Chinara. El tren pasa tres veces 5. PREFIESTA
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5. PREFIESTA

Camino

Diez y veintinueve de la mañana del viernes previo a la fiesta y de mi último día como médico de familia (porque médico voy a ser siempre, aunque me jubile; eso lo lleva uno dentro si es por vocación).

Tres, dos, uno…

―¡Caminoooo! Te esperamos en «la café» ―me avisa Fran con un simple toquecito en la puerta de mi todavía consulta.

Su voz se va alejando mientras suelta el rollo a la carrera, imagino que torturando a Valentín.

Con lo que me gustan a mí la calma y el sosiego.

Cuando estoy con Fran me doy cuenta de que tiene una vitalidad envidiable, parece que está enchufado a la luz.

También pienso en si yo no la tengo por mi edad, y otras veces siento que sí que la tengo, que está ahí, pero dormida.

Me uno a ellos en la mesita de siempre y Fran comienza a pensar en los detalles de la fiesta; tiene una playlist preparada con canciones para cada momento y me ha pedido las llaves de casa para decorar el jardín sin que yo lo vea.

―Que sí, tú déjame hacer, que así es una fiesta sorpresa ―me suelta todo entusiasmado.

―Sorpresa, sorpresa… no es ―apunta Valentín entre dientes.

―Tú hazme caso y vete el sábado temprano a la pelu, te arreglas un poco esa mata de pelo y te tomas la mañana para ti. Cuando llegues, no salgas al jardín, que si no lo estropeas. ―Fran me estresa, gesticula tanto al hablar que se le podría entender igualmente sin emitir sonidos.

―Tú mandas, eres el jefe. He enviado algunos mensajes: Claudia y Montse vienen, mi hermana Elena y mi sobrina también…

―¿Viene Martina? Qué raro, me extraña que tu sobrina no tenga cita con alguna famosa en la clínica, o esté en el gym , o se vaya a hacer las uñas…

―farfulla Fran, que le tiene un poquitito de envidia porque posee su propia clínica de medicina estética, y ese es el sueño del chico desde la adolescencia.

―Claro que vendrá, no seas cascarrabias, si luego te pasas el tiempo haciéndole preguntas sobre sus clientas. En el fondo te encanta. ―Le guiño un ojo.

* * *

Once de la mañana del sábado; ya han pasado mis primeras horas como jubilada y ni me he enterado.

Si todas fuesen así, creo que podría acostumbrarme.

Después de la pelu, me he dejado caer por ZARA y me he dado un capricho: esta noche voy a estrenar un traje chaqueta de color negro.

Lo voy a combinar con una camisa blanca básica y unas Adidas Spezial en beige .

Mi collar de plata de eslabones de UNO de 50 imprescindible.

El pelo lo llevaré suelto y ondulado; reconozco que he tenido la tentación de cortármelo, pero me encanta mi melena larga y plateada y me ha dado pena.

Cuando estoy pasando por la puerta de Inside casa Amatller, noto que mi móvil vibra y suelto las bolsas de golpe en el suelo.

Lo desbloqueo, son las chicas en el grupo.

Un grupo de WhatsApp formado por tres amigas cortadas por el mismo patrón, cada una con una personalidad muy distinta: Claudia, Montse y yo.

Claudia:

¿Quién quiere un café?

Montse:

No me vendría mal, termino de planchar un par de cosas y voy donde digas. Total, hoy no trabajo y el hombre cojín se ha empeñado a hacer su función desde por la mañana. ¡Qué aburrimiento de hombre!

Yo:

Os veo en Forbit , pero si tardáis puede que cuando lleguéis no haya chocolates… tengo una ansiedad…

Montse:

Mira la jubiletis , a ver si ahora vas a ponerte como un barril… que hasta los sesenta y cinco has mantenido la talla treinta y ocho, pero con eso de la buena vida…

Claudia:

Mira la otra, tienes el mismo tacto que una lija.

Montse:

[corte de mangas]

Claudia:

[emoji enfadado]

Claudia es muy comedida y elegante, mientras que Montse es todoterreno y sin filtros. Claudia no tiene ni idea de usar emojis, pone los que le da la gana, aunque no vengan a cuento. A mí me enseñó Fran.

Las amo a las dos, cada una me aporta lo mejor de sí, y yo creo que estoy en el punto medio de esas dos personalidades tan dispares: ni calva ni con dos pelucas.

En lo relativo al amor, Claudia vive una relación muy tradicional.

Lleva con su marido desde el instituto, y se los ve felices.

Hacen planes juntos y cuando se miran aún saltan chispas.

En cambio, Montse siempre está refunfuñando de Gregorio, quien para mí es un tío simpático, me cae bien, pero, no sé, como pareja es verdad que el hombre es muy limitado.

Montse necesita más acción, y eso algún día saldrá por peteneras, ya lo veréis.

En lo profesional, Claudia tiene un estudio de decoración y su marido una inmobiliaria.

Trabajan juntos en muchos proyectos, pero no tanto como para discutir, solo lo justo.

Montse, por el contrario, es propietaria de una franquicia de peluquerías, y ella ya ni aparece por allí.

