Chef´s Kiss 19
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19

Noviembre también había aterrizado en Roma. Toda el agua ausente del verano cayó esa misma mañana en la que el cielo olvidó las nubes y se pintó de un gris que invitaba a quedarse en casa.

No era el día perfecto ni la luz era la adecuada. Enzo terminó de colocar el último plato de cacio e pepe frente a la cámara y retrocedió unos pasos.

—Un poco más a la izquierda —indicó Tommy mientras ajustaba el trípode—, y pon una ramita de perejil en el borde.

—El cacio e pepe no lleva perejil.

—Ya, pero queda bonito.

—Si se lo pongo, mi abuelo revive y me mata.

Tommy levantó la vista de la cámara.

—Tu abuelo no tenía Instagram.

Sin buenos argumentos para responder, Enzo obedeció al artista y colocó la ramita.

Llevaba casi un mes dejándose guiar por las ideas de Tommy sobre «estrategia de contenido».

Palabras que le sonaban a chino y que ahora formaban parte de su vocabulario cotidiano.

La campana de la puerta sonó al abrirse.

Salvatore cruzó cargado con varias cajas de vino, haciendo malabares para sujetar el paraguas.

Detrás le seguía el cura Rafael, mucho más hábil en eso del paraguas y llevando otras dos cajas. Como siempre, discutían de sus cosas.

—Cuando pongas aire acondicionado en la iglesia —dijo Salvatore.

—El calor purifica el alma. Además, que ya no es verano, joder .

—El calor me da sueño y ronco. No creo que a Dios le guste que ronque en su casa.

Dejaron las cajas en una de las mesas del salón. Enzo ayudó.

—¿A ti te gusta el deporte? —preguntó Rafael mientras Salvatore asentía—. Puedes venir a misa; es como ir al gimnasio del espíritu. Tú no vas al gimnasio una vez al año, ¿verdad?

—Yo no voy al gimnasio nunca.

—Ya se nota —le lanzó la indirecta.

Salvatore abrió una de las cajas y Enzo comenzó a poner las botellas en la estantería de la pared.

—Además —continuó Rafael, alzando la voz—, ahora tenemos café después de la misa de las once. Del bueno, no ese aguachirri que sirven en el bar de Piero. Café bendecido.

—Dile lo de las galletas —añadió Enzo.

—Es verdad. Tenemos galletas que trae la señora Carlucci, caseras.

—Pues con galletas y café no sé cómo quieres que me ponga en forma.

Gennaro salió del baño, con el periódico bajo el brazo. Desde que Vittoria les había devuelto La Stella, su padre pasaba más tiempo allí que en Villa Caterina.

—¿De qué discutís ahora? —quiso saber Gennaro.

—Pues lo de siempre, que Rafael se queda sin clientela y está intentando convertir a Salvatore —le puso al corriente Enzo.

—Yo ya creo en todo. Con los telediarios que me quedan, hasta en el Ratoncito Pérez.

Rafael aplaudió.

—¡Sí, señor, eso es fe! Este hombre —señaló a Gennaro— es el único con sentido común.

Enzo terminó de colocar la última botella y se giró hacia su amigo.

—Oye, déjame dos cajas más de Montepulciano.

—Parece que la cosa va bien, ¿eh? —resaltó Salvatore, orgulloso y contento .

Enseguida, Tommy asomó desde el otro lado con la cámara en la mano.

—Claro que va bien. —Levantó el brazo—. Desde que me encargo yo de las fotos y de traer gente, esto es otro mundo. Le hacía falta un poco de vidilla a este sitio. Mérito mío, que conste.

—Mérito suyo —repitió Enzo en voz baja.

—Tú solo cocinas. Y tendrías que empezar a poner más perejil —bromeó.

Gennaro resopló sobre su café.

—En mis tiempos, el mérito era de quien sudaba delante de los fogones, no de aparentar.

—En tus tiempos no había Instagram, Gennaro.

—En mis tiempos no había ni microondas.

Salvatore sacó un papel del bolsillo que entregó a Enzo.

—Toma, para que la tengas bien «guardadita» —dijo con tono irónico amable.

Era una factura de las de toda la vida. De las que se guardan para tener el registro de todo lo que haces. Extra de vino, fotos nuevas, facturas en orden. Abrieron de nuevo las puertas hace casi un mes y en La Stella ya se notaba un antes y un después. Rafael se alisó la sotana.

—Bueno, hay que irse —dijo Rafael—. Tengo una boda a las cuatro y, si no llego a tiempo, estos no se casan. —Miró a Enzo—. ¿Qué hay de lo mío?

Gennaro volvió de la cocina con una bandeja de tiramisú.

—Joder, Rafael —exclamó Salvatore—. No me hagas esto, por Dios.

—De por Dios nada. Si quieres probarlo, ya sabes, a las once de la mañana, y puntual.

—Ahí tienes una buena razón para ir a misa —señaló Gennaro.

Los dos viejos amigos se marcharon por la puerta, lanzándose las pullas de costumbre que les acompañaban desde el primer día que se conocieron. Tommy terminó de recoger el equipo.

—Ya tengo las fotos. Imagino que las subo mañana .

—Vale —respondió Enzo.

Gennaro se sentó en su mesa de siempre y abrió el periódico. Enzo regresó a la cocina. Quedaba un rato hasta que Pietro y los demás aparecieran para el turno del mediodía. Hoy, La Stella estaba al completo.

La campana de la puerta sonó de nuevo. Enzo levantó la vista, esperando ver a Tommy o al padre Rafael, que con la cabeza que le dio el Todopoderoso iba olvidándose por ahí hasta la sotana. Ni Tommy ni Rafael abrieron esa puerta.

