Chef´s Kiss 17
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El nuevo plan era que quisieran vender La Stella sin que hicieran preguntas que pudieran destapar la farsa de la Madonna y Patrimonio.

Cuantos menos detalles se dieran, mejor.

Menos huecos quedarían en la historia. Necesitaba un milagro, pero no de la virgen de plástico.

Uno de los del padre Rafael, de los de verdad.

O más que un milagro, necesitaba una última mentira.

Una de esas que son tan reales que nadie cuestiona nada y, al final, nadie pregunta nada.

Se pasó toda la tarde pensando en todos los escenarios posibles y, de entre todas las posibilidades que vinieron a su cabeza, escogió la peor de todas.

Era la peor, pero la única que no acababa con unas esposas en las muñecas.

—Me han llamado hace un rato para darme la cifra de compra —hizo una pausa—. Trescientos cincuenta mil. Cubriría la inversión inicial más los gastos legales.

—¿Cómo lo has encontrado?

—Vinieron a verme al hotel. Me reuní con ellos antes de coger el avión a Madrid.

—No nos dijiste nada .

—Primero quería saber si nos merecía la pena. Hasta esta mañana no me han mandado la oferta.   Dicen que la oferta tiene fecha de caducidad y que tenemos que decidirnos rápido.

—Bueno, vamos a ver qué dice Paloma. Está hablando ahora mismo con los de Patrimonio, así que en cualquier momento deberíamos saber algo.

—Creí que andaba por Mallorca.

—Al final se va esta tarde.

En media hora daba tiempo a que Paloma se enterara de la verdad un par de veces. Si aparecía con la policía, Catalina tenía dos opciones.

—¿Por qué tanta prisa si no puede hacer nada con el local? —preguntó Ricardo.

—No lo sé. La persona que vino a verme al hotel era un intermediario que representa al fondo de inversión.

—¿Qué fondo de inversión?

Lo de que nadie haga preguntas estaba claro que era una utopía. No contestó.

—Catalina, ¿has podido averiguar qué fondo es? —preguntó ahora Álvaro.

—No me han querido decir nada. Política de empresa.

—Ya, ¿pero qué empresa es? —dijo Ricardo en un tono de voz más elevado.

Cada pregunta abría aún más la posibilidad de que la pillaran. Solo existía una manera de que aquello saliera bien, solo una. Así que se lanzó, sabiendo lo que ocurriría después.

—Os mentí. —Provocó el shock absoluto en la sala—. Me encontré con el problema del Malatesta y no quería defraudar a nadie. Así que busqué una solución rápida, un parche para que no perdiéramos el dinero invertido… y sobre todo para salvar mi culo.

Lo pensó dos veces antes de seguir hablando. Luego no habría marcha atrás.

—Los números que os pasé de La Stella no eran los reales. Los cambié para que dijerais que sí. Os mentí.

Nadie se atrevía a decir nada, sobre todo porque no era fácil asimilar esas palabras.

—Lo siento —continuó—. También esperaba que, una vez que empezáramos, encontraría la manera de hacer que funcionara, hacer que los números encajaran. Pero salió aún peor. Los números son una cosa, y la realidad otra muy distinta.

Paloma entró por la puerta con el teléfono en la mano.

—¿Qué ha pasado aquí y qué me he perdido?

—Catalina, espera fuera un momento. —Álvaro ni levantó la vista de sus papeles.

Cabizbaja, se levantó y abandonó la sala. Se sentó en una de las butacas del pasillo. A través del cristal se los veía gesticular. No había dónde esconderse en aquel pasillo. Se apoyó junto al ficus de la pared y Marta apareció diez segundos después.

—Tienes cara de funeral. Igual no te despiden y valoran la sinceridad por encima de todo.

—Paloma ha hablado con Patrimonio.

—Mierda, ¿qué le han dicho?

—No lo sé, pero necesito un milagro.

—Estás sentada en un pasillo esperando que te echen o a que te detengan, te acabas de marcar una mentira aún más grande de las que ya traías de antes, para salvar un restaurante que no es tuyo y a un tío que no quiere verte ni en pintura. ¿Cómo puede ir peor?

—Podrían meterme en la cárcel.

—Vale, sí. Eso sería peor. —Marta asintió—. Pero si te meten en la cárcel, te juro que voy a visitarte todos los domingos. Te llevaré magdalenas caseras.

—No sabes hacer magdalenas.

—Aprenderé por ti. Mi vida es más aburrida sin tus dramas. Tienes la opción de pirarte ahora mismo. Colombia, por ejemplo. Allí nadie hace preguntas. Yo te podría visitar en vacaciones.

Catalina esbozó una leve sonrisa.

—Bueno, a ver, es una posibilidad —continuó Marta—. Estoy siendo optimista realista .

Algunos pasaban por los pasillos y saludaban. Marta se fijó bien desde la distancia.

—Álvaro acaba de decir «proyecto» o «prosecco» —bromeó.

—Me quedó claro que lo de leer los labios no es lo tuyo. —Catalina se pasó las manos por la cabeza—. ¿Voy a tener antecedentes penales?

—A ver, Lupin, legalmente tú no has hecho nada. Fue el rey del limoncello. Técnicamente, tú solo sugeriste la idea.

—Falsificación de documentos oficiales, obstrucción a Patrimonio Cultural y seguro que algún delito más que ni siquiera se me ocurre.

—Eso en Italia. Aquí no tienen jurisdicción.

—Genial, me deportan.

Marta se puso seria.

—He de decirte que es una pena.

—Es lo que me ha tocado. Ya encontraré otro trabajo.

—Me refiero a Enzo, me cae bien, y tú me caes aún mejor cuando estás con él —continuó—. Te puedes encontrar mucha gente con la que divertirte y pasarlo bien una temporada. Pero no es fácil encontrar una persona que te guste de verdad.

—Dicen que hay muchas medias naranjas. Tú encontraste a Nico y casi sin buscar.

—Yo en eso, querida amiga —miró a Catalina—, he tenido mucha suerte. A mí me tocó la lotería hace muchos años —se levantó viendo que Paloma venía a abrir la puerta—. Por eso digo que es una pena, y no te lo mereces.

Paloma abrió la puerta y asomó la cabeza.

—Catalina, pasa, por favor.

Cruzó de nuevo la sala. Paloma no se sentó. Tampoco lo hizo ella.

—Ya hemos hablado con Patrimonio —añadió Paloma.

Temblando, se veía saliendo esposada, presentándose en unos días ante el juez y siendo declarada culpable de estafa internacional.

—Me han dicho que van a tardar más de un año. Es inviable para nosotros mantener el restaurante cerrado todo ese tiempo .

—Llama a tu contacto y dile que aceptamos la oferta. —Así zanjó definitivamente Álvaro el tema de la Stella.

Catalina asintió y huyó de la habitación antes de que pudieran cambiar de opinión. No tenía ni idea de cómo Vittoria lo había conseguido. Se acordaba de las palabras de esa mujer al dejar claro que ella se encargaría de Patrimonio. Pero, ¿cómo lo había hecho?

Como decía Marta, esta mujer es como el Padrino.