18
Noviembre no había terminado y los operarios del ayuntamiento ya colocaban las luces de Navidad. Hacía meses que el verano se marchó buscando lugares con playa y el otoño pasó tan rápido que nadie se dio ni cuenta.
El bar La Pepa no estaba más lleno de lo que solía estar habitualmente a esa hora.
Aunque fuera casi mediodía, muchos aprovechaban para desayunar, algunos por segunda vez.
Tostada de mantequilla con café en vaso de cristal largo transparente, de esos que quemaban al agarrarlos.
Podías elegir varios tipos de pan. La popular barra Viena, pan Bimbo o el mollete antequerano, que para eso Óscar, el tío de Catalina y dueño de La Pepa, había nacido en Málaga.
Ese bar fue el primer trabajo que tuvo. Cuando el dueño se jubiló, se lo legó a él.
Era de los bares de toda la vida madrileños, casi de los pocos que quedan.
Conservaba la barra de acero, los expositores con ensaladilla rusa, boquerones en vinagre, tortilla de patatas y, por supuesto, croquetas.
No faltaban los taburetes de madera y los servilleteros metálicos de marca de cerveza con las servilletas que dicen «gracias por su visita» y que la gente usa unas veinte de ellas para limpiarse.
El primo mayor de Catalina, Nacho, comenzaba a tomar un poco más de responsabilidades en el restaurante, y tras insistirle un millón de veces, ella les echaba una mano con algunas nociones sobre eficiencia y ese tipo de cosas que a ella se le dan muy bien.
Nacho venía con ganas e ideas frescas, como lo de la tostada de aguacate, que a día de hoy, en realidad, de fresca tiene poco.
Copió la idea de un viaje a Los Ángeles.
Le ponía pimentón por encima y quería que fuera de lo más fancy que podías encontrar en el barrio.
Si la tostada de aguacate sabía a poco, quería poner también en el menú un bol de avena y frutos rojos.
Aquí, lo que echaba encima era canela. Lo de renovarse no le parecía mal al padre, pero prefería que la inventiva de su hijo se dejara de chorradas y modernizase las tapas y los platos de siempre.
Porque el bar La Pepa era eso, un bar de toda la vida.
La suerte es que el bar estaba enfrente de un teatro y de un par de edificios llenos de oficinas que no dejan teletrabajar, con lo que tenía público desde la mañana hasta la noche.
Había pocas cosas en este mundo que a Catalina le gustaran más que una gilda.
Nacho le sirvió seis en el plato, para que tuviera suficiente.
Sus padres la acompañaban con una tostada de aguacate y un mollete con aceite y sal, sentados en una de las mesas que daban a la cristalera de la calle.
Aún se veía a algún que otro despistado paseando en chanclas, camiseta y pantalón corto.
—Pues la playa de Normandía, vista unas vistas todas —dijo la madre—.
Como las de Menorca, ninguna. Pero tu padre estaba feliz, aunque tuve que insistirle hasta el punto de que casi me enfado y me marcho sin él, porque quería llevarse no un botecito, ¡sino un tarro enorme!
No sabes qué pelea… Pero bueno, luego hicimos hasta un tour.
De esos del desembarco. Tu padre compró flores y las dejó en el cementerio americano.
Se emocionó mucho. Yo también, no te voy a mentir, pero porque ya nos íbamos… Tanta solemnidad a mí… me descoloca.
—Bueno, ¿pero lo pasasteis bien? —preguntó agarrando otra gilda.
—Muchísimo, fue como una segunda luna de miel.
No sabía cómo lo hacían o cuál era el secreto. Admiraba la manera en que sus padres seguían siendo ese par de pipiolos que se conocieron en una pizzería con veinte años y, después de treinta y cinco años juntos, continuaban el uno al lado del otro.
—¿Le vas a decir a tu hija que se venga aquí conmigo y con su primo?
—dijo su tío sacando unos vasos del lavavajillas y colocándolos en su lugar—.
En este mes que lleva aquí ayudando a su primo, nos ha revolucionado el gallinero.
Hasta ha conseguido que nos inviten una vez al mes al teatro de enfrente.
—No hice nada, tío; solo hablé un poco con el regidor, nada más. Si fueses más hablador y salieses de esa barra de vez en cuando…
—Claro, papá, tienes que ser RRPP.
—¿Que tengo que ser qué? A mí me hablas en cristiano.
—Re-la-ci-o-nes pú-bli-cas, papá —explicó Nacho, sentándose en la barra con un botellín.
