1. FIN DE BLOQUE
Camino
Falta solo una semana para que mi vida vuelva a cambiar.
Si echo la vista atrás, creo que mi vida se podría dividir en tres grandes bloques: mi niñez y adolescencia como punto de partida, mis años fuera de España como médico en países subdesarrollados y el momento actual, como médico de familia en mi ciudad natal, Barcelona.
En este momento, estoy a punto de entrar en el cuarto bloque.
Lo nombro así porque no me apetece pensar que es el último, aunque tiene toda la pinta: tengo sesenta y cinco años, me queda poquísimo para jubilarme y mucha prisa se tiene que dar el destino para meter más en lo que, por naturaleza, intuyo que me queda de existencia.
Son las diez y media de la mañana, y Fran, mi joven amigo y compañero del despacho de al lado, no va a tardar en abrir la puerta de mi consulta para recordarme con efusividad que es la hora del café. Tres, dos, uno…
―¡Reina! Son las diez y media, te espero en la cafetería.
Los bocatas de tortilla están más cotizados que el dólar, y no pienso quedarme sin él.
Además, los de enfermería hace rato que bajaron y nos va a tocar sentarnos al fondo, sin ventana, y ya sabes lo que odio desayunar y charlar pegado a una pared…
―Todo esto sale de su boca como si Fran fuese una metralleta.
Habla muy deprisa, gesticula en exceso y siempre está sonriendo, aunque lo que te cuente no sea del todo bueno.
Esto responde a que es un manojo de nervios, pero un manojo de nervios joven y encantador, con ganas de beberse la vida.
―¡Daaaame un minuto! Ve a coger sitio, tormento, que enseguida me reúno contigo ―contesto con una sonrisa y con la satisfacción de estar viviendo una rutina que me gusta, en la que me siento cómoda aunque sepa que pronto va a cambiar.
Justo estaba pensando en eso. Miro las cuatro paredes entre las que suelo pasar mis jornadas laborales, las plantitas que les dan vida y color y las cortinas de topitos que adornan la ventana con vistas a las calles de Barcelona.
Fran ha roto mi burbuja y me hace salir de golpe de los pensamientos en los que me encuentro sumida, por lo que me acomodo un poco la blanca melena rizada, me quito las gafas de vista cansada, cojo unos euros del «bote para todo» que tengo en el escritorio y me dispongo a reunirme con él (esperemos que en una mesa con ventana) en la cafetería del centro de salud en el que ambos trabajamos.
Nada más aparecer por la puerta de la cafetería, veo a Fran alzar la mano desde su sitio como si se estuviese ahogando, por lo que no me queda ninguna duda de a dónde he de dirigirme.
―¿Eres consciente de que es tu último lunes en el centro?
―me pregunta mi compañero con rapidez, nada más sentarme en el sitio que me tenía guardado.
Como tardo más de un segundo en responder, me mira fijamente con las manos entrelazadas y pestañea deprisa para que le conteste ya, como si llevase tres horas esperando mi respuesta.
―La verdad es que es raro… Estos días estoy algo distraída porque, sí, soy consciente de que mi vida en una semana será totalmente diferente ―afirmo mirando el croissant calentito que me acaban de poner en la mesa.
―Hija, no entiendo esa tristeza… Tómatelo como unas vacaciones prolongadas, o como si fueses rica de cuna.
Ahora puedes dar clases de yoga, leer toooodas las horas que te apetezca, salir a pasear…
y todo ello retribuido. Ya nos quedamos los tontos trabajando y cotizando para ello.
En el fondo te envidio. ―Me guiña un ojo como quien pretende convencer a un niño de que comiendo espinacas te salen músculos.
―No fastidies, Fran, eso suena a vida de anciana ―le contesto a la vez que caigo en que precisamente joven no soy.
―Va, tú no lo eres, cariño; al menos, no mentalmente.
Tienes una edad, eso es cierto, pero también mucho por vivir aún.
―Me acaba de tomar la mano entre las suyas y su tono de conversación ha pasado de ser jovial y casi teatral a trascendental―.
Se me ocurre que podrías escribir un libro.
Tu vida ha sido tan apasionante con esos viajes y esas vivencias que es digna de ser compartida con la gente. Eso te mantendría entretenida.
―Bueno, quizá a modo de diario… no esté tan mal.
La primera semana estoy segura de que la voy a disfrutar, pero la segunda, la tercera…
me temo que terminaré cansándome de esa «no rutina» y necesitaré algo que me mantenga activa ―respondo con la mirada perdida mientras hago bolitas de pan con las migas que hay esparcidas en el mantel.
―Podríamos preparar una fiesta… ―Fran sigue hablando mientras mi mente hace una recopilación de imágenes y momentos de mi vida.
Me encanta lo que veo, porque he tenido lo que he elegido, y, sin querer, mi mente repasa también una lista de cosas en las que no puedo poner check.
Me refiero a cosas que no he hecho, y no me apetece ahora mismo preguntarme, o responderme, mejor dicho, el porqué.
―¡… y como te iba diciendo, la doctora Ferrán es tonta del culo! ―Fran se molesta al ver que no lo estaba escuchando, y con esta infantil frase logra sacarme de mis pensamientos.
―Perdona, Fran, tienes razón, cariño. ¿Qué me estabas diciendo? Lo siento, me he despistado.
―Te decía que podrías organizar una fiesta en el jardín.
Es septiembre, y en Barcelona no puede hacer mejor temperatura.
Así, estos cuatro días de nada que te quedan en el trabajo estarás pendiente de la preparación, la decoración y los invitados.
Te va a venir bien, a ver si te espabilas un poco porque, hija mía, pareces una acelga pocha.
―La doctora Ferrán se va a trabajar de momento, y usted, jovencito, debería hacer lo mismo. El puesto de mejor médico del centro está a punto de quedar vacante a causa de la inminente jubilación de una servidora, por lo que todos los méritos que puedas atesorar son pocos.