Chinara. El tren pasa tres veces 4. LA VIEJA
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4. LA VIEJA

Camino

Anoche en mi paseo anduve muy sumida en recuerdos.

A veces está bien. Pero en esta ocasión me adentré en la biblioteca que todos tenemos al fondo.

En ella, las historias más antiguas de nuestra existencia se encuentran en estanterías muy altas, y las que nos evocan nostalgia, en un tono azul tristón, están incluso encerradas en cajas.

Y eso hice yo.

Me dediqué a desempolvar cajas de imágenes y vivencias de mi juventud, porque una de las historias que tenía bien al fondo me estaba llamando como un canto de sirena hasta que llegué a ella.

No puedo calcular los pasos que di ni los cigarrillos que me fumé recreándola, pero me temo que fueron bastantes, pues Serrat estaba cansado y llegó un momento en que se negó a continuar andando.

Viajé en un segundo a Nigeria. He pasado muchos años de mi juventud en comunidades africanas como médico voluntario y, sobre todo, colaborando en campañas de vacunación para esas poblaciones tan desfavorecidas y olvidadas. Porque lo son. Le pese a quien le pese.

He viajado por todo el planeta entregando mis conocimientos a la ayuda humanitaria y esa es la sensación más placentera del mundo.

Al menos lo fue para mí, que no he hecho muchas más cosas en la vida.

Esto tiene su parte buena y la mala. He ayudado a montones de hombres, niños y mujeres que necesitaban de la medicina y cuidados especiales para poder sobrevivir, así como vacunaciones para no contraer enfermedades a las que estas comunidades están destinadas desde antes de nacer.

La parte menos buena es que les he entregado los mejores años de mi vida.

Mis continuos viajes, las largas temporadas en otros continentes y la dedicación a mi vocación han ocupado mi persona, y no me he parado nunca a pensar en mí, en si me interesaba conocer a alguien y formar una familia, en si tenía algún hobby o alguna otra meta personal fuera de la medicina.

Me lo planteo ahora, que me siento vieja y… algo sola.

Si digo que no he sentido lo que es el amor, miento; lo he tenido de veras, sobre todo en los ojos de esas personas que no entienden tu idioma, pero te hablan con la mirada y te darían su alma en agradecimiento si fuera necesario cuando ven que has curado a su hijo o a su padre.

Esa gente no tiene prisa, no tiene ego, aunque sienten como tú y como yo.

Sin embargo, me estaba refiriendo al amor de pareja.

Amor entre dos. A decir verdad, una vez estuve muy cerca, cuando conocí a Lorenzo, un médico argentino que se pasó quince días prácticamente sin dormir, conmigo, juntos mano a mano intentando salvar la vida de Kelechi, el hijo del Obi del poblado (que viene a ser como la máxima autoridad allí).

Volviendo a lo que estaba comentando antes: anoche, en mi paseo con Serrat, hubo momentos en que cerré los ojos y viajé a Nigeria, donde Lorenzo y yo coincidimos a mis treinta años, allá por los noventa.

Sentí revivirlo todo. No fueron más de tres meses los que pasé a su lado, pero a mí me bastaron solo dos minutos para quedar prendada.

Me enamoré de él sin verlo. Os pongo en contexto: se organizó a las afueras del poblado una especie de pabellón improvisado a base de lonas y estructuras de madera.

Las separaciones entre departamentos se hacían con ramas y hojas, al más puro estilo peli de Tarzán, y una tarde, cuando Lorenzo (intuyo) acababa de vacunar a un niño de unos seis años, me deleitó, sin saber que yo estaba muy cerca, con el monólogo más bonito y sincero que he escuchado a día de hoy.

«Tranquilo, pequeño, ya está. No tengo mucha idea de Dios ni religiones, ni de cómo ellos pueden velar por ti, aunque de lo que estoy seguro es de que tu mamá te quiere, con todo su corazón.

He visto cómo te mira, ¿sabes? Ella es la única que entregaría su vida por ti si fuese necesario.