—¿Estamos cerrados? No abrimos hasta las…

Paró de hablar al momento.

Había llovido más de diez litros por metro cuadrado en cada esquina de Roma.

La mayoría de esa agua cayó sobre Catalina, porque allí estaba, de pie, sin moverse ni inmutarse, con una caja en la mano y el agua formando un charco a sus pies.

No llevaba paraguas y no se había dado cuenta de que llovía.

Si venía con algún discurso preparado, desde luego se evaporó al instante en el que pisó de nuevo La Stella y le tuvo frente a ella.

—¿Tienes una toalla? —es lo único que le salió.

Gennaro le acercó un par del armario de la esquina donde guardaban parte de los manteles, servilletas y demás.

—¿Qué haces aquí? —pudo decir Enzo casi sin voz.

—He venido a traerte esto. —Le pasó la caja a Enzo.

—Un mal día para hacer turismo —interrumpió Gennaro pasándole una toalla—. Pasa, pasa. No te vayas a mojar más, si es que se puede.

La caja venía envuelta en un papel de regalo sencillo. Una cubierta sin pretensiones que quería pasar desapercibida.

—¿Puedo? —preguntó Enzo señalando la caja.

—Prefiero que la abras cuando me haya ido —dijo secándose un poco.

Ninguno de los dos atinaba a cómo empezar esa conversación que quedó pendiente semanas atrás. Al menos, pendiente para ella. ¿Por qué, si no iba a estar allí? Gennaro, como siempre, ayudó a suavizar la situación.

—Hay cacio e pepe para comer. Voy a hervir un poco más de pasta y comes con nosotros.

Nadie rechistó. Se retiró hacia la cocina.

—Te has cortado el pelo. —Se fijó Catalina.

—Sí. Tommy ahora me ayuda con todo, hasta con mi imagen. Cogió las tijeras y se tiró un buen rato haciendo de peluquero. Igual estoy fatal.

—No, te queda muy bien, me gusta.

Ambos tenían demasiadas palabras atascadas en la garganta, y ninguna quería salir primero.

—He pensado en mil cosas que decirte. Las escribí en el avión, las borré, las volví a escribir.

Siempre voy siete pasos por delante, ya me conoces.

Lo planeo todo, porque si no, me pongo a hablar y digo cualquier cosa.

Mi cabeza va demasiado rápida. Alguien debería escribir un libro que se llamara «Qué hacer cuando no tienes ni idea de qué hacer».

—Soltó una risa nerviosa—. Sería un bestseller.

Dejó la toalla en una de las mesas y se intentó arreglar un poco ahora que no le caían las gotas por todos lados.

—Desde que llegué a Roma —continuó— no he hecho más que arruinar tu vida. En mi cabeza todo tenía que haber salido perfecto —paró un segundo antes de continuar—, y aunque no lo parezca, creo que a lo mejor sí salió perfecto.

Lo de perfecto chocó en la cabeza de Enzo. No lo esperaba y se le notó en la cara.

—Alguien me enseñó que los números no siempre funcionan —siguió.

—Y no me creíste.

—No te creí —asintió—. Hasta ahora.

Catalina dio un paso hacia Enzo.

—Al llegar a Madrid me sentía tan mal que quería borrar todo lo que había pasado.

Pero entonces me di cuenta de que si lo borraba, nada de esto hubiera ocurrido.

Nunca hubiera conocido a un cura que sea fan de Maradona.

Que los espaguetis no se cortan, que hay gente que vive de otra manera que para mí era impensable y, lo más increíble, que se puede estar tranquila sin hacer nada.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Enzo.

—Pero, si borraba lo que había pasado —prosiguió Catalina—, no te habría conocido.

Paró de hablar. Era su primera vez. Desnudar su corazón y hablar con tal sinceridad no era su especialidad, pero no se le daba nada mal. Avanzó otro paso más.

—Conseguí todo lo que quería. El despacho en la planta once y el puesto que soñaba. Y me di cuenta de que no quería nada de eso, si no era contigo.

En el último paso se detuvo frente a él. Cerca.

—He venido a preguntarte si quieres tener un futuro de esos llenos de incertidumbre y de sorpresas, buenas o malas.

—Eso suena aterrador —dijo él, sin sonreír aún.

—Lo es —asintió—. Pero prefiero morirme de miedo contigo que tener una vida perfecta sin ti. Tú eres el único plan que me importa.

No contestó. Se dio media vuelta y abrió uno de los cajones del mostrador.

—Al menos tenía que intentarlo —dijo Catalina, rendida.

Enzo sacó uno de los lirios blancos que ella le había regalado y volvió para dárselo.

—Yo también quería pedirte disculpas. No sabía qué decirte porque me comporté como un idiota. Perdiste tu trabajo por salvar La Stella y no supe verlo en ese momento. Incluso compré un billete para ir a verte, pero no tuve el valor de montarme en el avión. Menos mal que tú sí lo has hecho.

Enzo avanzó el poco espacio que quedaba entre ellos. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.

—Me has hecho un “Notting Hill” —dijo en voz baja—. Lo sabes, ¿no? Eso no es justo.

Catalina sonrió sin apartar la mirada.

—¿Y qué pasa si sale mal, si es otro desastre? —preguntó Enzo .

—No lo sé. Solo planeé el primer paso. No tengo ni idea de qué viene después.

La sonrisa de ambos los llevó a los últimos escasos milímetros de distancia, donde él formuló una última pregunta.

—¿Por qué has tardado tanto?

—Tenía que terminar de hacer una lista.

—¿Y qué decía?

—Solo una cosa. —Sonrió—. «Volver a Roma».