—De verdad que yo no te hago falta. Nacho es un buen sucesor, con muy buenas ideas. Yo solo las he puesto… un poquito en orden.
Nacho levantó el botellín y le sonrió agradecido. Catalina se fijó en el reloj de Coca-Cola que estaba encima de la barra. Le dio el último sorbo rápido que le quedaba de su vermut y se levantó.
—¿Ya te vas? —dijo su madre con pesar.
—Sí, me toca hacer de buena amiga.
Se despidió de su padre con un beso en la frente y su madre la acompañó hasta la puerta.
—Que sepas —murmuró mientras le ponía el abrigo— que nadie se muere del mal de amores; todo se cura con el tiempo. Vente a casa el domingo y hacemos peli y pizzas.
—¿Puede ser un chino…?
Ambas se rieron cómplices.
La furgoneta de alquiler no superaba el tamaño medio y Marta la tenía cargada con todas sus cosas y las de Nico.
Le dieron las llaves del piso hace meses, pero las reformas que empezaron en julio se tomaron el veranito con tranquilidad y, hasta ahora, no habían podido mudarse.
Cuando Catalina llegó, Nico se había marchado con otro amigo a por un segundo viaje y las cajas ocupaban todos los rincones del apartamento que aún olía a pintura.
—Llegas tarde —le dijo Marta desembalando una de las cajas .
—Me crucé un oso polar que andaba perdido y me entretuve explicándole cómo llegar a la Calle Mayor. ¿Dónde dejo el abrigo? —preguntó.
—Donde quieras. Esto es un caos total.
Sí lo era, pero ¿qué lugar no lo es cuando estás en modo mudanza? Tras dejar el abrigo, usó el cúter para abrir otra de las cajas.
—¿Qué tal van las cosas por la oficina?
—Más de lo mismo, como siempre —Marta colocó unos libros en una estantería—. Oye, el Safari se abre la semana que viene. Era el nombre del proyecto que Paloma le había ofrecido meses atrás.
—¿Ya? Han ido rápido.
—Ha quedado chulo. Parece El rey león, pero sin que te coma un tigre —hizo una pausa—. Paloma me preguntó por ti. Dijo que tenían ganas de verte y que te enviarán la invitación.
La caja de Catalina contenía toda la colección de Tintín.
—¿Dónde coloco esto? —preguntó señalando los cómics.
—Eso déjalo, abre otra caja. Que lo haga Nico, que como rompamos algo nos la lía.
Catalina se fue directa a por otra caja.
—¿Andas buscando algo? —continuó—. Sabes que te ayudo en lo que quieras; soy la reina del LinkedIn.
—Por ahora no he buscado nada. Ando echando una mano en la cafetería de mi tío.
—Uff. Te doy el pésame.
—Oye, pues no te creas, no está mal —dijo con entusiasmo.
—Ya, claro. Tú, la que quería conquistar el mundo, sirviendo cortados y batidos Cacaolat para desayunar.
—No soy camarera, aunque se me da bastante bien.
Tocaba el turno de la caja con los utensilios para cocinar. Bastante fácil, ya que no había duda de dónde iban. Catalina empezó a ordenar las cacerolas y demás, repartiéndolas por la cocina americana recién reformada.
—Luis me ha preguntado varias veces por ti —dejó caer Marta.
—Será que se aburre. O que Silke no le hace ni caso .
—Dale un toque —soltó como quien no quiere la cosa.
—No quiero líos. Estoy muy tranquila.
—Si le llamas, igual te deja más tranquila todavía —dijo con doble sentido—. No está mal un poco de tequila y acción.
Pasaron unas cuantas horas de sacar y ordenar. El salón prácticamente estaba funcional y ahora se acumulaban las cajas vacías para reciclar. Era hora de hablar del elefante en la habitación.
—¿Cómo vas con lo de Enzo?
—Voy tirando —respondió.
—O sea, no.
—No he querido insistir mucho.
—¿No tienes curiosidad por saber cómo andan?
—Vittoria me dijo que Enzo abrió de nuevo y que iba muy bien. Me alegro por él.
—Yo también me alegro por él, pero no me parece justo. El restaurante se iba a pique hasta que llegaste tú. Vale que la liaras un poco, o más bien mucho, pero al final ha salido bien, ¿no? Están mejor que antes y nadie te da las gracias.
Con las cosas que llevaba en la mano, se acercó a la encimera. Apartó lo que estorbaba y cogió el salero y pimentero, un botecito de salsa de tabasco y unos vasitos de chupito.
—Vale, escúchame un segundo. Esto eres tú. —Eligió lo primero que pilló a mano.
