2. LA LISTA DE INVITADOS Y OTROS MENESTERES DE MI LIBRETA DE CONFIANZA
Camino
A Fran se le ha metido la idea en la cabeza de que debería dar una fiesta para celebrar mi nueva etapa, pero yo no las tengo todas conmigo.
Mi cuarto bloque empieza y se me antoja aburrido antes de que haya dado comienzo.
Me siento un poco alborotada porque no me entusiasman los cambios, menos aún los que uno debe asumir sin haberlos elegido.
No me había preparado, no había pensado en la jubilación; o más bien he procastinado.
Es cierto que debo intentar distraerme y, pensándolo bien, eso de la fiesta puede ser un buen broche final del tercer bloque, y asimismo la celebración del inicio de uno nuevo.
* * *
Son las ocho y media de la tarde. Ya he cenado mis tostaditas con aguacate y semillas de chía.
La casa está recogida. Me acomodo en mi sillón orejero y me empiezan a perseguir de nuevo los pensamientos que llevo intentando apartar de mí todo el día.
Se trata de aquellos asuntos a los que nunca puse check en mi recorrido por esta vida.
¿No he podido? ¿No he querido? De repente, siento como si hubiese entrado en el tiempo de descuento, y es una sensación que me incomoda.
Había pensado ponerme a redactar una lista de los invitados para la fiesta, pero me seduce más la idea de empezar a leer un libro que compré ayer en mi adorada Laie, una librería-cafetería que se ubica en el centro, cerca del Paseo de Gracia.
Mejor no, no me concentro.
Enciendo un cigarro y cambio el libro por mi libreta de confianza, en la que tan pronto encuentras una receta de cocina como un número de teléfono o la lista del súper.
Voy con los invitados, porque no logro concentrarme en la lectura a pesar de que en la casa no hay ni un solo elemento de distracción; sin contar con la respiración jadeante de Serrat, un bulldog francés negro azabache que es mi fiel compañero de caminatas y de todo en general.
Cuando termino la lista, le doy un repasito por si me he dejado a alguien importante, y no, creo que está bien.
Es curioso cómo he enumerado a más de veinte personas y ninguna, excepto mi hermana Elena y mi sobrina Martina, son de mi familia.
Me refiero a la de sangre. Realmente no cuento con muchos parientes cercanos: mis padres murieron hace años, nunca me he casado y tampoco tuve hijos…
y, por ende, tampoco nietos. Elena y Martina serán los únicos familiares que asistirán.
Esto comienza a ponerme de nuevo un poco nostálgica, aunque de recuerdos que no tengo, de cosas que no han pasado en mi vida y que quizá me he perdido…
bueno, no vayamos por ahí. Estoy planeando una fiesta, ya habrá momentos para remover tristezas más adelante.
Por ahora, aún estoy tecnicamente en el tercer bloque.
* * *
Hoy soy yo la que irrumpe en el despacho de Fran, nada más entrar en el centro de salud.
―Aquí tienes, mi lista de invitados. ―Le sonrío dejándole encima del escritorio la hojita que anoche arranqué de mi libreta―. ¿Te importa ocuparte del vino? Ya sabes que no tengo mucha idea de vino. A mí me sacas de un Alma y me pierdo.
―Camino, reina, eso ni se pregunta. Claro que yo me ocupo del vino. He pensado que estaría muy guay una fuente de chocolate fondant con chuches y fruta para después de cenar…
―Sí, claro ―lo interrumpo poniéndole la mano en señal de stop muy cerquita de la cara―. No te emociones tanto, que es más un picoteo entre amigos y compañeros que una boda. Recuérdalo. ―Le sonrío a la vez que le apunto con el dedo índice a modo de advertencia.
―Camino… creo que vas a tener que anotar a un nuevo invitado ―me indica canturreando y señalando a un joven de unos treinta y cinco años que anda por el pasillo hacia la cafetería, con un maletín en la mano y una bata arrugada en el brazo por haberla sacado tan solo unos instantes atrás de la bolsa en la que estuviera guardada.
―¿Quién es? ―pregunto en bajito, como si pudiera oírme desde el otro lado del pasillo.
―Creo que es el nuevo.
―¿El nuevo? No sabía que hubiese un compañero nuevo…
―Es el pediatra. ¿Cómo que no tenías ni idea?
Ya se nos informó, cuando Aurora se enteró de que estaba embarazada, de que buscarían un sustituto o sustituta para cubrir su baja.
Además, todos sabemos que Aurora no tiene intención de volver a trabajar.
Con tres hijos y un marido que gana lo suficiente para que todos vivan mejor que el rey, imagino que se tomará una larga temporada para cuidar y educar a sus niños. Yo lo veo una idea excelente.
―Tienes razón, no recordaba la baja de Aurora. Pero ella aún sigue en el centro.
―Sí, creo que van a pasar una semana los dos juntos atendiendo a los peques; es una buena forma de que los expedientes queden claros y no haya confusiones cuando ella se marche.
―¿Crees que a ella le hará gracia sacrificar su carrera?
―Pronuncio en alto lo que debería haber sido un persamiento mental privado.
Sin querer, pienso en mí y en que mi carrera se ha llevado la mayor parte de mi, de mi tiempo.
Y que conste que fui feliz siempre; es decir, los interrogantes y el cuestionar si apruebo la gestión de mi vida anterior están apareciendo ahora.
―Hay quien es tan privilegiado que hasta puede decidir cómo vivir. Tú lo has hecho, Camino. Nunca nadie te ha impedido hacer y deshacer a tu antojo. Piénsalo.
Y, a causa de esta conversación, me quedo pensando en si realmente he elegido la vida que he llevado hasta ahora o si lo ha hecho ella solita sin preguntar.
No me gustan este tipo de dilemas, y siempre los aparco para más tarde.
Decido, en lugar de escucharme, comenzar a atender al primer paciente con la mejor de mis sonrisas.
* * *
A falta de un minuto para las diez y media de la mañana, oigo los pasos de Fran acercarse a mi consulta, por lo que me quito directamente el boli del moño que mantiene la melena blanca a raya mientras atiendo a los pacientes y vuelvo a rebuscar en el bote algún eurillo suelto para la cafetería.
No lo encuentro, así que hoy invita Fran. Tres, dos, uno…
―Camino, te espero en la cafetería, voy a coger sitio, chaoooo ―Su voz se va diluyendo por el pasillo. Intuyo que lleva prisa. ¿Irá con alguien? Siempre vamos juntos y hoy solo ha pasado por delante de la puerta para darme el toque de queda por cortesía.