Chinara. El tren pasa tres veces 6. LA FIESTA
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6. LA FIESTA

Camino

A falta de una hora para que los invitados empiecen a llegar, Fran hace su aparición en el salón de mi casa. Parece una estrella. Se nota el esmero que ha puesto en su outfit , aunque, para mi gusto, ha elegido un dresscode algo excesivo tratándose de una cenita informal de amigos.

Por el contrario, a él le parece que el mío es demasiado sobrio, por lo que, sin siquiera saludar, lo primero que sale de su boca es una desaprobación.

―Reina, entiendo que aún tienes que arreglarte, ¿verdad? Buenas tardes, queridas, tan divinas como siempre ―elogia a mis amigas haciendo el ademán de darles dos besos a cada una, sin llegar a tocar las capas de maquillaje que las envuelven.

―Yo también te quiero, Fran. Tan puntual como siempre. ¿Qué le pasa a mi ropa? ―pregunto a la vez que me levanto del sofá para darle un achuchón cariñoso.

―No le pasaría nada si tu objetivo al elegirla fuese una entrevista de trabajo en la oficina de una financiera, pero resulta, Camino, que hablamos de una fiesta en tu honor, en la que eres la protagonista. Mi Instagram va a vetar las fotos como no vayas ahora mismo a cambiarte.

―Fran, sabes de sobra que no tengo ropa de otro estilo. Lo mío son los básicos elegantes y bien aderezados con complementos.

―Sí, cariño, lo sé, y como suelo estar en todo… ¡tachááááááán! Aquí tienes, mi regalo de jubilación. ―Y, extendiendo el brazo con una sonrisa estática, me muestra una bolsa que se supone que debo coger y además agradecer.

―No tardo ―expreso con tono mohíno y guiñándole un ojo a modo de complicidad, y me dirijo a mi habitación rezando por que al menos el outfit de mi «estilista» no esté impregnado de lentejuelas.

Cuando bajo al salón, ataviada con un traje chaqueta, pero esta vez rojo y de falda lápiz, el número de invitados ha crecido. Ya se encuentran tomando un vino mi hermana y mi sobrina Martina, así como un par de compañeras del centro.

―Creo que ya es el momento de salir. Camino, ¿estás preparada para tu sorpresa? ―pregunta el maestro de ceremonias mirándome con ilusión y dando palmaditas muy rápidas. No puede aguantarse, es así.

―Veamos qué has preparado ―autorizo dando paso con la mano, y los invitados se colocan detrás de mí.

Cuando abre los ventanales del salón que dan al patio, me llevo las manos a la boca y los ojos se me abren como platos al ver cómo se lo ha currado.

Todo está precioso, perfectamente cuidado.

En un rincón, el número sesenta y cinco de más de un metro de alto en madera blanca y decorado con algunos buqués en beige y dorado.

El contraste con el césped natural que cubre el suelo del patio queda de ensueño.

Las luces led rodean las cuatro paredes a modo de blondas y la mesa está meticulosamente montada, con velas al centro y un camino de flores a juego con las del número sesenta y cinco.

El mantel de color hueso, neutro para que lo demás tenga su protagonismo.

Y el único punto de distinción lo dan las servilletas que cada uno tiene sobre su plato.

Son de color rojo como mi traje, y Fran las ha conseguido presentar en forma de rosa.

―Pero, Fran, cariño, ¡ven aquí! Qué espectáculo, de verdad, es todo precioso.

Muchísimas gracias ―le agradezco en un gran abrazo e intentando condenar a toquecitos la primera lagrimilla de la noche con el dedo anular, para a la vez evitar que el rímel empiece a deslizarse por mis mejillas empolvadas.

―No creas que es todo obra mía, he tenido un séquito de ayudantes que han hecho posible que no te dieses cuenta de nada. ―Señala a mi sobrina Martina y a Claudia, que estaban una junto a la otra.

―¿Y yo qué? ―pregunta Montse como una niña pequeña.

―Sí, cariño, tú también ―la tranquiliza Fran casi sin prestarle atención. Estos dos andan siempre como el perro y el gato. Cuando están juntos, los niños que llevan dentro afloran y son capaces de competir por ver quién tiene el vaso más lleno.

―Tía, te falta el rincón sentimental ―me indica Martina, señalando una esquinita que, imagino, habrá montado ella.

Me dirijo al rinconcito sentimental y me quedo parada antes de llegar, pues se trata de un montón de imágenes que resumen mi vida, desde pequeña hasta el día de hoy. Todas están colgadas en cordoncitos marrones con pincitas que emulan a las de tender la ropa, pero en miniatura y de color dorado.