Ella se reúne con sus gestores para ver números y poco más.

Su marido está prejubilado, y anda siempre con un ordenador y varios teléfonos…

creo que se dedica a algo relacionado con la bolsa e inversiones.

Un empleo gris, a mi parecer, a pesar de que debe darle buenos rendimientos.

Nos reunimos en la cafetería y el rato se nos hace tan ameno entre risas y chismes que, sin darnos cuenta, nos han dado las dos de la tarde y no tenemos ninguna gana de comer.

Nos hemos puesto finas de café, pastas y una tartita de queso al centro.

Decidimos terminar con un gin-tonic para hacer bien la digestión e irnos a mi casa de una.

Ellas ni pasan por la suya (no les hace falta, van siempre impecables, aunque solo sea para bajar al quiosco a por la prensa).

Cuando las tres llegamos a casa, nos encontramos solo a Serrat, esperando a que lo saque de paseo. Noto en su mirada algo de reproche, como si me estuviese reclamando el haber tardado más de lo habitual.

―Ponte a arreglarte, Camino, que hoy es tu día, nosotras le damos una vuelta mientras tanto. Eso sí, déjanos unas zapatillas de deporte porque no vamos a ir a pasear con tacón ―se ofrece y a la vez pide Montse.

―Las tenéis en el zapatero de la entrada, yo subo a vestirme y enseguida me reúno con vosotras en el salón. Fran dice que no salgamos al patio hasta que no venga él. Es una fiesta «sorpresa» ―expreso gesticulando las comillas con ambas manos.

Me entretengo algo más de lo habitual en arreglarme.

Me siento frente al tocador para los últimos retoques (tengo la sensación de que en las peluquerías nunca me dejan el pelo como a mí me gusta, suele resultar demasiado colocado al detalle y yo prefiero más la melena ligera, como si no la hubiera peinado tan a conciencia) y cuando lo tengo «despeinado» a mi gusto y me dispongo a levantarme de mi silloncito…

me quedo mirando el reflejo que devuelve el espejo.

Me fijo en los ojos de esa mujer que veo frente a mí y, aunque me resulta muy familiar, creo que no la reconozco del todo.

Es Camino, la que se acaba de jubilar, la que está orgullosa de todo (o casi todo) lo que ha hecho en la vida, y sin poder evitarlo surgen de nuevo las dudas de si no hay cosas que le pesa no haber explorado.

Con un aspaviento de cabeza y los ojos cerrados, salgo de la meditación improvisada en la que me había sumido y decido bajar al salón a reunirme con las chicas, donde me encuentro una estampa digna de las comedias americanas: Claudia y Montse están tiradas cada una en un sofá, resoplando en una siestecita (la copita imagino), y Serrat frente a ellas mirándolas fijamente y sintiendo vergüenza ajena.

No me atrevo a despertarlas y, como aún vamos con tiempo, decido darles una media horita para que carguen la batería y me doy un paseo sigiloso por mi estantería de libros.

Los he leído todos. La verdad es que no me gusta acumular, aunque a veces he pecado y he llegado a tener más de tres pendientes, pero es algo que me pone nerviosa e intento evitar.

Me dispongo a dejar atrás la estantería para salir al pasillo y me paro en seco porque advierto que hay uno que nunca he abierto.

Vuelvo a ella y lo cojo. Es el libro que me regaló el Obi del poblado nigeriano por conseguir, junto a Lorenzo, salvarle la vida a su hijo.

Recuerdo que estaba en blanco; siempre me ha dado penita estrenarlo porque es bastante singular y especial, y jamás he anotado nada en sus páginas, aun sabiendo que son hojas vacías esperando a ser tatuadas con historias, referencias, notas o listas de la compra.

Me dispongo a abrirlo para olerlo, para transportarme a aquellos días, cuando una alegría inmensa me invade al leer en una especie de portadilla interior el nombre de «Chinara».

Chinara es una palabra de allí, pero la verdad es que nunca me he parado a pensar en su significado. Lorenzo solía llamarme así a modo de broma, pues el Obi lo dijo muchas veces cuando nos entregó los ejemplares. Lorenzo tenía otro cuaderno igual que el mío.

Antes de volver a dejarlo en su sitio, recuerdo la charla que mantuve con Fran sobre escribir mi vida; decido que quizá es buen momento para hacerlo y, además, un gran motivo para estrenar esta especie de diario. Lo voy a hacer. Creo que incluso podría ponerme con ello ahora mismo.

―¡Camino! Hija, no sé qué ha pasado, pero esta momia lleva aquí una hora emitiendo unos ruidos respiratorios que me están haciendo castañear los dientes ―suelta Montse al despertarse sobresaltada, como si ella no hubiera estado durmiendo.

―Vaya por Dios, ahora resulta que tú estabas despierta ―se molesta Claudia, colocándose el pelo con los dedos a la vez que se despereza.

―Yo no estaba durmiendo, estaba descansando los ojos, que no es lo mismo.

―Venga, chicas, que va siendo hora de prepararnos porque Fran y los invitados deben estar a punto de llegar. ―Estas dos son un cuadro.