10. ¿ALGÚN MÉDICO EN LA SALA?
Camino
Hoy es miércoles, y me levanto con una ilusión especial. Esta tarde me toca clase de baile. Me agrada volver a tener algo programado. No sé por qué, pero soy más productiva si tengo muchas tareas y las organizo que si hay solo una… porque de ese modo tiendo a procrastinar.
De manera que el plan para mi miércoles es salir a pasear a Serrat, recoger y limpiar un poco (en mi casa no hay mucha suciedad, Serrat y yo somos supercuidadosos). Y después de comer ponerme ya con el libro, porque al final por una cosa o por otra nunca le doy la oportunidad.
Cuando mis tareas están cada una en su sitio, incluida la de comenzar lectura, me felicito por haberlas cumplido con nota, pues el libro lo he leído más o menos al setenta por ciento y la casa parece una foto de una revista de muebles.
No es por echarme flores, pero la decoración se me ha dado siempre fenomenal, aunque Claudia a menudo me regala alguna sugerencia con sutileza; como es profesional en el sector… ya sabéis.
Es casi la hora de irme para el centro cultural, por lo que me preparo, me quito las pulseras y pendientes y decido marcharme para allá caminando despacito, para disfrutar del poco sol que queda. Ya en este tiempo se empieza a notar que atardece antes.
Me planto en el centro cultural y observo que en la puerta de las clases de baile hay un remolino de mujeres y hombres, la mayoría de una edad que debe rondar la mía (cinco años arriba o abajo), todos ansiosos por entrar.
La puntualidad en el mundo del jubilado es imperiosa.
Yo pensaba que llegaba pronto cuando advierto que más de la mitad de los compañeros ya me ha cogido la delantera.
Entre el revuelo escucho la voz de un argentino, que charla alegre con otro señor, el cual me suena mucho haber visto por mi despacho (al final, aunque vivas en una gran ciudad, terminas conociendo a casi todos los que viven en tu misma zona).
Ese acento. Dios, qué me pasa con eso. Un escalofrío me recorre la nuca y me asomo a ver si puedo ver su aspecto.
¿Con intención de qué? Por muy argentino que sea, no será igual que Lorenzo.
Borra, borra… debería vaciar la botella, y no poner a Lorenzo por delante cuando estoy en un lugar en el que tengo la oportunidad, al menos, de no cerrarme a hacer algún «amigo nuevo».
―¡Todos en fila! Unos cuantos calentamientos y enseguida empezamos a repasar los pasos básicos de bachata que vimos el lunes, pero esta vez…
en pareja. Recojan una máscara del cestito de mimbre que se encuentra al final de la clase.
Eso les ayudará a perder la vergüenza ―indica la esbelta.
Para mí es «la esbelta» porque no recuerdo cómo se llama.
Se arma revuelo en torno al cestito como si no hubiese suficientes para todos.
La verdad que la escena es algo cómica, porque son máscaras divertidas: una con ojos saltones, otra con un bigote, hasta una con antenas me ha parecido ver…
Suerte que la mía era dorada y elegante, emulando a las venecianas, así que ni tan mal.
Los calentamientos, bien. Y cuando la esbelta nos indica que elijamos pareja, todos se mueven para buscar una de distinto sexo.
Yo iba a presentarme a mi compañera de al lado, pero, al darme cuenta del detalle, me quedo mirando a ver quién hay por ahí suelto y advierto que la mayoría están ya preparados.
Todos menos un hombre con el pelo entrecano y larguito que está en la otra punta y yo.
La profe lo ve y enseguida, de una voz, nos indica:
―A ver, compañeros, sí, la chica nueva y el señor de la camiseta azul, quedan ustedes, pueden unirse para el baile.
La chica nueva soy yo, no cabe duda, y el señor de la camiseta azul…
es el que ha cogido la máscara de gafas y bigote.
Me alegro porque, aunque haga mis pasos fatal, siempre será menos ridículo que llevar puesta la tontería que le ha tocado al pobre.
Qué lista es la esbelta, sabe cómo manejar a las personas.
Sin verlo venir, de repente noto cómo unas manos grandes y bonitas agarran las mías, y un acento que a mí me evoca a un chocolate caliente en una tarde de lluvia me dice con mucho respeto:
―Con permiso, mina, quedamos solos…
Casi me muero al escuchar ese acento. Enseguida resucito y, haciendo un aspaviento para quitarme el rizo blanco de la cara, le contesto:
―Por supuesto, amigo, encantada.
Cuando los pasos empiezan no consigo dejar de mirarme a los pies, porque estoy muy pendiente de hacerlo bien para no pisar a mi compañero y caer en el ridículo, ya que voy en desventaja por llegar a este grupo unas clases más tarde que los demás. No puedo mirarlo de frente. ¡Qué vergüenza!