Empiezo a revisarlas y descubro fotos mías de pequeña, de mis padres (primera lágrima, pues ya no están conmigo ninguno de los dos), de Elena, de nuestra juventud, de Montse y Claudia superjóvenes…

qué fuerte. Todos forman un círculo a mi alrededor y se fijan también en las fotos.

Van señalando y comentando en un murmullo que oigo lejano, porque yo estoy repasando a la velocidad de la luz mi vida.

En mi cabeza escucho a mi madre, a mi hermana, a mis amigas…

revivo cada una de las fotografías hasta que llego a una en especial y me quedo bloqueada.

Soy yo, en Nigeria, con tres niñitas en las rodillas que juegan con una botella de plástico, la cual utilizan a modo de catalejo.

Detrás de nosotras, se alza la figura de Lorenzo, el argentino del que os he hablado anteriormente.

Qué guapo estaba. No me corre ninguna lágrima, pero el estómago se anuda.

Prefiero no hacer caso a los sentimientos que se me arremolinan en el pecho y paso a los siguientes retratos.

Para salir de esa burbuja sentimental hago lo de siempre. Dejo a un lado lo que me incomoda y sigo con lo fácil, que es disfrutar de la fiesta, de la música y de la compañía.

El círculo se empieza a disipar y las botellas de semidulce a descorcharse. La música de ambiente es ideal, pues es una playlist de canciones de todo tipo cantadas por alguna chica actual de un modo muy chill . La ha elegido Fran, y ha acertado.

Cuando ya se han formado varios círculos entre los invitados, me dispongo a elegir a cuál unirme, pero mi teléfono vibra. Lo cojo extrañada y leo en las notificaciones que es un mensaje de Valentín.

Valentín:

Abrime, please , no escuchan el timbre.

Yo:

Salgo enseguida disculpa.

Me dirijo a la puerta del patio, que también da a la calle, y recibo a Valentín, que aparece tan sonriente, tan adecuado y educado.

Le estoy dando dos besos para posteriormente agradecerle por haberse acercado cuando un tornado de color amarillo brillante se aproxima desde la lejanía como una flecha de punta fina para arrebatar al recién llegado de mis brazos.

―Valentín, qué bueno que viniste ―lo saluda Fran con efusividad; él es el tornado, y además su acento se mimetiza con el del recién llegado. Así es Fran, camaleónico según la necesidad de la situación―. Pasa, te enseño el rincón del vino…

Vuelvo a quedarme sola, buscando un círculo al cual unirme, y me detengo en un puf enorme que hay al lado de una mesita baja de café.

Decido sentarme y observo lo afortunada que soy.

La suerte son ellos; la gente que ha venido hoy a acompañarme en este cambio de tramo es quien me quiere, es mi clan.

Y no está nada mal. Pero enseguida comienzo a analizar la vida de cada uno de ellos, a preguntarme qué harán cuando lleguen a casa…

Y no es porque sea un tema que a mí me cause necesidad, sino que se enlaza con el pensamiento de mi propia vida.

Qué sucederá cuando se vayan esta noche.

No habrá nadie. Solo yo. Y no está mal. Mañana es domingo, perfecto para recoger las cenizas de este maravilloso encuentro y descansar para así el lunes…

Un momento, ¿el lunes qué? Ese día no vendrá Fran a las diez y media a tocar mi puerta para el café, porque no tengo que ir a trabajar.

El lunes, Claudia y Montse estarán cada una en sus asuntos.

Nunca pensé que enfrentar el paso a la vida tranquila me traería tantos dilemas.

Me encuentro sumida en mis pensamientos mientras miro a unos y otros y observo una escena que me enternece y me mulle el corazoncito por dos motivos.

Veo a Martina, mi sobrina, que no hace más que otear a Valentín, el último en llegar a la fiesta.

Observo desde lo lejos que él aguanta una charla acelerada de Fran, que le estará contando lo emocionante de haber preparado la decoración, de dónde ha comprado su última chaqueta o el show de alguna popera al que haya acudido la semana anterior.

Siempre hay alguno. Volviendo a Martina: es tierno ver cómo se fija en Valentín con elegancia, escondiéndose tras su copa de Alma.

Valentín encuentra su mirada por encima del hombro de Fran, al que supongo que ha muteado en su cabeza para disfrutar del verde de los ojos de ella.

La secuencia sucede en un momento, aunque yo observo todos los detalles con detenimiento, y no sé si es por la edad (porque experiencias similares no he tenido el placer de conocer muchas) que aun así me atrevo a vaticinar el final de ese baile de miradas.

