Chinara. El tren pasa tres veces 3. EL NUEVO
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3. EL NUEVO

Camino

Cuando entro en la cafetería me doy cuenta de que Fran está sentado en el lado de la pared, y observo que hay una mesa disponible para dos junto a la ventana. Qué raro está este hoy.

―Buenos días, don prisas, ¿cómo lo llevamos hoy?

―pregunto para ir abriendo boca, y detecto que hoy es él quien está pendiente de las musarañas en vez de enfrascarse en conversaciones superrápidas para contarme las aventuras y desventuras de su vida como acostumbra a hacer―.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ―insisto tocándole la sien como quien llama a una puerta.

Se tapa la cara con la carta plastificada de la cafetería, como si estuviese muy interesado en repasar las opciones que esta ofrece, y no me cuadra.

Ya se la sabe de memoria… De repente, empieza a hacerme señales con las cejas y los ojos para que mire hacia mi lado derecho.

Yo me parto. Es supercómico porque yo, que soy perro viejo, sé lo que me quiere decir… aunque al pobre le sale fatal.

―Sí, el nuevo. ¿Qué pasa con el nuevo? ―inquiero hastiada, pero con muchas ganas de reírme.

―He venido rápido adrede con la idea de que nos sentásemos a su lado. ―Sigue tapándose con la carta y hablando bajito―. Podemos intentar amistar con él. Parece majo. ―Vuelve a hacer gestos con las cejas arriba y abajo. Ya sé por dónde va.

―Es muy joven para mí ―le contesto también entre susurros y ahogando una carcajada. Me divierto sacando de quicio a Fran.

―¡Camino Ferrán, ya lo sé! ―exclama en bajito―. Existimos más personas en este centro, ¿recuerdas?

―Eres un tormento. ―Ya no aguanto más y mi carcajada sale libre, aunque sin hacer demasiado ruido, no es mi estilo.

Le quito la carta de un plumazo y, al verse descubierto, comienza a colocarse las gafas, estirarse la bata y a mirar para todos lados haciéndose el sueco.

Bueno, menos para donde está sentado el nuevo.

Sin más planificación, me giro hacia la mesa del nuevo y le hablo sin anestesia (a mi edad, la vergüenza injustificada ya no se lleva).

―Hola, ¿qué tal? Soy Camino Ferrán, creo que la más veterana del centro, aunque solo por tres días. ―Y le tiendo la mano a modo de saludo-presentación.

―Hola, un gusto. Mi nombre es Valentín González ―responde amable estrechándome la mano―.

¿Y vos sos? ―pregunta mirando a Fran, con un acento argentino que sé, sin que nadie me lo diga, que ha dejado sin palabras a mi joven compañero.

Y no solo a Fran. Yo me estremezco también al volver a escuchar esa musicalidad al hablar que tanto marcó mi vida una vez.

―Fran… Fran… sí, Fran Rivas. Soy su compañero de al lado. De ella, me refiero; mi puerta y la suya están… cerca. ―Qué espectáculo, sus nervios me divierten sobremanera, y es que Fran es tan transparente que no puede ocultar nada de nada.

―Si quieres, puedes unirte a nuestra mesa y te vamos poniendo al día ―invito a Valentín, y me doy cuenta de que Fran no traga lo que estaba masticando, dejándose una bola de croissant en el moflete mientras admira mi destreza para entrarles a los desconocidos.

―Em, sí, qué bueno, si me permiten estaría rebién ir conociendo a mis compañeros. ―El nuevo acepta la invitación amablemente y se sienta con nosotros en la mesa para cuatro que Fran había cogido con toda la idea del mundo. Él allana el terreno para que yo actúe. Qué malo es conocerse.

―Bueno, Valentín, lo primero, bienvenido a este centro. Estás con Aurora, ¿verdad? Es un encanto, te lo pondrá fácil.