—¿En serio soy un salero?
—Escúchame. —Marta fue moviendo las piezas con cuidado. —Tú lo tenías clarísimo. A los veintiocho, primer ascenso. A los treinta, otro aún mejor. Entre medias, pareja estable y, cuando llegaras a los treinta y dos, boda. Antes de los treinta y cinco, por supuesto, hijos.
Colocó el pimentero justo detrás del salero.
—Todo en fila. Todo perfecto. Todo según el plan.
—No era tan así… —Cruzó los brazos.
—Era exactamente así. Me lo podría tatuar de las veces que me lo has contado .
Movió el botecito de Tabasco y lo puso de golpe en medio, descolocándolo todo.
—Y de repente, Roma.
Empujó el salero un poco hacia un lado.
—…y aquí se te chafa todo. —Un ascenso que no te esperabas —movió el salero—, un restaurante que encontraste de casualidad —volcó el pimentero sin querer y lo dejó boca abajo— y un tío que te robó el corazón cuando no tocaba.
Paró los malabares por un momento. Ambas se miraban sin decir nada.
—La vida no va en línea recta. Va como le da la gana. —Marta empezó a mover los objetos sin orden: uno delante, otro atrás, otro fuera de la encimera—. A veces avanzas. Hay épocas que te paras y, muchas veces, te equivocas de camino y resulta que igual era el bueno.
Dejó los objetos tal cual estaban: desordenados, formando parte de un curioso equilibrio.
—Y no pasa nada. Al final estás donde tienes que estar, aunque no fuera tu plan. Por mí, volamos a Roma cuando quieras.
Aunque el intento fue bueno, no tuvo la respuesta esperada.
—Ya estamos en otoño, Marta. El amor de verano ya se acabó. —Se puso el abrigo—. Diles a Álvaro y Paloma que igual me paso por el Safari.
Se llevó un par de cajas que eran para tirar y salió por la puerta.
El buzón de la casa de Catalina tenía el desorden habitual de siempre: publicidad de un supermercado, una factura de la luz, propaganda electoral, algo de su banco y un sobre con sellos italianos.
Eso no era habitual. Era de papel grueso, del que se compra en papelerías antiguas, con una caligrafía impecable y elegante.
Dejó las llaves en el cuenco nada más entrar en su casa y abrió el sobre sin ni siquiera quitarse el abrigo.
Dentro había una fotografía. Vittoria de Santis ocupaba el centro tan espléndida como siempre.
A sus pies, Nino dormitaba ajeno a la cámara.
A su derecha, y agarrando su mano, don Ciccio la miraba como si otra vez tuvieran dieciséis años y no existiera nada más en el mundo.
Alrededor, los habituales: Francesca, Giuseppe el librero, la nonna Lucía, Pietro de pie sonriendo, sujetando una bandeja.
Al fondo, enmarcando esa maravillosa estampa, el cartel de La Stella volvía a estar en su sitio.
Había sido rescatado de la tienda de antigüedades para ocupar su lugar.
En el extremo de la foto, Catalina reconoció al dottore Palmisano, el hombre de Patrimonio que arruinó su entrada triunfal en Roma.
Ese señor de bigote con los quevedos resbalándole por la nariz y las explicaciones sobre acueductos del siglo segundo.
Ahí posaba, feliz junto a Vittoria como si fueran viejos amigos.
Llevaba puestos unos zapatos verdes de piel de cocodrilo, exactamente los mismos que Catalina y Marta vieron al salir de la cafetería de Vittoria.
Podía imaginarse esa conversación entre Paloma y Palmisano, donde el inspector, con la Virgen de plástico en la mano, le contaba que los estudios sobre la Madonna les llevarían posiblemente más de un año.
Esa mujer era una caja de sorpresas y le había salvado de un buen marrón.
La foto tenía una pequeña nota en el reverso:
«Esto lo has conseguido tú. Gracias de corazón. Te echamos de menos, Vittoria».
Catalina no pudo evitar emocionarse de alegría, de alivio, de pena; todo junto, mezclado, no agitado.
Abrió el cajón de una de las cómodas del salón para guardar la fotografía, y allí, destacando entre la colección de objetos varios que uno mete en esos cajones, estaba la vieja postal que encontró en la tienda de antigüedades.
París y Camille. Giró la postal y volvió a leer. «Todo lo que quería lo he conseguido. Ahora es mi día a día, mi mundo, y todo te lo debo a ti. Pero yo no quiero este mundo si no es contigo».
Camille era ella, París era Roma y los vuelos estaban en oferta.