Feliz para Martina y Valentín; triste y decepcionante para mi Fran.

Una sonrisa condescendiente se me dibuja en la cara cuando decido encender un cigarro.

No me voy a levantar de momento. Voy a disfrutar de todos en la distancia durante un ratito y voy a charlar conmigo, con la nueva Camino, que también me hace falta.

Me encuentro en una pompa perfecta, en mi puf, en mi patio y fumándome mi cigarro cuando el tornado me saca a empujones de mi ensimismamiento.

―Vamos, Camino, Valentín nos ha propuesto un juego que es popular en las fiestas de adolescentes en Argentina. Se trata de decir un nombre de per-so-na ―especifica como si a mí me costase entender― con la letra que el de enfrente te diga. Si no aciertas, bebes un trago de tu copa.

―Venga, Fran ―respondo arrastrando las vocales de la oración―. ¿Qué tenemos, quince años?

―En tu caso… multiplícalo por cuatro, querida, pero ¿qué más da? Vamos a divertirnos un rato.

Los invitados que quedan, que ya son menos, están muy por la labor de hacer el jueguecito, y yo me uno para no ser la nota discordante en mi propia fiesta.

―¡Con la V! ―comienza Claudia señalando a Montse, que ya va a gustito esta noche con los vinos.

―¡ Várbara ! ―grita Montse muy contenta, para después quedarse seria como una sota cuando se da cuenta de que ha metido la gamba y que ese nombre comienza con B.

―¡Bebe, bebe, bebe…! ―gritan todos, y ella, ni corta ni perezosa, se mete entre pecho y espalda lo que le quedaba en la copa. Es que esta mujer no atasca.

Tras unas cuantas rondas, llega el turno de mi hermana, y ella mira a Martina para que sea la siguiente que responda un nombre. Quiere ponérselo fácil para que no beba (las madres siempre son madres, aunque las hijas tengan más de veinticinco).

―Martina… ¡Con la L!

―Lorenzo… ―respondo yo tranquilamente, casi en un susurro, sin ser mi turno ni dirigirme a nadie en concreto. Pero el grupo me mira a mí, aunque no todos entienden por qué he contestado y por qué esa respuesta.

―Qué lindo, así se llama mi tío ―dice Valentín―. En su época había muchos Lorenzos, ya saben… esto de los nombres va por modas.

Los demás empiezan a vociferar, a reír, siguen con el juego… me increpan por saltarme el turno, pero yo ya no los escucho, están de fondo. Consigo escabullirme del jaleo y vuelvo a mi puf, encontrándome incómoda.

Lorenzo.

Otra vez.

No puedo pararme ahora a revolcarme en los recuerdos y en la pena que me da acordarme de él, hoy no es el día.

Me dirijo a mis invitados, ya con un zumo de arándanos en la mano, pues no me apetece nada que contenga alcohol.

―¿Dónde está Martina? ―pregunto al darme cuenta de que mi sobrina no está entre los pocos que quedan.

―Se encontraba indispuesta y se ha marchado.

Va-len-tín la ha acercado a casa, se ha ofrecido porque él también tenía que irse ya para echar un ojo al viejo, o eso nos ha dicho a nosotros, claro.

―Fran me responde con un tono que denota que no le ha hecho mucha gracia, pero nadie tiene la culpa.

El pobre Fran ha descubierto que Valentín no entiende el amor cómo él y, aunque no está enfadado, se ha desinflado un pelín.

―Ven aquí, cariño. ―Lo consuelo dándole un abrazo y le propongo un plan al oído―. ¿Noche de pijama y helado?

―Si insistes… ―me contesta haciendo como que accede por compromiso, pero en el fondo es una fantasía para él. Quedarnos a ver pelis de las divas de la edad de oro es un plan que le apasiona.

Unos y otros se van marchando, y cuando despido a mi hermana, la única que queda aparte de Fran, vuelvo a caer rendida en el puf.

Observo a mi alrededor y veo que el tornado amarillo está tumbado en el sofá, con la boca abierta y sumido en un sueño profundo.

¿Qué tendrá ese sofá? Creo que a Fran la energía se le termina de golpe, igual que le viene se le va.

Decido arropar a ese mar de lentejuelas con mi mantita de pelo de confianza.

Le aparto el flequillo peinado a conciencia para besarle la frente y allí lo dejo descansar.

No habrá película para él, y yo auguro una nochecita toledana para mí. Lorenzo aún sigue en mi subconsciente.