En el momento en que consigo levantar la vista y me encuentro con los ojos de mi compañero, los míos se abren como platos y mi caja torácica empieza a subir y bajar muy deprisa.
Siento cómo la sangre de mis brazos se congela y mis rodillas piden ayuda como si no consiguiesen sostener el peso de mis piernas…
y me derrumbo. Me pongo blanda y caigo al suelo sin ser capaz de tenerme en pie.
No puedo creerlo.
No puede ser.
Esos ojos que atisbo a ver más arriba del bigote… esos ojos no me resultan nuevos.
―¡¿Un médico en la sala?! ―exagera la compañera de al lado.
―¡Soy yo! ―indica mi compañero, arrodillado a mi lado y cogiéndome de la mano.
―No bromee usted con eso ―le digo al argentino, algo molesta.
―No bromeo, mina, soy médico. Traigan un poco de agua, por favor, su pulso va bien, habrá sido una bajada de tensión ―indica sin saber a quién.
―Perdón, pensé que decía usted que era alguien en quien yo estaba pensando últimamente más de lo que debo.
En ese momento, la esbelta me quita la máscara para que pueda respirar mejor y mi cara queda al descubierto. El médico sigue con la suya de bigote, pero muy metido en su papel por ayudarme. Lo empiezo a notar nervioso, me mira fijamente.
―Siento la confusión, pero dije «soy yo» porque soy médico; o, más bien, un día lo fui.
―No me encuentro muy bien, y prefiero marcharme a descansar. Por favor, discúlpenme, compañeros, pero tengo que irme.
Los compañeros se inquietan, la esbelta se levanta nerviosa para acompañarme, el médico la sujeta del brazo mientras observa cómo me marcho:
―Déjela, solo necesita un poco de aire.
El argentino se ha debido de quedar alucinado… y lo entiendo porque me he marcado un numerito bochornoso.
Salgo del centro cultural y me siento en una terracita que hay muy próxima.
Pido una Coca-Cola Zero al camarero y me saco de la riñonera el tabaco.
Las manos me tiemblan muchísimo, de una forma casi exagerada.
El corazón… lo noto como si fuera de madera y alguien lo estuviera aporreando.
Me hago una coleta bien estirada, enciendo un cigarro y, con los ojos cerrados, intento respirar hondo y calmarme.
«No es posible, no puede ser él… Y menos aquí, en Barcelona, en mi zona, en mi clase de baile y conmigo de pareja.
Aunque… esa mirada… El tacto de sus manos cogiendo las mías me ha revuelto la tripa, y cuando me ha mirado a los ojos…
he sentido desde los talones una reacción que (volviendo a los ejemplos gráficos, os fastidiáis porque me encuentro muy nerviosa y no sé cómo expresarlo) se parece al bicarbonato al mezclarlo con el vinagre.
Esos ojos, la voz… de verdad que me ha resultado familiar.
Lo he visto, jolín… Creo que no estoy bien».
Apago el cigarro a toda prisa y dejo tres euros al lado de la Coca-Cola, de la cual no he probado ni un sorbo.
Estoy asustada, confusa y necesito ver a Alma.
Sé que no son horas, que estará descansando, cenando o con algún novio tranquilamente en su casa viendo una serie, pero necesito hablar con alguien.
Ojalá Fran hubiera venido conmigo a las clases, ahora podría estar en esa terraza con él, charlando de lo sucedido.
Me siento ridícula, me da vergüenza lo lejos que estoy llegando con esta obsesión que siempre ha existido, aunque nunca de manera tan intensa.
¿Cómo me atrevo a pensar tantas tonterías?
Cuando llego al tercer piso del bloque de Alma, toco a su puerta tímidamente y me doy cuenta de que estoy llorando como una magdalena, aunque no me importa. Me salto todos los protocolos y vuelvo a llamar otra vez en menos de un minuto.
―¡Camino! ¿Qué pasa? Entra… ―Alma me recibe sorprendida―. Cariño, ¿qué ha pasado?
―Estoy muy mal ―le cuento mientras me invito a mí misma a sentarme en el diván de los pacientes―.
Últimamente me ha dado muy fuerte con Lorenzo, y ya hoy ha sido el colmo.
He ido a clases de baile, porque no te lo había contado, me apunté para hacer algo distinto dos días a la semana.
El caso es que me han puesto de pareja con un argentino, y por unos instantes me ha parecido que era él, que era Lorenzo.
No lo he visto bien porque íbamos con máscaras… bueno, ese detalle no importa.
Alma me abraza con los ojos en blanco. Por supuesto, ni por un segundo considera la opción de que lo que le cuento sea verdad. Desde un principio da por hecho que me estoy obsesionando a un nivel importante y procede a calmarme para que no sienta que estoy loca.
―Camino, cariño… tranquilízate, ¿quieres? No pasa nada, tranquila. ―Me acaricia la coleta como cuando queremos tranquilizar a un perro.
