¿CON QUÉ PERMISO?

Camino

Ya en mi dormitorio, con todo en calma, me dispongo a quitarme el traje social para enfundarme un pijama desparejado.

No creáis que porque la parte de arriba sea de un modelo y los pantalones de otro no pegan; la verdad es que va genial.

Me gusta verme mona, me siento bien, y eso que es solo para mí.

Alma, mi psicóloga, dice que eso es muy sano, que no lo sería si mi preocupación o insistencia por ir bien vestida fuese para agradar a los demás o buscar su aprobación.

En mi caso, no necesito el visto bueno de nadie (hoy me he cambiado de ropa por participar de la ilusión que tenía Fran con el modelito que me ha regalado).

Estropeo un poco la armonía con una diadema de nubes que me regaló Martina, pero no nos vamos a poner tontos, van a ser los cinco minutos en los que me desmaquille y ya.

Cuando veo mi cara limpia frente al espejo, de nuevo experimento dos tipos de sentimientos: por un lado, vuelvo a ser consciente de que tengo sesenta y cinco años y que soy una jubilada.

Sí, una jubilada. Es que es así. Pienso por un momento que el grueso de mi vida ya ha pasado y con él muchas oportunidades como estudiar algo más, ilusiones a largo plazo o…

el amor. Hay una voz interior que a veces me habla (en mi cabeza suena como la voz de Alma, mi psicóloga) y me dice que no sea dramática, que las de mi edad antiguamente se dedicaban a hacer ganchillo y atender su casa, y ahora vamos a pilates, a clubs de lectura y a conciertos.

El segundo sentimiento es que no. No quiero. Sigo mirándome al espejo y ahora no me centro en mi cara, me fijo solo en mi mirada, y no veo a una vieja, veo a Camino, me veo a mí. Y me encuentro en ellos. Soy la de siempre, y mi interior siente las mismas ganas de todo que ayer o que hace diez años.

Como soy tan peliculera (tiendo a explicarlo todo con imágenes y ejemplos muy gráficos), me viene a la mente la escena en la que Bella reconoce a la Bestia una vez ha vuelto a ser un príncipe, porque lo mira a los ojos y ve que es él, con otro físico pero él, al fin y al cabo. Eso siento yo cuando me miro a mí.

Me guardo esa píldora de fortaleza dentro de mí, sabiendo que en algún momento volveré a necesitar experimentar esa sensación, y me dispongo a tumbarme en la cama a leer el libro que compré en Laie, ya que, por una cosa o por otra, aún no lo he empezado.

Me distraigo mirando la portada, los colores, los animales… El libro es lo nuevo de Dicker: La muy catastrófica visita al zoo .

Los animales que salen en la portada son variados, pero yo me paro en el gorila; me recuerda a los gorilas del río Cross, que está en Nigeria. De nuevo enlazo: gorilas-Nigeria-Lorenzo.

Ya estamos otra vez. ¿Qué me pasa estos días con Lorenzo?

Es cierto que nunca se ha ido de mi cabeza, de mis pensamientos. Pero últimamente lo tengo más presente. Hay épocas en las que el sentimiento está dormido, esto debe obedecer a que mi mente esté más ocupada o qué sé yo, y luego hay otras veces que no puedo quitármelo de la sesera.

Hay noches en las que se cuela en mi sueño, y es tan real…

Me dice cosas, me habla, me tranquiliza, vivimos nuestro amor como si no hubiese terminado.

A veces, dentro de la burbuja, soy consciente de que estoy dormida y lo agarro fuerte de la mano para que siga conmigo cuando despierte, pero eso no sucede.

Cuando despierto me da muchísima rabia porque me doy cuenta de que no era real, y a pesar de ello continuo en el mood de ese pasaje vivido mientras dormía.

No consigo salir de la atmósfera en la que he estado toda la noche, como si lo hubiese vivido de verdad.

Me da coraje, y a veces hasta lo maldigo hablando sola y le pregunto con qué derecho se mete en mi cabeza para fastidiarme la semana.

Porque no me dura la tontería un día… a menudo se queda unos cuantos.

Otras veces, me despierto con una sonrisa después de haber soñado con él y agradezco al universo que nos haya juntado, aunque sea solo en una especie de metaverso.

Aprieto la almohada contra el pecho y me gusta imaginar que él también ha estado en el mismo sueño y que se siente igual que yo.

Luego me doy una torta y me prometo no leer más comedia romántica adolescente.

Ya hablando en serio: me preocupa el tema y he llegado a contárselo a Alma.

Pero no me gusta lo que me responde. Menos mal que Alma es psicóloga y no oncóloga, porque te suelta las cosas a bocajarro y sin preámbulos.

No tiene mucho tacto, pero consigue impacto en los que nos encomendamos a ella para cuidar nuestro nido de cucos.

Yo se la recomendaría a todo el mundo. No tengo un problema en particular que desee tratar, y conversar con ella me hace sentir muy bien.

Alma es como un supermercado de herramientas para la gestión emocional.

Es verdad que no te soluciona la papeleta, no es su trabajo, pero te da la pista que necesitas para comprender, para entenderte, para entender a otros.

Volviendo a las parábolas y los ejemplos gráficos, no te da peces, te enseña a pescar.

El caso es que lo que opina Alma sobre Lorenzo es que es imposible que siga enamorada de él cuando hace tantos años que no hemos tenido contacto de ningún tipo.

El amor, si no se riega, se pone pocho, y nosotros no hemos regado nada desde que aquello terminó.

Ella dice que lo que me pasa es que añoro cómo me sentía en esos días, la felicidad que me inundaba, quién era yo estando a su lado.

Dice que es eso lo que mi subconsciente está echando de menos y no a Lorenzo en concreto.

Piensa también que esa sensación la podría volver a experimentar, pero que hasta que no deje de asumir que va unida a Lorenzo no la podré encontrar con otra persona.

Vamos, dicho de otra manera (de nuevo ejemplos gráficos; si veis que me paso me cortáis): hasta que no vacíe la botella, no la puedo volver a llenar.

Lo bueno de hablar con Alma es que le hago caso según me interese. Al final la entiendo, y hasta creo que tiene razón, pero me niego a vaciar la botella del todo. Siempre dejo un culín.

Esta noche, el libro de Dicker está genial sobre mi nórdico finito de otoño, y ahí va a descansar, porque decido montarme mi propia película.

Como diría Luis Miguel, «voy a apagar la luz para pensar ti» .

Voy a pensar en él. Voy a recrear momentos, sensaciones, miradas.

Voy a emborracharme de Lorenzo a sabiendas de que mañana me espera resaca emocional; cuando despierte será domingo y desayunaré con Fran, que imagino que seguirá con el concierto en graves que está ofreciendo desde mi sofá.

Él me ayudará a que los espesos coletazos del sueño (si es que Lorenzo aparece en él como deseo ahora mismo) se disuelvan con sus comentarios sobre Martina y Valentín.

Estoy segura de que va a querer salsear ese asunto.