―Sí, eso tengo entendido. Acabo de mantener una reunión con el coordinador, pero a ella no la conozco aún personalmente.

―Es un amor. Todos en general aquí son buenos compañeros, no te costará adaptarte. ¿Vives en Barcelona? Porque tú eres… ―Dejo la pregunta abierta para darle pie a que nos cuente un poco.

―Argentino, de Mar del Plata, en Buenos Aires.

Y sí, me instalé en Barcelona buscando laburo acá; vean que mis estudios de especialización en pediatría los cursé en esta misma ciudad y cuando la conocí quedé prendado.

Las cosas parecen estar saliendo a pedir de boca.

Luego vemos que tal en unos meses… ―Nos mira sonriendo porque estamos embelesados viendo cómo su sexi mandíbula se mueve al masticar.

―¿Y vives solo, Valentín? ―se interesa Fran, y al momento recibe una patada mía por debajo de la mesa. Entiendo que esa cuestión no viene a cuento cuando estamos aún con las presentaciones.

―Vine yo solo, hace un mes, para conocer el piso que la agencia nos había preparado, para pegarle una mirada a la zona y comprobar que todo estuviese bueno para la llegada de mi tío. Ahora estamos los dos acá, en un pisito cerca del Paseo de Gracia.

―¿Vives entonces con tu tío? ―pregunto, más por educación que por interés real.

―Así es, Camino, mi tío y yo solitos. Perdón, me olvidaba de Princesa, mi perrita. Es un bulldog francés adorable, pero ronca. ―Todos reímos.

―El sábado vamos a dar una fiesta; mejor dicho, Camino va a dar una fiesta en su casa porque, aunque no lo aparente ―menudo pelota está hecho―, se jubila, y el viernes es su último día en el centro.

Quizá, si no tienes otro plan, te apetezca venirte a tomar un vino con nosotros.

Estarán todos los compañeros y será una buena manera de ir entrando en el círculo de personas con las que vas a pasar gran parte de tus jornadas. ¿Qué me dices?

―Camino, claro que sí, es un honor que cuenten con un servidor. El viejo se quedará con Princesita en casa seguramente leyendo un libro y tomando su mate. Es su plan preferido.

Fran lo mira extrañado sin entender por qué Valentín me está contestando a mí si la propuesta se la ha formulado él. A veces es un niño de quince años, aunque en realidad tenga treinta.

El resto del día transcurre con normalidad; es principio de otoño, cambio de estación, y mis ánimos están algo raros.

Siento que los cambios que se avecinan no van a ser superfluos, van a ser cambios…

CAMBIOS. Sigo mi rutina de cada día y después de cenar decido salir a dar un paseo con Serrat.

Cojo los cascos, me recojo la melena con la primera horquilla que pillo y me dispongo a salir de casa para que me dé el aire.

Qué sensación tan placentera.

Mis sentidos se ponen en marcha más activos que en cualquier momento del día, y no es para menos: en mis cascos suena Just Like Starting Over de John Lennon, y es fruto del azar porque he puesto la radio para no tener que buscar canción, y esta joya me ha encontrado a mí.

En el ambiente, ese olor maravilloso a tierra mojada que me indica que ya me puedo dar prisa en el paseo porque puede que en breve la que esté mojada sea yo.

La sensación térmica es ideal: ni frío ni calor.

Enciendo un cigarro y empiezo a caminar sin rumbo, con la mirada perdida y pensando en el nuevo.

¿Por qué en él? He tenido una sensación extraña cuando hablábamos esta mañana.

Al decirme que era argentino he sentido un pellizquito en el corazón, y voy a dedicar este paseo a retomar el sentimiento que me ha embargado.

Sé por dónde van los tiros y a dónde me va a llevar esta nostalgia, y, la verdad, son pensamientos en los que no me importará zambullirme antes de que, por la edad o por lo que quiera que sea, se borren de mi mente.

En este caso, no me interesa posponerlo para más tarde.