―Es que me da la sensación de que el asunto me persigue. Sé que Lorenzo va y viene en mi cabeza por temporadas, pero nunca he llegado al extremo de creer que lo he visto. Me da miedo por si me estoy volviendo loca. ―Respiro con dificultad al hablar, como los niños cuando cogen una llantina.
―Camino, cálmate. Estás experimentando un cambio muy significativo, y quizá estés dándole a las cosas más vueltas de las necesarias. Quiero que te tranquilices y que te tomes esta nueva etapa de tu vida como una situación de oportunidad, y no como la de fin de algo, ¿entiendes?
―Para ti es fácil ―le digo secándome las lágrimas.
―Sé que para ti no lo es, pero aquí estamos para reconducir esos pensamientos enredadillos que hay en tu cabecita por el camino correcto.
―Y me saca una sonrisa―. Piensa en tus días como si fueran lienzos en blanco.
Si preparas la paleta con una escala de grises, solo vas a poder pintar escenas tristes e invernales; si por el contrario nos arreglamos, nos vamos a la tienda de arte y compramos un tubo de bermellón, quizá puedas añadir a esa obra alguna flor.
Cuando veas que te ha quedado bien, lo mismo estaría guay poner un poco de cian para que el cielo no sea encapotado, y ya si te ves con fuerza, un pelín de amarillo para darle calidez y obtener como resultado una hermosa tarde de sol.
Con los colores que elijas, con esos es con los que vas a pintar tus días.
Es cuestión de actitud. Al principio te la tienes que inventar, pero, a medida que vayas viendo que funciona, te saldrá sola.
―Y luego me pregunto por qué todo lo expreso con ejemplos gráficos. ―Sonrío ya sin lágrimas en los ojos.
―Camino, es importante que intentes mantener una actitud positiva, que trates de quererte y que consigas focalizarte en mañana y no en ayer. El ser humano suele recordar solo lo que le hace bien, un poco en defensa propia, para poder seguir adelante.
―Lorenzo me hacía bien, Alma.
―Tú lo has dicho, Camino: te hacía. Ahora mismo no te hace bien.
Solo deberías pensar en él cuando comprendas que es un elemento del pasado, algo que está ahí y que fue bueno para ti.
Recuérdalo como algo personal, íntimo, pero que terminó.
Acepta que eso fue, que es tuyo y nadie te lo va a quitar, y agradece por ello, pero no lo anheles.
Son sentimientos distintos. El primero te hará sonreír; el segundo, sufrir.
Comprendo perfectamente a Alma, y le pondría una estatua en medio de la rambla, porque es única quitando mochilas (los que acudimos al psico de vez en cuando sabemos lo que este símil gráfico significa).
Salgo del piso despidiéndome cariñosamente de mi ángel de la guarda. Me dirijo a casa con el mismo miedo que tienen los adolescentes al llegar tarde, pues tengo un Serrat que me va a clavar los ojos aceitunos a modo de reproche por haber tardado.
En efecto.
Nada más entrar por la puerta, Serrat ya tiene la correa en la boca.
Jolín, tengo hambre y me gustaría dar un bocado antes de sacarlo, pero entiendo que las necesidades fisiológicas de mi compañero de vida van primero y me marcho al parque para darle un paseo.
Al tiempo que voy caminando, ya más calmada, escribo un mensaje a Fran para autoinvitarme a desayunar con él en la cafetería del centro de salud.
En unos segundos, recibo un meme de un muñeco que dice «lo que diga la jefa».
Mira que es guasón.
Ya tengo plan para mañana a primera hora. Termino mi paseo con Serrat y, mientras me preparo un té con una pastita de mantequilla, pienso en más actividades para hacer el día siguiente. Quiero mantenerme ocupada.
Me levanto para llevar la taza al fregadero y vuelo a ver el diario.
Lo cojo y ojeo las palabras escritas la vez anterior, pero muy por encima, porque en realidad es la historia de Lorenzo y creo que hoy ya estoy saturada.
La única frase que leo de manera aleatoria es: «Ojalá pudiera volver a ver a Lorenzo».
También es porque la subrayé y a golpe de vista la localizo la primera.
Lo cierro; quiero leer a Dicker, que recuerdo que estaba divertido.
Lo vuelvo a abrir y escribo una sola frase: « Ojalá fuese verdad».
Si alguien coge mi diario y lo lee, no va a saber qué quiero decir. Yo lo sé. Me refiero a la impresión que he tenido esta mañana, la relativa a Lorenzo. Bueno, al que yo creí por unos instantes que era Lorenzo.
Cierro el diario corriendo, porque veo a Alma vigilarme por un agujerito y reñirme con el dedo tieso.
Durante un rato leo a Dicker, que, la verdad, me hace incluso soltar alguna carcajada con esta ocurrencia de historia propia de la mismísima Elvira Lindo, hasta que sin poder remediarlo Morfeo me posee.