Toma su mano siempre que algo te inquiete; no sé ofrecerte una explicación exacta de por qué, tú confía en que eso hará que sientas una paz interior que no podrás experimentar con otra cosa.

Déjame abrazarte. ¿A qué estás mejor? Utiliza el amor y el cariño cada vez que tengas miedo o notes que alguien lo tiene a tu lado… ».

Me cayó una lágrima, no de pena ni de tristeza.

Era de felicidad. Tiendo a pensar que cada vez existe menos empatía en el mundo, que el hombre está perdiendo su humanidad, y sin eso, ¿qué somos?

Mi corazón se puso en marcha y me sirvió de brújula, indicándome que era ahí; que ahí era donde debía dirigirme, y él un camino que valía la pena explorar.

Nuestra historia no se alimentó de grandes hazañas. Fue un episodio de amor tan breve como intenso. No sé si sabré describiros bien quién fue Lorenzo para mí; incluso si lo hiciera, no entenderíais el porqué de mis delirios por él, pero voy a intentar poneros en situación.

Lorenzo y yo coincidimos en una época de mi vida en la que todo estaba por explorar; no había planes determinados, al menos para mí, que me disponía a experimentar todo lo que la vida me pusiese por delante.

Él apareció como algo que no esperaba, lo que incrementó el deslumbramiento que me provocó.

Lo conocí despacio, y fui adorando cada uno de sus gestos, sus comentarios, sus razonamientos…

Lo idealicé desde el primer momento y creo, a día de hoy, que eso fue mi perdición.

Me atraía. No era el hombre más guapo del mundo quizás, pero para mí era perfecto.

Se mostraba amable con los demás, demostró con aquella gente tan desprotegida de los poblados africanos una sensibilidad muy humana que, posteriormente, también mostró conmigo.

Yo tengo un defecto, y es que cuando se me presenta algo muy bueno en la vida tiendo a sentir que no lo merezco, y eso pensaba con Lorenzo. Lo adoraba, era como… ideal para mí, alguien que no estaba a mi alcance. ¿Cómo iba a enamorarse un chico tan especial de alguien anodino como yo?

Recuerdo la primera vez que se dirigió a mí. Fue durante una comida. Repartían arroz con pollo, yo estaba la última en la fila y él fue de los más rápidos en recoger su ración. Se acercó y me tendió el plato.

«Si no te das prisa lo comerás frío», dijo observándome fijamente. Creo que lo que sentí esa primera vez que nos miramos es lo más impactante que he llegado a experimentar.

A partir de ese momento no fueron necesarias presentaciones.

Los dos comimos de su plato como acto de apertura de lo que sería durante tres meses la era de la ilusión en mi vida.

Sí, creo que es una buena manera de describirlo.

Al principio, yo disfrutaba todas las mañanas dando largos paseos; me gustaba sentir la naturaleza, aunque, desde que comenzamos a tener contacto, no me alejaba de la zona, sino que andaba prácticamente en círculos sin alejarme, para dar pie a que Lorenzo saliese de su tienda y así, quizá, propiciar una situación en la que encontrarnos.

Solo estar a su lado me hacía feliz. No era necesario que dijese nada.

A veces, me quedaba mirándolo durante unos segundos más de lo que se entiende por normal (a no ser que seas boba o… estés enamorada perdida).

Una noche, estando los dos listos para descansar, noté que mi cortinilla ondeaba más de lo normal, y por un momento deseé que fuese él.

Fingí que estaba dormida y no abrí los ojos.

Era él. Se sentó a mi lado y me acarició la mejilla.

Yo seguí quieta, intuía sus ojos clavados en mí y mis mejillas cantaron lo que yo sentía.

Parpadeé y no dije nada, solo sonreí. Nuestras caras se acercaron sin vergüenza, sin pudor.

—Me da miedo quererte —dijo en voz baja.

—Pues yo no tengo elección —contesté bajando la mirada.

—No sé qué has hecho conmigo, no logro pensar en otra cosa, y yo no era así. Serán esos ojos oscuros. ¿Puedo besarte?

—Prueba, a ver qué pasa…

Y nos fundimos en un cálido beso. Un beso que sentí terminar demasiado pronto, porque como ese no he vuelto a experimentar ninguno. Nunca más.

Sentí una ilusión culminada, estar rozado lo imposible; yo era importante para alguien, importante para él.

Me trataba como si tuviera un tesoro entre las manos.

Siempre le interesaba mi opinión, debatíamos de muchos temas con respeto y no hubo nunca asunto alguno que oscureciera el ambiente entre nosotros.

Recuerdo cuando, de noche, nos íbamos cada uno a nuestros aposentos, ya después de despedirnos.

Había ocasiones que volvía con semblante juguetón y furtivo para darme otro beso y después escabullirse sin mediar palabra.

Me quedaba tumbada en las mantas sin querer dormirme, para poder revivirlo muchas veces.

Qué afortunada me sentía. Llegué a creer posible el irme con él a Argentina, o que él viniese a Barcelona conmigo.

Me atreví a imaginar un futuro con él, pero, como supondréis, no pudo ser.

Llegó un momento de aquel tiempo en que lo noté desinflado, su actitud en general cambió.

Hacía días que no sonreía (y eso no era habitual en él).

Sabía que algo pasaba, pero no sentía derecho a pedir explicaciones, aunque sí su deber de haberlas dado.

Al final, apresuró su partida a Argentina dejando tras él un mar de dudas.

Nunca se portó mal conmigo, simplemente debía atender responsabilidades allí, es lo único que me explicó, y yo lo acaté.

El último día antes de irse comentó que había pensado muchas veces en mandarlo todo a la mierda y quedarse.

Yo no dije nada. No quería influir en su decisión.

A la mañana siguiente me daba miedo salir al desayuno por si ya no estaba. Mi mente soñadora otorgaba oportunidad a la idea de que no se hubiera ido.

Pero se fue.

No voy a negar que he esperado desde entonces una carta, un giro que diese la vuelta a esta historia, pero nunca sucedió.

De nuevo sentí que no lo merecía, que la vida me había regalado un paréntesis idílico para no dejarme sin saber lo que se siente queriendo tanto y siendo correspondida.

Y decidí guardar esos días en una caja en mi memoria.

Jamás me enamoré de nuevo, y conocí después a personas que merecían quizá mucho más la pena, tanto es así que nunca volví a ser la misma que fui al lado de Lorenzo, todo se me hacía poco, nada era suficiente ni se le pareció.

En el paseo con Serrat volví a sentir. Recordé cómo el amor empezó a surgir sin etiquetas, sin prisas, sin planificación, sin cortejos…

nació sin más, porque tenía que ser. Fue de verdad algo precioso, y sin embargo siento que aquello quedó ahí, incompleto.

Se terminó. El tiempo y la distancia se hicieron hueco entre nosotros y no volvimos a coincidir.

Siempre he sabido que no terminó para mí.

Muchas veces he tenido la idea de buscarlo, de escribirle, pero ese tren ya pasó.

Pude hacerlo cuando era más joven, ya no hay remedio.

No sé nada de él. Supongo que llegaría a casarse, lo mismo tiene hasta nietos…

Podría haberlo intentado, no lo hice, y me escuece a veces. Ayer me estremecí cuando escuché ese acento argentino en Valentín. Porque sonaba igual que Lorenzo, que también era, o es (ojalá siga vivo), argentino.

Y vuelvo a la eterna pregunta: ¿qué habría pasado si…? Suelo confiar en el destino para cargar sobre él la mochila de la responsabilidad de mis actos. Un poco infantil, lo sé, no hace falta que me lo digáis.

Alma, mi psicóloga, dice que hay que atreverse en la vida, para lamentarse por haberlo hecho, porque eso duele menos que odiarse por no intentarlo.

Mi manía de echar a un lado las cosas que me incomodan o me resultan complicadas, y dejarlas para más tarde, me ha pasado la factura más cara de mi vida.